Capítulo V: ¿Recuerdas, chaval?

En más de una ocasión se había encontrado en auténticos apuros más allá de la seguridad del refugio. Por cada vez que se había resignado a morir en el barro, había otra en la que al final se había levantado. Cuando murió Zorra, su querida y casi anciana yegua, estuvo más cerca que nunca. La alocada carrera a la que había empujado al animal estaba más allá de su límite y, cuando le falló el corazón, el Cazador se vio de pronto aplastado bajo el peso de una buena amiga a la que él mismo había matado. Tres costillas y una pierna rotas. Un hombro dislocado. En aquella ocasión las cosas sí pintaban mal. Y no llegaron refuerzos.

Hoy parecía un día normal.

El Cazador recelaba. Pese a la Bandera. El jinete ya no era jinete. Apenas a tres metros de ellos se había bajado del caballo y ahora lo tenía justo de frente. El caballo sujeto por las riendas. El rifle-bandera en la otra mano. El rostro un enigma, oculto en parte por un deshilachado pañuelo gris y en parte por aquel ajado sombrero de ala ancha. No era muy alto, no más que el Cazador, pero su constitución no era comparable en absoluto. Donde el Cazador era delgado y escaso, el otro era musculoso y formidable. Sus brazos parecían los de un oso. Uno que sepa disparar.

El pañuelo gris se movió.

- Has cavado dos tumbas, extranjero. Que la fortuna te permita no tener que llenarlas nunca, porque ni amigos ni enemigos entierra el hombre sabio. Como un invitado que pisa mi tierra, te pido que me entregues tu nombre.

Una voz gruesa. Como el individuo. Profunda. Como el mensaje que portaba. Paladeó las palabras y el tono de la voz, buscando en su memoria al que pudiese ser el propietario. Nada fácil. Todo era demasiado lejano. Las que encontraba de alguna manera semejantes eran descartadas por varios motivos. Muerto. Muerto. Muerto. A lo mejor era por un solo motivo. Así no iba a ninguna parte. Necesitaba más opciones.

Medita un instante y lanza la raída gorra a los pies del recién llegado.

El viejo y agujereado sombrero de ala ancha llega girando de manera perezosa hasta posarse frente al Cazador.

El intercambio. Una vieja costumbre.

Y la respuesta a la misteriosa identidad.

No necesitó mirar dos veces. No es posible que queden vivos muchos ancianos con el cráneo tatuado. Aunque la última vez que lo había visto no era tan viejo. El Ermitaño. Un curandero que se desplazaba de aquí para allá, según la leyenda. Algunos lo llamaban el Chamán. El mentor de toda una generación de cazadores. Otros lo recordaban como uno de los seis a los que se expulsó del refugio. Ahora su voz sí le sonaba familiar.

- Te has hecho mayor, chaval. Creo que el tiempo no te ha tratado muy bien. Ni siquiera recuerdas las viejas tradiciones.

Y no vio venir el golpe.

Sangre en la boca. Un diente menos. Un parpadeo, mientras el Cazador termina de asimilar que le han dado. Las piernas le fallan y cae de rodillas, con las manos en la cara. Minúsculas gotas de sangre que riegan la hierba y millones de diminutas agujas de dolor que lo atraviesan a él. Todo el cuerpo se prepara para el colapso. Pero no. De entre los dedos sangrientos que intentan cubrir la boca, asoman dos ojos azules que fulminan al Ermitaño. Las riendas en una mano. El rifle-bandera en la otra. La culata levemente salpicada. El tenue discurrir del rojo sobre el verde de la colina.

- Debería matarte.

Ni siquiera es consciente de haber formulado esas palabras pero, tan pronto las escucha, no puede estar más de acuerdo. Lentamente se pone en pie y aparta las manos de la boca, dejando ahora la sangre fluir libre. El Ermitaño sonríe.

- Hay muchas cosas que deberías hacer. El deber es algo muy importante, chaval. Mientras sigamos vivos cada uno arrastramos nuestras obligaciones pero, al final, solo respondemos ante nosotros mismos. Tú has cavado dos tumbas, pero lo has hecho como el intruso que teme la llegada del poder legítimo. Como un extranjero. Como un niño ciego.

Ni siquiera le deja responder.

- Tienes que aprender a ver más allá. La sabiduría no lo es hasta que se basa en la experiencia. Un hombre inteligente te diría que lo de cavar dos tumbas al avistar al enemigo tiene al menos otra interpretación. Tratar al recién llegado, a lo desconocido, como a un peligro significa condenarte también a ti mismo. Son metáforas. Siempre fuiste demasiado literal, chaval.

