Capítulo II: Camina detrás de mi

No resulta sencillo avanzar por la espesura de un tupido bosque, arrastrando a una niña pequeña y sin dejar rastros. Vigilar la retaguardia, un sueño. Incluso tener controlado el frente y los flancos era complicado. El Cazador había renunciado a avanzar con el arco preparado. La luna y las estrellas brillaban con fuerza hoy, pero mucho más arriba. El bosque era siempre celoso de su oscuridad, con cada rama y cada hoja impidiéndola escapar.

En ese extraño punto cercano a la ceguera absoluta, cada paso era un acto de fe.

El olfato prácticamente inútil en medio de un frenesí de tierra y verde.

Acompañado por una resoplante, desnutrida y ruidosa niña, el oído tampoco era muy útil.  Parecía que cada ruido provenía de ella.

Incluso el tacto podía jugar malas pasadas en la oscuridad. Un pequeño descuido al notar el cambio de terreno debajo de las botas podía significar acabar despeñándose. Y no era necesaria una gran caída. Incluso una pierna rota era el final.

El Cazador lo sabía. Cada riesgo era preferible a la desprotección de viajar campo a través en una época del año tan complicada. En los caminos podían ser asaltados por los que huían del hambre de invierno. Malvivientes. El Apocalipsis había sido poco escrupuloso con lo que dejaba atrás. Nómadas. Sobrevivían como carroñeros y se aseguraban de esquilmar cada centímetro de tierra antes de emprender de nuevo el viaje. Cuatreros y bandidos. Robaban el poco ganado vivo que encontraban y no dudaban en matar si alguien les hacía frente. En sus manos estaba la sangre de muchos legítimos supervivientes que, como único pago por abrirse paso más allá de lo humanamente exigible, habían obtenido una muerte absurda.

No toda la gente que se encontraba en los caminos era así: algunos eran malos de verdad.

El Cazador lo sabía. No quedaban atrocidades que aquellos envejecidos ojos azules no hubiesen visto. Había escuchado la historia de muchos que habían pagado un precio demasiado alto por sobrevivir. Relatos que derretían el tuétano de los huesos, empañaban la voluntad y mataban el alma. En el pequeño diario de su cerebro, ha sido grabado con tinta y sangre el recuerdo de muchos que han quedado atrás, a los que ni siquiera encontrar refugio podía salvar. El mundo ahora estaba lleno de gente así. Hombres y mujeres a los que los fantasmas de sus actos perseguirían hasta el día de su muerte, sin importar a donde pudiesen huir. Algunas de esas personas eran peligrosas de verdad. Habían traspasado el umbral que su propia moral había establecido y ahora caminaban por las pantanosas aguas del instinto y la desesperación. Comer para sobrevivir un día más. Seguir respirando. Seguir vivo. Con cada día que habían pasado en aquella salvaje rutina, el ser humano dentro de ellos se hacía un poco más pequeño. Una versión primitiva de lo que antaño fueron. Una caída en la escala evolutiva. Aunque todos los llamaban los Desarmados, sólo los imprudentes pensarían que no representaban un peligro. Si a uno le gustaba mantener la carne pegada a los huesos, mejor evitar ser visto por una de sus manadas.

Escuchó con atención intentado adivinar algo más allá de la jadeante respiración de la niña. Las pequeñas manos seguían aferradas a la parte trasera de la chaqueta de él, intentando guiarse para seguirle en la oscuridad. Podía notar perfectamente el temblor de aquellos menudos dedos de los que quedaba poco más que hueso y piel. Estaba casi seguro de que estaba a punto de derrumbarse, pero por el momento debía aprovechar para avanzar. Cada centímetro que pudiesen ganar contaba. Si sus temores eran fundados, necesitaba estar lo más lejos posible de la zona en la que había encontrado aquella niña. Se giró para observarla en la oscuridad, aunque apenas pudo percibir la vaga silueta recortada en la penumbra, flaca y tambaleante. Tenía que buscarle un nombre, no podía llamarla niña para siempre. Tendría que esperar.

