Capítulo IX: Black Betty

Empiezan a abrirse las puertas. Se deslizan. Muy despacio. El pequeño motor eléctrico apenas puede arrastrar aquel portento de metal. Media tonelada de pruebas de que antes las cosas se hacían mejor. Los últimos bastiones eran grandes edificaciones del pasado. Las mejores herramientas eran las antiguas. Con las armas lo mismo. A decir verdad, desde el Apocalipsis no se fabricaba nada. Todo se parcheaba. Nada nuevo. Nada, salvo la muerte. Cada cual llevaba consigo su pequeña factoría. Cada cuál decidía si darle más o menos uso. Lo único que se fabricaba en todas partes eran cadáveres. Y pensar que todo esto podría haberse hecho de otra manera.

El Boxeador bota sobre sí mismo. Cambia el peso de un pie al otro, esperando. Chasquido de metal contra metal cuando la puerta golpea el batiente. Es la hora. El estrecho puentecillo de piedra está despejado. De momento. Golpea los guantes de cuero rojo el uno contra el otro y da el primer paso fuera. Golpea los guantes uno contra el otro y da comienzo el combate de su vida. El de cada día.

“Whoa, black betty bam-ba-lam
Whoa, black betty bam-ba-lam
Black betty had a child bam-ba-lam”

Aparece el primero.

Los altavoces de la Fortaleza de San Marcos llevan horas vibrando y zumbando. A tanta potencia como es posible. A tanta potencia como le permiten las horas pasadas en la bicicleta-generador. La llamada es clara. Todo León puede escucharlo cada día. Cuatro canciones y sale. A la cuarta canción siempre llegan.

Aparece el segundo.

“Oh, black betty bam-ba-lam
Whoa, black betty bam-ba-lam
She really gets me high bam-ba-lam”

El Boxeador se coloca el protector en los dientes y besa su guante izquierdo. Besa su guante derecho. Cambia el peso de un pie a otro. Varias veces. Pantalones cortos de color negro y zapatillas deportivas. Los guantes. Nada más. Bota sobre sí mismo. No está quieto pero no se mueve de su posición. Espera y deja que se acerquen, justo al comienzo de aquel estrecho puentecillo de piedra vieja.

Zigzag. Uppercut derecha.

“She’s so rock steady bam-ba-lam
And she’s always ready bam-ba-lam”

Escucha la caída sorda del primer cuerpo mientras el segundo llega corriendo. Mientras en la lejanía van tomando forma más y más siluetas. Todas parecidas. Muchas si uno las mira de lejos. De cerca, de una en una, no dan miedo. El secreto es ése. De uno de uno.

Retrocede un paso. Se inclina para esquivar y cambia el peso de su cuerpo. Gancho izquierda.

“Well, she’s shakin’ that thing bam-ba-lam
Boy, she makes me sing bam-ba-lam”

Suave, por el momento. Cambia el peso de un pie al otro. Con dos cuerpos inconscientes tendidos el suelo, el suyo todavía está empezando. Porque esto todavía está empezando.

Nunca llegaron más de cincuenta, calculando a ojo. Nunca tuvo problema para despacharlos. Uno a uno. Uno a uno. Uno a uno. Así hasta cincuenta o los que fuesen. Lo habitual era que esto se alargase hasta el mediodía. Incluso cuando las baterías del sistema de música se habían agotado, seguían llegando más. Sería descortés no atenderles como a los primeros.

Él siempre había trabajado de cara al público. Esto no era diferente.

Empiezan a llegar en grupos. Retrocede tres pasos. Situado justo en medio de aquel caminillo de piedra. Que no se amontonen. Tiene tiempo para todos. Que todos los clientes se vayan satisfechos.

El primero cae hacia atrás con la nariz rota. El segundo está muy cerca. Directo de izquierda. Lo esquiva. Zigzag. Croché derecha. Lo esquiva. Intenta empujarlo. Gira y se escurre. Qué cabrón. Dos pasos atrás. El tercero se acerca más. El segundo se lanza.

Rodillazo.

Aquí nadie le va a quitar puntos. Ahora como mucho tendrán que dárselos al otro. Seguro de haberle hundido dos o tres costillas, se gira hacia el tercero. Observa un instante aquel rostro ovalado, masculino y demacrado. Pelo lacio, medio muerto. Más flaco que el hambre. Ojos oscuros y rojos. Lo golpea justo ahí. Directo derecha. Gancho izquierda al abdomen. Parpadea, boquea y cae.