El Cazador parpadea unos instantes, incrédulo.

- Me da una ostia y me suelta un sermón, ¡hay que joderse! Métete a predicador y déjame en paz.

Suelta un bufido lleno de gotitas sangrientas y se limpia con la manga.

- Todos somos predicadores, en cierto modo, pero se necesita público para que el mensaje tenga sentido. La verdad es que llevaba bastante tiempo sin encontrarme con nadie, chaval. Llevo siguiéndote más o menos desde que encontraste a la niña, pero no quise arriesgarme porq…

Eso explicaba muchas cosas. El Cazador llevaba tiempo con la vaga sensación de que algo iba mal. En un mundo en el que todo va mal todo el tiempo, no le dio importancia. Ya ni siquiera la estaba prestando atención al Ermitaño. Cuando recoge el petate, se encuentra con la mirada de Piña. No parece muy asustada. Un gesto para hacerle entender que puede salir. No sale. El Cazador resopla mientras deshace el doble nudo y busca un trozo de tela con el que pueda limpiarse en condiciones.

-…aminos están llenos de peligros en estos días. Nadie te ayuda como en nuestros tiempos. Recuerdo el mensaje de libertad que un día empujaba nuestro cuerpo. Aunque todo era un caos al principio. Aún así, las cosas empezaban a funcionar en el refugio. Recuerdo cuando tuvimos que bautizarlo. Fue sencillo. Todo lo que había dentro de los muros se llamó Galicia. Lo que quedaba de nuestra gente y de nuestra sociedad estaba allí dentro. Y lo que estaba fuera era eso, el Exterior. Así. Con mayúsculas y todo. Piensa que mucha gente no volvió a poner un pie fuera del muro y que algunos siguen así. El miedo es el depredador más peligroso, chaval. Yo te lo enseñé. El problema de recordar cosas es que a veces olvido otras. El otro día olvidé tener miedo y también olvidé por qué tenía que tenerlo. Cuando me acordé hice la maleta y me puse en camino. La verdad es que no te buscaba a ti. De hecho ni siquiera recordaba tu nombre hasta que te he pegado. Has envejecido fatal, chaval.

El Cazador no responde. Ni siquiera da muestras de si está prestando atención. Con un trozo de paño a modo de bandana-vendaje cubriendo la mitad de su rostro, parece ocupado recogiendo las flechas que siguen enteras. Si algo de lo que dice el Ermitaño le interesa, no lo demuestra.

Piña sí.

Salida de la tumba, pero solo por voluntad propia. Descendiendo paso a paso, recelosa. Sentada ahora en el suelo frente a aquel hombre que no deja de hablar. Ella lo escucha. Y Centinela se mantiene a su lado en todo momento.

Incluso mirando a través de ellos el Ermitaño parece no darse cuenta de su presencia. Hasta que lo hace.

- Oh, una niñita. Y un perrazo. El perro se parece un poco a Bicho, uno que teníamos en el refugio. A lo mejor es el hijo o el nieto. Si es Bicho también ha envejecido fatal. Y la niña está un poco famélica, ¿no? Espera, creo que he perdido el hilo. Ah, no. El otro día encontré un pequeño tesoro en forma de terrones de azúcar. Un poco añejo, eso sí, pero es mejor que chupar una piedra. Luego le daré un poco a ella, le vendrá bien. Todos los niños deberían recibir una golosina de vez en cuando. No tienen culpa de que el mundo se nos haya roto.

No puede evitar poner los ojos en blanco mientras escucha las vagas reflexiones de aquel viejo conocido. Ni siquiera es consciente de por qué no se marcha sin más. En parte comprende el horror de la soledad. El deseo de hablar no se calma si uno no tiene quien le escuche.

- Los tiempos cambian. Con la gente o a pesar de ella. Es mi mensaje. A veces no importa las palabras que utilizamos, el mensaje es siempre el mismo. Recuerdo cuando fui expulsado. No las palabras exactas que utilizaron, pero sí el mensaje. Algo así como “habéis hecho lo que era necesario, pero cada vez que os miramos nos sentimos profundamente culpables”. Hipócritas. Y no fui el único. Otros cinco. Seis conmigo. Y ahora necesito encontrarlos ¿Recuerdas, chaval?

Una gélida mirada que apenas dura un instante. El Ermitaño la esquiva como una fría brisa de invierno.