- ¿Estás bien? Vamos a llegar a una zona llana con pocos árboles y matorrales bajos. Habrá más luz y tendremos que avanzar más rápido. No te caigas o te dejaré atrás.

No le gustaba ser especialmente duro con la niña. De hecho no le importa que los niños lo rodeasen y le incordiasen con sus preguntas cuando llegaba al refugio, pero aquí fuera era diferente. Necesitaba a aquella cría callada y lista para echar a correr si era necesario. Ahora, contemplando aquella frágil silueta no tuvo más remedio que aceptar que ella le había entendido. Se pusieron de nuevo en marcha y la luz no tardó en aumentar de manera gradual. La luz de luna, que goteaba perezosamente entre el ramaje menos denso del techo arbóreo, empezaba a darle vida a todo lo que los rodeaba cuando aceleraron el paso. Comenzaban a adivinarse formas reconocibles, árboles y rocas. Matorrales. Todo tenía un levísimo brillo de plata que era más que suficiente para aquellos ojos que venían de la más pesada negrura.

El sonido como de una corriente de aire, ligero y breve. Un movimiento efímero captado por el rabillo del ojo. Una zarza que se balancea apenas un segundo y el Cazador siente ya la trampa cerrándose sobre ellos. A su izquierda, apenas a diez metros adivina al atacante emboscado entre los arbustos. Mientras su cerebro intenta adivinar qué peligro le depara el bosque, el instinto le empuja el arco hasta las manos. Casi puede escuchar a la niña temblando detrás de él. Si había una segunda sacudida entre los matorrales no esperaría a la tercera. Pero el instinto a veces engaña. Escuchó el ronco gruñido y sus músculos se relajaron casi al momento. Como un perezoso inquilino, empezó a asomar el trasero de un grueso jabalí que seguía rebuscando entre la maleza, ignorante del descortés saludo que estaba dando a los recién llegados. El arco todavía estuvo en el aire un rato más, mientras el Cazador se planteaba si debía intentarlo o no. El animal parecía bastante ocupado restregándose contra el suelo y rascándose contra los árboles mientras gruñía alegremente. Fue cuando escuchó reír a la pequeña niña que decidió que merecía la pena buscar comida en otro lugar.

Se maldijo por permitir una distracción como ésa.  Demasiado tiempo expuestos a la vista de cualquiera. No tardaron en reemprender la marcha, aunque se llevaron un buen puñado de piñas que la niña había empezado a recoger por su cuenta.

Ahora mientras avanzaban tenía que asegurarse de que Piña no se quedase atrás, ocupada como estaba en comerse los piñones que encontraba y tirando las piñas que ya no le servían. El Cazador reconocía que Piña no era un buen nombre, pero era la segunda cosa en la que aquella cría mostraba interés. Llamarla Jabalí no le parecía cortés.

El Cazador era un hombre sencillo, que había nacido cuando el mundo todavía era mundo pero que había madurado en esto que ahora llamamos hogar. Había crecido aprendiendo a sobrevivir en el exterior por sus propios medios y había perdido la cuenta de las veces que había rozado la muerte y llegado a vivir para contarlo. Aunque no lo contaba. De hecho, el Cazador también había tenido nombre, uno tan común como el de cualquiera, pero no lo necesitaba aquí fuera. No necesitas un nombre cuando no tienes a nadie con quién hablar. Tampoco tienes a nadie a quien contarle nada. La soledad casi permanente era una enfermedad que le había dejado como secuelas un tosco carácter y unos rudos modales.

En su eterno y cíclico recorrido por tierras que, como él, habían perdido su nombre hacía mucho tiempo, el Cazador se había ido transformando en lo que era hoy.

A partir de ahí continuaron avanzando, el uno detrás del otro, por aquel camino de plata a través del bosque.

Piña masticaba piñones ruidosamente y el Cazador rezaba por volver a la espesura lo antes posible.

Share

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*


cinco × 5 =

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>