Van cinco. Ninguno pasa del primer asalto.

El Boxeador sonríe con sus dientes protegidos en plástico. No podía pedir unos sparrings mejores. Dispuestos a dejarse zurrar día tras día. Aprendían, claro que aprendían. Eso era lo que lo hacía gracioso. A menudo las caras que empiezan a hacerse familiares son las más difíciles de noquear. Se mueven mejor para esquivar los golpes si ya los han saboreado antes. Le da más emoción. Ellos lo atacan como salvajes. Como los Salvajes que son. Con las manos desnudas y sin ningún miedo. Músculo y rabia. Más instinto homicida que cerebro.

Por eso no los mataba. Y como ninguno utilizaba armas, él tampoco.

Ya no.

(. . .)

Termina muy pronto, antes de lo esperado. Faltan al menos dos o tres horas para el mediodía.

Treinta y tres salvajes inconscientes, tumbados en el suelo de asfalto desmenuzado o en el comienzo de aquel puentecillo de piedra. Treinta  y tres enemigos desfallecidos, vueltos a dejar inconscientes cuando se levantaban. Dos y tres veces a los más insistentes. Cuatro y cinco si la sed de sangre no se apagaba. Ningún muerto. Muchas magulladuras y alguna sangre pero ningún muerto.

Bota sobre si mismo, sin dejar de cambiar el peso de un pie al otro. No se retira. Espera. Retrocede tres pasos hacia aquel gigante de metal que era la puerta y sigue esperando. Sin dejar de moverse.

Se van despertando, algunos. Luego unos a otros. Se arrastra a los que no. Todos se van, más o menos rápido. Esquivan la mirada del Boxeador. Esquivan el evidente desafío que pesa para todo aquel que alguna vez quiera cruzar el puente de piedra vieja. Para todo aquel que  quiera entrar en la Fortaleza de San Marcos.

Tumbad al Boxeador y podréis pasar.

No queda gran cosa que proteger. Muros de piedra quemada desde dentro y lo poco que han traído ellos. La Fortaleza Muerta Hace Mucho. Así la encontraron. Por suerte, el tiempo, los bandidos y los animales se habían encargado de borrar los restos humanos. Encontraron piedras, polvo y cenizas. Allí decidieron quedarse. En la que una vez fue monasterio, cárcel, museo y cien usos más, refugio y luego crematorio. Era mejor no preguntarse cómo ocurrió. Después del Apocalipsis, muchos tenían miedo y pocos sabían qué hacer o dónde hacerlo. Lo habitual era no querer alejarse demasiado de donde uno había nacido. Porque es nuestro territorio, el de cada uno. El que más conocemos. Si acecha el peligro, ¿dónde preferimos estar? Cerca de casa, ¿no? Para cuando las cosas se solucionen. Porque siempre pensamos que todo se acabará arreglando, de una manera u otra. Los que se escondieron en San Marcos no tomaron precauciones o no fueron suficientes. Seguramente se hacinaron y se mataron en vida. Se encerraron y luego el fuego solo los empujó a la lona. A la lona de la que uno no se levanta.

El Boxeador espera. Espera y espera. Los ve alejarse y advierte algunas miradas de odio en aquellos ojillos rojos. Ojos que miran y gritan que volverán cuando vuelva la música. Cuerpos desnudos, sucios y mal alimentados, que dibujan al moverse la idea de que todo está mal. Las personas no deberíamos ser animales. ¿Para qué ha servido la evolución si ahora nuestra especie ha vuelto casi al comienzo? No nos merecemos esto, como raza. Ni siquiera los peores individuos.

¿Es que no hay cura, después de tanto tiempo?

¿Moriremos sin ver una señal de esperanza para la Humanidad?

Es probable.

Y que más da.

El Boxeador se saca los guantes y espera. Los cuelga de sus calzones y se frota las manos. Escupe el protector dental en su mano izquierda. Sonríe. El viento helado besa su piel perlada en sudor y no le importa. Sonríe porque el tiempo está mejorando. Sonríe porque el invierno se marcha, poco a poco, por fin. Ya no nieve hasta la cintura para desayunar. Ya no hielo resbaladizo bajo los pies para boxear. Ya no más frío en los huesos para dormir. Por fin una buena noticia. Este invierno se ha hecho eterno. Como todos, ¿no? Pues no. De uno en uno, de uno en uno. De uno en uno.

