Capítulo XIV: En marcha

- Podríamos aprovechar para cenar bien y sacar provisiones para el resto del camino. Ya está muerto y no le va a hacer daño.

- Te he dicho que no.

- Pero es desperdiciar comida. Ya ves lo flacos que están mis perros.

- Caza para ellos. No vamos a comernos a un caballo que ha dado su vida para traernos hasta aquí.

El Cazador continúa cavando con las manos en mitad de la arena gris y amarilla. El agujero empieza a tomar forma y profundidad.

Piña también cava. Con sus diminutas manos y una expresión demasiado seria para un rostro infantil. Ojos de vieja resabiada que no miran nada más que la tierra bajo sus pies.

Y cavan. Los dos.

Pedro Diablo y sus filósofos observan desde arriba, mientras los otros se hunden más y más con sus propias manos.

Marx estaba agitado. Se movía zanqueando irregularmente y cojeando intentando mantener el orden entre los otros. Había bocas famélicas que, descontentas por no poder morder aquel cuerpo muerto y dispuesto, ladraban y ladraban. Mordían aire a falta de otra cosa.

Pedro sentía un poco de lástima por aquel viejo y tullido beagle que seguía intentando ayudarle, casi como si fuese una persona. O mejor. Recordó brevemente el lapso de tiempo que Arthur Schopenhauer pasó con ellos. Casi siempre lo llamaba por el nombre de pila. Arty. Arty era un buen nombre para un perro, seguramente mejor que el de cualquier filósofo y más fácil de pronunciar. Aquel gran danés atigrado había aparecido de la nada, bien alimentado y más que bien entrenado. Era inteligente, fuerte y mucho más grande que cualquiera de los otros de la manada.

Se adaptó rápidamente a la extraña familia, mostrándose siempre sumiso a Marx, para sorpresa de Pedro. Le pareció un buen detalle por parte del recién llegado, aunque impropio de la naturaleza de los perros. No le dio importancia y, como los demás, le dio la bienvenida al nuevo miembro de la familia.

Estuvo con ellos casi treinta amaneceres y cuando se marchó no lo hizo solo. Media manada se marchó con él.

No le guardó rencor ni a Arty ni a los demás.

Desde entonces eran muchos menos. Algunos se habían marchado aún después, solos. Ahora Marx era de nuevo el único que podía mantener el orden entre los que quedaban. Hacía lo que podía.

- ¿Puedo hacer algo para ayudar?, ¿quieres que reúna leña para encender un fuego?

El Cazador se estira y hace crujir su espalda estirando los brazos. Se gira despacio y dedica una mirada lenta y calculadora a la pequeña niña que sigue cavando sin hacerles caso a ninguno de los dos.

- No encenderemos fuego. Aquí en el desierto podrían vernos a kilómetros de distancia.

- No seas exagerado. Si ellos pueden vernos de lejos nosotros a ellos también, no hay problema. Como tú quieras, de todos modos.

- Nos pondremos en marcha tan pronto como terminemos con esto. Tenemos prisa.

- Si tenemos prisa podríamos dejar al caballo sin enterrar.

- Hay cosas que se tienen que hacer.

Pedro Diablo se encoge de hombros primero y de piernas después. Se sienta en el suelo casi al borde de aquel agujero que se hundía en la corteza muerta del desierto artificial. Casi se estremece con el contacto.

- Todavía no estoy seguro de sí debería volver. No me gustaba nada en qué se había convertido el refugio. No sé si vas a entenderme. Odio que me hablen de libertad y al tiempo me digan qué debo hacer para conseguirla. Es un absurdo lógico. Conseguiré la libertad a mi manera, aunque sea una libertad diferente a la que otros han concebido, para ellos o para mí. Me mudé al refugio porque necesitaba proteger a mi familia. Me hice Cazador porque quería ayudar a mantener segura a toda la gente de vivía en el refugio, no solo a mi familia. En lugar de eso, ¿qué? Nos mandaban de aquí para allá, saqueando y robando en ciudades muertas que nadie quería visitar, cumpliendo unas órdenes que ni siquiera ese que se hacía llamar Rey se atrevería a ejecutar.

Escucha la tierra arrancada por cuatro manos que sigue volando fuera del agujero. Pedro Diablo toma un puñado de aquella arena amarilla y gris y la deja escurrirse muy despacio entre sus dedos.

