Capítulo IV: A contraluz

El tiempo nunca nos parece suficiente. No importa cómo decidamos gastarlo, o si de verdad obtenemos algún provecho de su discurrir. Sencillamente lo dejamos escapar entre nuestros dedos mientras las mentes envejecen y los cuerpos se marchitan. Cada pequeño fragmento de memoria representa la prueba evidente de que el tiempo sólo funciona en una dirección. Lástima.

El Cazador desearía haber tenido más tiempo. Para buscar un lugar mejor. Para prepararse más. Para enseñar a Piña a defenderse. Darle un arma no era enseñarle a usarla. El diminuto puñal era desproporcionadamente grande en su huesuda mano. No importaba ahora. Aunque Centinela había hecho su trabajo, no hubiesen podido alejarse de aquella desnuda colina y encontrar un escondrijo seguro a tiempo. La escasa diferencia de altura y el no muy lejano bosque, el único consuelo razonable para aquel viejo estratega de supervivencia. No le gustaba demasiado la idea de regresar sobre sus pasos, pero en caso de necesidad era mejor perder terreno que perder la vida por pura terquedad. Piña lucía ahora más tranquila. Quizás todavía no se había acostumbrado a la presencia de Centinela, pero empezaba a adaptarse al cambio. El primer contacto había sido terrorífico para ella. Puede que nunca hubiese visto un perro tan grande. O puede que nunca uno dócil. De haber tenido tiempo habría empezado a explicarle cómo tratarlo. Tiempo.

Los brazos le pesaban cada vez más y el aire se convertía en fuego en su garganta cada vez que respiraba. El sudor resbalaba desde su frente y se le metía en los ojos. Al frotarse con el dorso de la mano, la tierra lo ciega. Jadea, exhausto, y se derrumba con los ojos llorosos e irritados. Nunca le gustó cavar tumbas. Salió del segundo agujero. Con el torso y la cara cubiertos por aquella mezcla de tierra y sudor era comprensible que Piña lo observase medio asustada. Seguía sin tener claro si ella entendía algo de todo esto.

- Cuando veas venir al enemigo, cava dos tumbas. No tengo claro si debería cavar tres porque nosotros somos dos, pero servirá así.

No obtuvo respuesta, como esperaba. Aquellos enormes ojos, que no lo eran tanto pero lo parecían por lo demacrado de su rostro, lo observaban todo con la misma expresión. Ni siquiera podía estar seguro de si era curiosidad o indiferencia. Pero no tenía tiempo. Se colocó la deshilachada camiseta que se adherió inmediatamente y se quedó completamente pegada a su piel. Muy agradable. Las otras prendas no mejoraron la sensación. Pero no tenía tiempo. Aunque no debían tener más de un metro de profundidad, las dos tumbas le habían requerido unos diez minutos a pleno rendimiento y eso significaba que el jinete estaba diez minutos más cerca.

Hizo visera con la mano intentando tapar el sol. Era inútil. Apenas una silueta.Con el catalejo no le había ido mucho mejor, pero así había descubierto que la amenaza venía a caballo. No estaba seguro de si eran buenas noticias o no. Los Desarmados no doman caballos, así que la opción más probable eran los bandidos. El hecho de que cabalgase con el sol a la espalda también podía ser señal de experiencia, o simplemente casualidad. De momento nada era seguro, así que toda precaución era poca.

Abrió el petate. Se colocó la maltratada gorra y le dio su par de guantes a Piña. Eran enormes para ella. Ni los miró. Cuando sacó una caja de metal, Piña sí mostró interés. Pudo notar como se acercaba disimuladamente y casi le hace sonreir el ver como se encogía al sentirse descubierta. Para cuando abrió la caja ella ya estaba a su lado, claramente impaciente. El Cazador saca algo envuelto en gamuza. Lo mantiene un instante en las manos antes de desenvolverlo. Hace mucho que no necesitaba recurrir a ésto. Mientras el brillo plateado de un cañón de revólver aparece y empieza a luchar con la luz dorada del sol, Piña retrocede asustada. El tacto de la culata de madera en la mano. Siente un ligero cosquillero. Instinto, tal vez. Malos recuerdos, tal vez.

- La usaré para defendernos si es preciso. No debes tener miedo. Hace mucho ruido, pero es como las demás armas.

Quizás no todos piensen igual, pero para el Cazador ya no es el tiempo de las armas de fuego. No sólo eran tan escasas como la bondad, sino que además todas eran inútiles sin la munición correcta. Fabricar munición tampoco resultaba sencillo. Pero no era sólo eso. Con tanto silencio en todas partes, el sonido se propaga de una manera increiblemente nítida. Incluso a varios kilómetros, puede reconocerse que no es algo natural. El ruido de uno o varios disparos podría traer más problemas de los que resuelven las balas.

Saca seis de la caja de metal. Son menos pesadas de cómo las recordaba. El chasquido del tambor del revólver al cerrarse, metal contra metal. Más recuerdos. La última bala que disparó tenía que haber sido de verdad la definitiva. Muchas cosas tenían que haber sido definitivas. Él ya se tendría que haber ganado el derecho a una vida tranquila para el resto de sus días, con un asiento en el Consejo. Al fin y al cabo si había algo que gobernar dentro del refugio era gracias a él y a otros como él. Y en cambio seguía aquí fuera.