Día a día, hasta que llegue la primavera. O las buenas noticias.

El tiempo mejora antes de lo que lo hace el mundo.

El Boxeador aprieta los puños y contempla aquel horizonte de edificios a medio caer y de civilizaciones rotas. Aquel horizonte de muerte tan cercano y evidente le devuelve la mirada vacía y sigue a lo suyo. Cada casa muerta de León puede ver cómo aquel viejo de pellejo duro y magullado se gira sobre el puentecillo de piedra. Cada oreja de piedra de los edificios enterrados en tiempo vivo puede escuchar cada paso sobre la piedra de aquellas deportivas gastadas. A medio camino entre el rosa y el gris. A medio camino entre el roto y el no existir.

Entra.

Baja la palanca.

El pequeño motor eléctrico se enciende con un lamento ahogado. Cada pequeña pieza del mecanismo empieza a llorar mientras arrastra el gargantuesco portón metálico. Muy despacio. Aullando el metal contra la piedra desnuda. Aquella puerta nunca fue pensada para un lugar así ni para abrirse o cerrarse de aquella manera. Lo hacía, todos los días. Cada día, al amanecer. Cada día, al anochecer.

El Boxeador espera. Ante sus ojos el metal avanza centímetro a centímetro y solo puede ver aquel puentecillo de piedra vieja al otro lado. Alguna mancha de sangre y nada más. Espera, contemplando como se cierra aquella puerta a un mundo peligroso. Cuando el metal choca contra el metal y las dos hojas del monstruo de tiempos perdidos se han unido para cerrar aquella boca muerta del muro, el Boxeador baja los hombros y respira más tranquilo. Sonríe, mientras se gira y le da la espalda al enorme portón y a aquella extraña inscripción que decoraba cada una de las hojas.  Ba co de Es aña.

Camina por el patio interior. Echa una mirada al lánguido invernadero, que está casi tan viejo y vacío como él mismo. Pronto podrán trabajar la tierra y plantar legumbres. Toneladas. No volverán a quedarse sin provisiones a medio invierno ni un año más. No mientras tenga manos con las que arañar la tierra y ojos con los que ver crecer las plantas.

Camina. De camino a ninguna parte. Se acerca al pequeño lavadero y golpea la gélida capa que cubre el agua. La trocea con los dedos antes de hundir la cabeza. Unos segundos. Le palpitan las sienes, sumergido en el agua de invierno, palpitan dentro y fuera, dentro y fuera. Saca la cabeza y respira. Bufa y se sacude como un perro. No se estremece. Sonríe. El agua lava alguna de aquella sangre ajena que salpicaba su torso y la hace escurrir hacia abajo. Ya se bañará más tarde. Otro año si eso.

A la cocina. Es una buena hora para desayunar.

(. . .)

Deja caer los guantes a la entrada de la cocina y deja de ser el Boxeador. Como dejó de ser el Corredor cuando dejó de correr. Parpadea intentando acostumbrarse a la oscura estancia iluminada en fuego de vela  mientras sus ojos luchan con el recuerdo de la luz de día. Parpadea una vez más y empieza a distinguir siluetas. Una mesa. Un horno. Un cocinero.

Traga saliva.

- ¿Qué tenemos hoy para comer?

- Murciélago frito.

- Joder, que asco

Escucha rezongar aquel rostro barbudo. Distingue aquella silueta de cresta mohicana menear la cabeza.

- Si no le gusta al señor, tenemos sobras del murciélago asado de ayer.

- No, gracias.

- Dijiste que las patatas estaban buenas.

- Las patatas sí.

Camina por aquella alargada estancia bañada en penumbra hasta encontrar la mesa y los taburetes. Muebles robados en casas de dueños robados de sus vidas. Aún así mejores que los que hubiesen podido fabricar ellos. Se sienta en una de aquellas piezas de madera de tres patas y, una vez más, su cuerpo le recuerda que es viejo. Como cada día. Cada vez que se lo permite, aquel escombro de carne susurra a su oído que aquellos músculos y huesos pronto serán polvo. Como todo lo que les rodea. Se cruje los nudillos muy despacio, de uno en uno. De uno en uno.

El Cocinero arrastra una bandeja de metal casi hirviendo hasta la mesa. Un silbido desagradable de la madera. La mesa está más coja que el cocinero y el cocinero está más quemado que la mesa.