- ¿Recuerdas todo lo que tuvimos que hacer para convertir parte de nuestra tierra en arena muerta? No hablo solo del incendio. Del Gran Incendio. Hablo de los pocos supervivientes autónomos que expulsamos de sus casas como tantas veces hicieron los militares en otros lugares. Hablo de las toneladas de químicos que nos ordenaron desperdigar por este lugar para convertirlo en un erial. No conozco las cifras al detalle, pero no me hace falta para saber que estuvo mal. Peor que mal. Si hay una escala para los delitos hoy en día, matar tierra debería estar casi a la misma altura que matar personas. Matamos el futuro de este lugar y todavía no sabemos qué repercusiones tendrá en el futuro. Puede que el desierto se expanda y un día Galicia acabe convertida en un desierto.

Marx muerde a uno y a dos. Varios se enzarzan en una pequeña pelea y ruedan sobre la arena levantando una nube de polvo.

Cuatro manos siguen sacando tierra del agujero.

- No me entiendes. Me comprendes, a lo mejor, pero no estás de acuerdo. Supongo que es razonable. Hay que tener en cuenta quién eres y quién es tu h

- ¿Y quién soy?

Dos manos que sacan tierra del agujero.

- El hermano del rey, hasta donde yo se. A lo mejor las cosas han cambiado y ahora has ascendido. A lo mejor ahora tú eres el rey. Me disculpo si es así. No pretendía ofender. Llevo mucho tiempo fuera del refugio.

- Tienes razón. Ha pasado mucho tiempo y muchas cosas han cambiado. Ya no hay rey.

Un silencio. No muy largo pero, para cuando se rompe, el Cazador está de nuevo cavando.

- Ya no hay rey. Bueno, bueno, bueno. No puedo decir que no me alegre, sin ánimo de ofender. Ya es un buen motivo para regresar a ver qué pinta tiene el refugio ahora.

El silencio regresa para adueñarse del lugar. Permite solo la rítmica salpicadura de la arena sobre la arena mientras dos cavan y muchos miran. Los perros con poco interés ahora que han desistido de conseguir una ración extra de comida.

- Vamos a necesitar que nos ayudes a arrastrarlo hasta aquí.

Pedro parpadea y se sacude alarmado, despertando de pronto de un sueño en el que ni siquiera sabía que había caído. Se frota los ojos con el dorso de las manos y bosteza. Se pone en pie y una sinfonía de crujidos articulares le saluda tras su pequeña siesta.

El agujero ya ha tomado unas proporciones que le hacen merecedor de ese nombre. Suficiente para dar sepultura al difunto bajo la suficiente cantidad de arena para que nadie se ponga a husmear, animal o humano. Está claro que ha dormido más de dos o tres minutos.

Arrastran al animal más fácilmente de lo que esperaban. Aquel caballo también era pellejo y huesos. Se notaba. De haber sido un animal bien cuidado, les habría costado moverlo así. No era algo que uno fuese a pregonar, pero se agradecía.

Después llenaron el agujero.

Seis manos trabajando sin más sonido que el de la arena cayendo.

Hasta que Pedro no puede contener más su curiosidad.

- ¿De verdad no te arrepientes de ninguna de las cosas que tuvimos que hacer?

El Cazador se sacude las manos de arena contra las perneras del pantalón. Carraspea. Mueve ligeramente el ala del sombrero con dos dedos.

Queda a la vista una mirada que cualquiera recordaría. Dos ojos únicos. Pedro al menos nunca había visto unos así. Había escuchado de casos de heterocromía, pero esto no se parecía mucho. Los dos ojos seguían el mismo patrón: un color tan azul que casi rozaba el gris y una banda de pálido dorado en la parte más cercana a las pupilas. No era fácil de apreciar a cierta distancia. Resultaba mucho más sencillo adivinar lo que intentaba transmitir con la mirada.

Casi pasaba lo contrario que con aquel que llamaban rey. Era mucho más fácil adivinar el color madera oscura de sus ojos que lo que veían realmente. Por no hablar de lo que ocultaban.

Tenía ojos de traidor.

Los de su hermano menor eran ojos fríos y serenos. Duros, sí, pero sinceros.

- Hay cosas que se tuvieron que hacer. Hay cosas que se tienen que hacer. Hay cosas que se harán y cosas que no. El tiempo lo dirá todo.

Pedro ladea la cabeza y rumia un instante la respuesta.

Le sabe a poco. Es como si no le hubiesen dicho nada.

El agujero está lleno y los tres caminan sobre la arena, casi en círculos, intentando darle consistencia bajo ellos. Reparten el exceso por los alrededores para disimular el lugar del enterramiento. Los tres con las cabezas gachas.

Y Pedro aprovecha.

- ¿Qué hicieron con tu hermano?, ¿lo colgaron?

Lo miran. Los ojos azules del Cazador y los almendrados de la niña. Lo miran los dos casi como si hubiese cometido un crimen.

- Nos ponemos en marcha. Ahora.

Para cuando pudo reaccionar ya estaba siguiendo dos estelas de huellas sobre la arena gris y amarilla.

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