Capítulo III: Somnus fragilis est

Sentir el cálido hormigueo del sol de mediodía sobre la piel. Los ojos cerrados. Relajado, por primera vez en mucho tiempo. Experimentar la delicada caricia de un viento más frío que eriza la piel y estremece el cuerpo, para luego dejar de nuevo que el sol empiece a calentarlo. Debajo, una hierba fina y menuda que apenas ha comenzado a brotar,  tanto  como el invierno le ha permitido. Todo huele a vida y a verde. Escuchando con atención incluso podían reconocerse sonidos familiares. Animales. Un arroyo que habían atravesado días atrás. La respiración pesada y rítmica de alguien que duerme profundamente no muy lejos. Piña se estremece en sueños. Apenas a un medio metro de él, percibe el levísimo movimiento antes de que el sonido se lo confirme. La verdad es que resultaba increíble que hubiesen podido salir del bosque al amanecer. Se habían alejado lo suficiente. Podían aprovechar el sol en lo alto para descansar los fatigados cuerpos y reponer energía. En medio de aquella pequeña colina decidieron instalarse, sabedores de que nadie podría llegar a ellos sin antes ser vistos y oídos. Además ya no estaban solos.

Entre los cuerpos de los dos, sentado en el suelo y con la atención puesta en cuanto sucedía más allá de aquella colina, estaba Centinela. Un monstruo de unos cien quilos que puesto en pie llegaría a medir dos metros. O más. Centinela era un Gran Danés que había sido entrenado para el combate y la supervivencia pero que había demostrado más talento como rastreador. No le gustaba pelear, incluso pese a su portentoso tamaño. El Cazador nunca lo había entendido muy bien, pero le gustaba ese perro. Era lo suficientemente grande como para ahuyentar por sí solo a cualquiera y además era leal como para custodiar las provisiones del grupo. Era más de fiar que la mayoría de las personas, eso seguro.

Ahora podía dormir tranquilo. Aunque Centinela sólo lo acompañaba desde el verano, cuando visitó el refugio por última vez, ya se había granjeado su afecto y su confianza. Estaba seguro de que le advertiría de cualquier peligro a tiempo para tomar medidas. Haberlo encontrado mientras buscaba su desayuno  fue toda una bendición. La semana que había pasado desde que se marchó se había hecho eterna. Ahora había recuperado un amigo y un guardián. La verdad es que el Cazador necesitaba descansar. El ritmo frenético de los últimos días le había regalado unos músculos pesados y una mente agotada. Piña también necesitaba dormir. Tan pronto habían terminado de masticar los trozos de pan negro mojados en agua que el Cazador había sacado del petate, había caído rendida. Al principio roncaba de una manera tan estrepitosa que él la observaba entre divertido y preocupado. Tardó poco en cambiar de postura y sus ronquidos desaparecieron. Entonces él también decidió dormir.

Centró todos sus sentidos en lo que lo rodeaba, mientras su mente consciente se hacía cada vez más pequeña dentro de él y el sopor lo invadía. Mientras el sol brillaba en lo alto y todo tenía un agradable tono dorado, el Cazador se sumergia en el peligroso mundo de los sueños y los recuerdos.

Pero no soñó nada.

La duermevela inquieta, acompañada por la brisa y velada por Centinela, era mejor que nada. Aunque un sueño profundo y reparador como el de Piña hubiese estado bien. Ni siquiera era consciente de cómo alimentaba aquella inquietud que se golpeaba contra las paredes de su ser racional. Aunque sea cierto eso de que nadie muere por ser demasiado cauto, al Cazador le pasaba factura su perpetuo estado de alerta.  Los sueños eran sólo sueños para él y ya no los añoraba tanto. Cada vez menos. Pero sí echaba de menos otras cosas.

Más de una vez se había adivinado a sí mismo, a golpe de pequeños fragmentos robados al dios de los sueños perdidos, viviendo una vida tan lejana que ya no parecía la suya. Muchos de los rostros ya no estaban, pero sí ciertas sensaciones. A veces el aire arrastraba algún aroma extraño que de alguna manera activaba su memoria más profunda y de pronto estaba caminando hacia el colegio acompañado por su hermano, entrando al comedor escolar o levantándose un domingo por la mañana con el olor del desayuno recién preparado todavía flotando en el aire. Apenas era un segundo, o quizás ni siquiera una fracción de eso. Pero era suficiente para hacerlo temblar. No sólo por nostalgia. La rabia a veces era tan buen alimento como cualquier otro. Tenía nueve años cuando pudo ver nuestra sociedad colapsarse y casi extinguirse por sus propios errores, aunque no pudo entender nada de aquello hasta mucho tiempo después. Ahora probablemente era una de las pocas personas que podrían narrar con veracidad lo que le sucedió a toda una raza.