Es verdad que el refugio no era el hogar soñado que debía ser. Era seguro, eso sí. No le preocupaba no recordar exactamente cuantos nombres había recibido el refugio, pero sí el no recordar cual había sido el nombre original de aquella aldea, en la que al fin y al cabo había vivido su familia durante varias generaciones. De hecho, si no habían cambiado las cosas, el Consejo seguiría reuniendose al atardecer en el salón de la que fue su casa. El Cazador lo comprende. Todos tuvieron que hacer sacrificios y renunciar a bastantes comodidades. No es sencillo convertir la casa de unos pocos en el hogar de muchos.

Y todo comenzó con un muro. Una pared, que ni siquiera merecía ese nombre. Escombros y troncos amontonados, en algunas zonas. Alambradas. Bloques y ladrillos apilados, en otras. No había tiempo para levantar kilómetros de sólidas paredes sin los medios adecuados. Habían aparecido en Europa los primeros casos de Pandora, como la llamaban en Sudamérica. Aquí empezaron a llamarla Bona Mors. Daba igual. Lo que para unos no era de momento ni siquiera motivo de preocupación, para otros fue la señal de salida. Un proyecto que seguramente había sido fermentado desde que los primeros casos de la enfermedad habían visto la luz. El Cazador era entonces muy joven para haber estado presente en aquella frenética construcción, en la que al parecer sólo creían dos personas. Ni siquiera sabría nada de todo esto si una de aquellas personas no fuese su abuelo materno.

La otra era su hermano.

Centinela estaba inquieto. Recorría el pequeño tramo del pedregoso ascenso a la colina en la que se encontraban, quizás esperando que el jinete pudiese adelantar su paso de alguna manera. Estaba fuerte, sano y su pelaje estaba lustroso. Podría haberse dicho incluso que estaba un poco gordo. No tenía claro dónde había pasado esa última semana pero estaba claro que se las había arreglado bien. Otro misterio. Al menos era un consuelo haberle recuperado. Había empezado a pensar que lo azotaba una especie de maldición en lo referente a sus compañeros animales.

Sudor. Uno diferente al suyo y al de Piña. Apenas un segundo, pero el viento había cambiado de manera muy sutil su dirección. Aquel olor era del hombre que venía hacia ellos. Su nariz no estaba tan bien adiestrada como la de Centinela, pero sí pudo captar algunos matices en aquel breve instante. Sangre. Pólvora. Cerró el petate con un doble nudo y lo lanzó dentro de una de las tumbas. Centinela no necesitó que lo llamasen dos veces. Se tumbó obedientemente dentro de la segunda tumba. Convencer a Piña fue más complicado. Ni siquiera cuando lo consiguió estuvo seguro de que fuese a permanecer mucho tiempo dentro del agujero.

Una docena de flechas clavadas en semicírculo en el suelo. Podía disparar rápido, pero si el jinete era diestro podría esquivarlo. Había conocido a hombres capaces de intuir y evitar la fatal estela de las flechas incluso montando a caballo. Experiencia, dicen a menudo. Puede ser. De ser así los viejos deberían esquivar mejor. El Cazador saca la flecha número trece del carcaj y el arco vibra apenas una fracción de segundo cuando es disparada. Un aviso. Varios metros por delante del jinete. Es visible y comprensible para cualquiera. Coloca otra flecha, tensa el arco y vuelve a disparar. Más cerca. Incluso el caballo lo ha visto. Otra flecha. El jinete tira de las riendas a tiempo y la flecha se clava apenas a un paso de ellos. Mensaje recibido.

El Cazador sonríe. No está mal para ser a contraluz. Con los ojos llorosos alza la mano y hace visera, esperando ver al jinete volviendo sobre sus pasos. La maldición apenas brota de sus labios cuando suena el fogonazo y parte del aire que le rodea se llena de tierra y astillas de madera. Un disparo preciso. Dos de las flechas que había clavado en el suelo han desaparecido por el potente disparo de un rifle de cerrojo. Ni siquiera es consciente de cuando se dejó caer al suelo, pero apenas comienza a levantarse cuando suena el segundo disparo. Esta vez la pequeña lluvia de astillas de madera y tierra le da de lleno en las perneras del pantalón. Detrás de él escucha a Centinela gruñendo y a Piña sollozando. Siente el metal del revólver clavándose en su espalda, pero no es más doloroso que la realidad de que no le sirve de nada a tanta distancia, aunque no sea tanta. Su única esperanza es el arco. Cuando se pone en pie y tensa la cuerda, sabe que seguramente el jinete estará haciendo más o menos lo mismo. Reza por que el sol se oculte. Sólo un instante de misericordia divina. Un pequeño regalo de un Dios despistado que había dejado su creación olvidada en el cajón de los desastres, o quizás simplemente el universo agradeciendo todo el bien que había hecho en el pasado. Nada. Quizás no es el momento, pero él necesita un disparo preciso. Abre bien los ojos y deja que la luz le abrase.

Y entonces una nube despistada oscurece el sol.

Pero no dispara.

Mientras las lucecitas rutilantes desaparecen de sus ojos, algo se ha grabado en su retina más fuerte que la luz. Ondeando en lo alto de lo que parece un rifle de cerrojo. Su bandera. Nuestra bandera. La Bandera.

La estrecha franja de color celeste y las siete cruces blancas brillaban incluso en la lejanía. Incluso en la inmundicia que les rodeaba a todos en esta tierra. No entendía por qué, pero habían llegado los refuerzos.

Y bajó el arco.

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