- Que pena, chaval. Yo sí los recuerdo. A los cinco. A mí también por supuesto. Tenía más o menos el mismo pelo que ahora, aunque el tema me hacía menos gracia. A decir verdad, sigue sin hacerme gracia. No creo que necesites mucho más, a mi es fácil encontrarme. A los que necesito encontrar es a los demás. Eran todos más altos que yo, menos Alex el Medio-irlandés. ¿Irlandés? No lo era ni un poco pero bebía como si lo fuese del todo. Siempre estaba sentado. Un poco vago, el tipo. Un buen tipo, el tipo. De los que nunca empiezan una pelea pero de los que siempre ayudan. Algunos lo llamaban El Llorón. La gente recuerda fácilmente estupideces y olvida cosas importantes. Encontrar a su familia ilesa en el refugio bien merecía el derramamiento de unas lágrimas. Deberían recordar el día de su llegada, cubierto de sangre y hacha en mano. Nadie que supiese los kilómetros que había recorrido se atrevería a ofenderlo de esa manera. Deberían haberle llamado el Hendedor de Cabezas, pero lo llamaban el Llorón. Para los amigos siempre sería el Medio-irlandés. También estaba Javier el Corredor, que llegó al refugio solo con los calzoncillos, unas deportivas y un chaquetón de mujer. Amigo de la infancia. Aunque vivía lejos, era habitual que viniese varias veces al año para visitar a su abuela. Cuando vino esta vez casi no era la misma persona. Mucho más sombrío. Más callado. Menos sonrisas. Entre el equipaje que perdió para llegar desde León, estaba también toda su familia. Su novia. Sus amigos. Es una gran pérdida incluso para un buen hombre. ¿No recuerdas a ninguno de estos dos, chaval?

Un gruñido, o algo que podría calificarse como tal de haber tenido el volumen suficiente. El Cazador se mantiene ocupado. Como si se tratase de una obligación, comienza a rellenar de tierra los agujeros que él mismo había excavado.

Centinela bosteza, aburrido. Se pone en pie y sacude la cabeza, indiferente. Vuelve a tumbarse, perezoso. Piña sonríe para si misma y gira de nuevo la cabeza hacia aquel Hombre-Sin-Pelo.

El Ermitaño enarca una ceja.

- Creo que esta niña entiende todo mejor que tú, chaval. Debería ser ella la que te guiase por la espesura y no al revés. Con lo viejo y torpe que te veo es probable que acabéis sirviendo de cena a un acantilado o cayendo por un oso. O al revés. O las dos cosas al revés. En serio, te veo fatal. Más que un cazador, parece que te hayas convertido en la cena de alguien. Te falta echar a correr asustado y sollozando. Aunque eso me recuerda a otro de los que busco. Manuel el Temerario. Nunca pudimos elegir un mote mejor. ¡Qué cosa más cobarde! Era genial. Se había librado del Apocalipsis por suerte y de rebote, en medio de sus vacaciones en Galicia. Ni siquiera se había encontrado con ningún Apestoso. No hasta que llegó al refugio y lo pusimos a trabajar como a los demás. Recuerdo cómo corría cuando vio a su primer Apestoso saliendo de…

- Desarmados. Apestosos no.

Nota los labios hinchados y toda la mandíbula le duele como si se la hubiese roto. Cada palabra es un tormento. Cuando termina con la primera tumba se descuelga la cantimplora del cinto y echa un trago. Sangre. Intenta enjuagarse la boca antes de tragar pero es inútil. Aquel sabor no se va.

- Apestosos mejor. Es verdad que no van armados pero tampoco cuidan mucho su higiene. Cada uno les llama como quiere. Recuerda que gracias a que le pusimos un nombre, la gente empezó a perder el miedo. Parece una tontería, pero no lo es del todo. Los nombres tienen poder, chaval. Si vas por la vida sin ponerle nombre a las cosas, al final no sabrás qué es qué. Cuando empezamos a llamarlos Apestosos la gente dejó de verlos como espectros o como la profecía de una muerte segura. Empezaron a pensar en ellos como en salvajes, que es lo que son. ¿Son personas? Pues oye, tal vez. A mi no me interesa conocerlos más. Ya he visto lo que tienen que ofrecer. Llámalos Amigos si quieres. Eso no los hará menos peligrosos. A lo mejor tendríamos que habernos dejado matar al principio, antes de que nos diese tiempo a pensar en moral, porque sería mucho más caritativo y humano. Supongo que los seis expulsados fuimos la purga para la conciencia colectiva del refugio. No fue un precio tan alto. Si pudiésemos preguntar a los otros cinco creo que dirían lo mismo. Incluso aquel al que llamaban El Traidor.