Una de aquellas enormes manos deja un tomate viejo y arrugado sobre la mesa. Rojo sangre derramada.

- Es el último tomate. Ayer te di la última cebolla. Pareces un puto crío.

Era peor que estar casado. Peor que estar muerto seguramente. Aquel cuerpo grueso, de baja estatura. Brazos anchos como cuello de toro viejo. Aquellos ojos de carnicero redimido por que no le queda otra. Cada día tenía que soportar sus impertinencias.

- Solo hay un plato. ¿Tu no comes o qué?

- Yo ya he comido.

- ¿Qué has comido?

- Sobras de murciélago asado.

- ¿Y aún así sobra?

- Pareces idiota. Siempre sobra murciélago.

Muerde el tomate maduro y siente la explosión de jugo y sabor en su boca. Nota las gotas deslizándose por su mentón y se apresura a recogerlas con su dedo y empujarlas hasta la boca. Que no se pierda nada. El último tomate. Muerde y mastica, saborea y disfruta, mientras el Cocinero se arrastra hacia la puerta.

- Recuerda que hoy tenemos que salir.

Aquel ligerísimo arrastrar y malpisar se detiene. Aquella boca barbuda responde sin girarse.

- Hoy no me apetece. Me duele la pierna.

Muerde y mastica, saborea y disfruta. Traga y responde.

- Supongo que podemos dejarlo para mañana. Aprovecha para descansar.

- Eso pensaba.

Muerde y mastica. No traga.

- Ya sabes. No corras.

- Gilipollas.

Muerde y mastica, saborea y acaba. Lo escucha salir de la habitación mientras el último trozo de tomate arrugado baja por su garganta.

A este paso no va a recuperarse nunca. Cada día parece más cojo que el anterior y la herida hace tiempo que lo dejó. Hace tiempo que la salud debería haber vuelto a él. Tal vez llegó y encontró su lugar ocupado por rencor y misantropía.

Parecía que de Medio Irlandés se habían quedado solo con la mitad mala. Fuese cual fuese.

Corta una pequeña porción de aquella carne blancuzca y desagradable. La trae hasta su plato y su aspecto parece empeorar. Prueba un bocado. Genial. Más asqueroso que nunca. Termina su trozo y corta un poco más. Se lo come. Le guste o no, necesita proteínas. Traga sin saborear. Lo menos posible. Nunca le ha gustado ni el sabor ni la textura. No le gustaba ni verlos en fotografía. Sentirlo dentro de sus tripas no era mucho mejor, pero necesitaba proteínas. Las necesitaba, como todos. Era eso o se comía al Cocinero.

Come carne frita de bicho alado hasta que se siente a punto de vomitar. Ya no más. Bebe agua hasta que se siente a punto de vomitar. Un poco más y no vomita. Se enjuaga la boca y traga. Empuja tres o cuatro de aquellas patatas viejas y arrugadas hasta su plato.  También necesita hidratos de carbono. Las devora. De mejor gana que el murciélago ciego bañado en aceite. Poca gente sabe que las patatas también tienen vitamina C y hoy menos que nunca. Él también necesita vitaminas, todas las que pueda conseguir para su maltratado cuerpo de cuero pálido. Se echa cuatro y cinco más. En la bandeja solo queda aquel medio cuerpo de pruebas de lo que hace la desesperación. Aquel medio cuerpo de carne pálida que representaba hasta dónde los había empujado el Apocalipsis a todos.

Sonríe, un instante.

Recuerda buenos momentos y los empuja hacia abajo con la última patata arrugada. No los quiere delante de sus ojos. No los necesita. Cada pequeña pizca de vida que su cerebro se empeña en traer de vuelta es enterrada bajo toneladas de rutina. Cada pequeño segundo recordado le duele. Eso representa la prueba de que no hicieron las cosas bien.

Había otra manera. Había cientos de maneras, todas mejores.

Ellos eligieron una.

Incluso los buenos se equivocan a veces.

Share

One thought on “Capítulo IX: Black Betty

  1. Breixo Lopez Garcia dice:

    Bueno después de la dureza de los anteriores, esto es un alivio. Joer que ya se me comprimía todo en mi interior con los anteriores capis.
    Para cuando vuelve el viejales tatuado y el cazador de nuevo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*


nueve × 3 =

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>