Seguramente hubo muchos profetas que vaticinaron el fin de nuestra sociedad, pero ninguno tuvo la decencia de advertirnos a los demás a tiempo. La literatura y la ciencia ficción nos habían preparado bien para el fin del mundo. Vivíamos en la Sociedad de la Información. Para cualquier tema que la mente pueda concebir podían encontrarse todo tipo de datos: análisis, libros, referencias, opiniones, críticas, tributos, parodias. Información. Podría pesarse por toneladas y seguramente la cifra seguiría resultando dificil de contar con los dedos. Habíamos alcanzado el punto en que podíamos saber al instante y con detalle qué estaba haciendo una persona en el otro extremo del planeta. Nuestra sociedad se había adentrado profundamente en el futuro, pero ni siquiera podíamos ser conscientes de ello. Aferrados a cada pequeña comodidad y a cada insignificante lujo que nos había obsequiado el progreso, nos hicimos cada vez más vulnerables. Cuando llegó el momento casi nadie pasó la prueba.

Fue una prueba con muchos nombres, aunque el primero con el que empezamos a conocerlo fue Bona Mors. Buena Muerte. Hay que joderse. Lo único de bueno en esa muerte era que aunque fueses un don nadie, de la noche a la mañana salías en los medios de comunicación de todo el mundo. Felicidades, idiota. Daba igual como lo llamasen en tu tierra. Pandora, Muerte Roja, el Mal de Caín, el Sueño de Saddam. Cientos de nombres. Todos llenos de ornamento y sin utilidad. Fue una plaga. La Plaga. Y si te tocaba significaba que habías llegado al final de tu viaje. Y probablemente tu vecino también.

Nadie sabe con certeza dónde estaba ni quién pudo ser el paciente cero. Los primeros casos fueron registrados en América del Sur, según parece. No tiene demasiada importancia. Ahora sabemos que lo que al principio llamamos Infectados eran sólo los primeros portadores que llegaban a Fase III. Todos pensamos que eran zombis. La verdad es que no parecía otra cosa. Las escasas imágenes que se habían filtrado mostraban a personas extremadamente violentas que atacaban indiscriminadamente y que se movían aparentemente indiferentes a los disparos y a los golpes. Y sangre. Las televisiones y las pantallas de ordenador rezumaron sangre alrededor de la Tierra, veinticuatro horas al día, mientras más y más casos iban confirmándose a lo largo de todo el continente sudamericano. El morboso frenesí de los medios no era acallado por los caóticos comunicados de los gobiernos afectados, que a duras penas conseguían contener lo que la Organización Mundial de la Salud ya había declarado como una pandemia. Los ciudadanos no tenían claro qué hacer con los enfermos que respondían de manera violenta, no cuando eran amigos y familiares. Los médicos no sabían qué hacer, más allá de intentar que nadie fuese linchado por haberse puesto a toser de manera violenta. En eso se convirtieron las noticias. Ante la desinformación y el miedo, la gente hizo lo que mejor sabe hacer. Nada. Al principio los enfermos eran arrastrados, a veces literalmente, al hospital por sus familiares. Pronto las familias empezaron a abandonar a aquellos que manifestaban síntomas sospechosos. Las organizaciones de defensa de los derechos humanos estuvieron muy ocupadas cuando en Venezuela fueron las autoridades militares las que se encargaron de trasladar esos nuevos “enfermos” que iban apareciendo, directamente al crematorio. Fue una medida cruel e ineficaz a partes iguales.

Mientras más y más casos se iban registrando de manera casi aleatoria en varios países de todo el mundo, la gente empezó a tener miedo de verdad. Era una plaga que no estaba respondiendo a un sistema de contagio típico. Los medios de comunicación eran un caos. Inflamación cerebral espontánea que derivaba en una agresividad desmedida. Nada de información útil. Rumores y especulaciones. Si alguien estaba investigando de verdad qué era aquella enfermedad, no lo hizo público. Las autoridades sanitarias habían establecido los protocolos habituales en caso de epidemia en todos los países afectados, pero nadie tenía muy claro por qué aquella enfermedad era tan aleatoria.

Ahora sí se sabe. Algunos sí. Aproximadamente un setenta por cien de la población mundial estaba en Fase I mucho antes de que se registrase oficialmente el primer caso de Bona Mors. Un dato que no sería tan abrumador si no significase que ninguna cuarentena ni tratamiento preventivo sería posible. El mal ya estaba en casa cuando los miedosos cerraron las ventanas.

El Cazador es golpeado de pronto por la realidad y parpadea confuso, escuchando a Centinela alzándose sobre sus poderosas patas. Estado de alerta. Permite un instante más a la esperanza de seguir descansando. Hoy no.

El primer levísimo gruñido del perro es para él una clara alarma que lo hace ponerse en pie como un resorte.

Antes del segundo gruñido-alarma el petate está recogido y Piña ha recibido una ración de patada-despertador.

El tiempo apremia. Alguien se acerca.

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One thought on “Capítulo III: Somnus fragilis est

  1. fantasmaoper dice:

    Muy interesant sobr todo la prsistncia a psar de las advrsidads…….ok

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