Un movimiento casi reflejo y la mano está ya en la culata del revólver. Unos pasos acelerados. La bandana empapada no puede seguirle el ritmo y cae. Ahora el rostro del Ermitaño está a solo unos centímetros. Extender el brazo, apretar el gatillo y contemplar como se marcha para siempre de este mundo. Sería tan sencillo. Pero eso lo convertiría a él en un muy mal alumno. Se limita a dispararle con aquella mirada suya, a bocajarro. Hielo y desprecio, a partes iguales. Mezclados con un “que te follen bien”.

- Me he cansado de escucharte, Francis. Eres un viejo cabrón, amargado y resentido. Vives en el pasado, por si no te has dado cuenta. Buscas a los Seis Sin Tierra y al único que he visto desde hace veinte años es a ti, ahora. No me interesan ni vuestras historias ni vuestras cruzadas. Nosotros seguiremos nuestro camino y tú el tuyo. Por lo que a mi respecta, cada uno de vosotros murió al cruzar los muros por última vez. Si quieres más pistas puedo explicarte cómo irte a tomar por el culo.

El Ermitaño enarca una ceja. Con la manga se limpia las gotas rojas que le han salpicado el rostro.

- ¿Quiere decir eso que sí recuerdas al Traidor? Claro que sí, chaval. Todos los recordamos. Dando de comer a los hambrientos. Colgando a los criminales de los muros. Labrando la tierra de cultivo con sus propias manos. Degollando Apestosos con sus propias manos. Riendo. Matando. Todos lo recordamos. Escúchame con atención. Hubo errores, sí. Muchos, quizás. Gracias a que solo fueron errores, seguimos existiendo. No puedes culp…

Clic. El tambor de metal girando y una bala ansiosa por matar.

- Te he dicho que no quiero escuchar más, coño. No me obligues a pegarte un tiro por una estupidez.

El Ermitaño chasquea la lengua, apesadumbrado. Vuelve a limpiarse. Nunca le gustó la terquedad en sus alumnos. Tampoco que fuesen unos cerdos. Y mucho menos que le apuntasen con un arma que no pensaban utilizar. Como si aquel cañón plateado no estuviese vigilando sus movimientos empezó a desatar las mochilas que colgaban del caballo. Las seis viejas balas que aguardan en el tambor no parecen apurar los metódicos movimientos de un anciano que, al terminar, se cuelga la mochila cruzándola a la espalda. Dedica una severa mirada al Cazador. Una que, por una fracción de segundo, lo transporta al patio de instrucción.

- ¿Sabes, chaval? No siempre he sido viejo, como no siempre digo tonterías. Del mismo modo que en este mundo las cosas casi nunca son lo que parecen. No me ofende ni me asusta que me apuntes con esa pistola. Privilegios de la edad. Siempre intenté enseñar que las armas no son juguetes y que no deben empuñarse salvo que sea preciso. Salvo que uno sepa que va a disparar. Por primera vez, ahora que soy anciano, me encuentro en una encrucijada. Si me disparas moriré orgulloso sabiendo que has aprendido bien. Si no lo haces, seguiré vivo para despreciarte. Al final nada de esto importa. Escúchame, cabezón. Antes de dejarte partir, debo decirte que hay un motivo para todo. Para reunir a los otros cinco. Para que te regale mi querido caballo. Para que galopes sin descanso hasta el refugio. Para que los avises y para que preparen todas las defensas. Chaval, no se si te has fijado que últimamente las manadas están muy activas. ¿El invierno? Eso pensaba yo. Odio a los Apestosos.

- Desarmados.

- Apestosos, coño. No sólo los que iban en grupo. Siempre se comportaban de una manera errática. De aquí para allá, buscando comida. Ni más ni menos que lo que uno esperaría de los animales. Porque eso eran: unos nuevos depredadores a los que hay que evitar o matar. Recuerdo cómo a la gente le pesaba la conciencia para actuar. Siempre la misma canción con diferente letra. No podía culparse a los Apestosos de lo que hacían. Era el instinto lo que los empujaba. Como animales. Bueno, pues ya no.

El Cazador parpadea. Traga saliva. Y sangre.

- ¿Cómo que ya no?

- No, chaval, no. Algo ocurre. Los Apestosos se mueven. Las manadas se están reuniendo. Todas.

Y él baja el revólver.

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