Capítulo VI: Pan de batalla

¿Y si no queda nadie para recordar? Incluso con las peores afrentas y atrocidades como combustible, el odio y el rencor son unos fuegos muy exigentes ¿Y si lo único que podemos hacer es aceptar que con el tiempo incluso nuestros enemigos se volverían borrosos? No solo eso. Con cada generación se perdería algo de lo que una vez fuimos. Se olvidarían más y más cosas. Se perpetuarían los conocimientos que pudiesen parecer más importantes para sobrevivir. En el presente. Se perderían otros que podrían ser la clave a problemas futuros. Todo sería pasto de gusanos e historiadores, si es que alguna vez volvía a haberlos.

El humano persiste, pero está atrapado en una sociedad que ya no genera información. Ni ropa. Ni tecnología. Ni cultura. No genera nada de nada. Los supervivientes han sido castrados, de una manera poco literal. Ya no existe nada más allá de lo que nos ha ocurrido y de lo que todavía nos puede ocurrir. La imaginación ha muerto. La hemos enterrado y encima hemos construido una frágil cabaña hecha de precaución. Sobrevivimos para asegurarnos de que mañana podremos seguir teniendo miedo.

El Ermitaño bosteza adormilado. Empieza a tener hambre. Observa un instante la pipa hecha de hueso. La vacía y vuelve a llenarla. Gris por verde. Ojalá todas las cosas fuesen tan fáciles como olvidar por un instante las preocupaciones. Buenos instantes que deberían durar años. Años que no deberían existir. Divagaciones. Se acerca el anochecer y no le preocupa demasiado. La hierba todavía está cálida bajo su cuerpo. Sentado en una colina que el atardecer se empeña en desdibujar contra el horizonte. La colina desde la que había visto partir al galope al chaval y a su niña. La niña que no quería subirse al caballo. El caballo que él les regaló. Duda. Por un instante duda de si había sucedido unas horas antes o si sucedería mañana. El perezoso resoplido del perro parece una respuesta. Tumbado a su lado, roncando por momentos. Un perro que sabe aprovechar la vida. Le dedica una mirada llena de comprensión y enciende el mechero.

Tose. Una y dos veces. El perro estornuda. Vuelve a toser. Busca con la mano el odre de agua y echa un trago. Recordaba al menos diez cosas mejores que podría estar bebiendo, pero no estaba mal. Se conforma. Si la vida está hecha de pequeños momentos éste era uno tan bueno como cualquier otro. Deja salir una sonrisa, anciana y experimentada. El perro vuelve a estornudar. Lo mira.

- Perro listo. No tengo claro si tu dueño te ha dejado atrás o si le has abandonado tú a él. A lo mejor solo lo acompañabas, como se acompaña a un amigo. Me suena. ¿Quién te ha entrenado?

Y la sonrisa dura un instante más. Lo poco que tarda el cerebro en conectar un buen recuerdo con otro que no lo es tanto. A veces era difícil distinguir qué recuerdos eran buenos. El chaval. Su hermano. No estaba seguro de si alguna vez se volverían a ver. Ni de si él los volvería a ver. Tan diferentes. Al principio. No lo eran tanto, entonces. Pues a lo mejor. Él los conocía bien a los dos. A uno lo había entrenado y al otro le llamaba amigo. De nuevo una pequeña sonrisa llega a sus labios sin previo aviso. Aquel pequeño cazador se sentía veterano. Era como si escuchase al otro, años atrás. Si la ironía fuese perro les estaría mordiendo el culo a los tres. No es verdad. Si la ironía tomase esa forma, se habría comido al Traidor hace veinte años. De líder a traidor en un suspiro. Pequeñas sorpresas de la vida. Ahora estás en la cima de la rueda y al rato te está aplastando. Contra una boñiga. El exilio era duro para todos, pero tenía que serlo más para el que hizo posible que hubiese algo de lo que ser expulsados. Suspira. No puede sino aceptar que todos hicieron su contribución para construir el refugio. Todos.

Pequeñas volutas de humo.

Desarmados. Le parecía gracioso el nombre que les ponían ahora. Los nombres tienen poder. Por eso cada cosa tiene su nombre. De una manera sutil se transmite un mensaje. Lo supiesen o no, el Consejo había tomado su decisión. Seguramente consideraban más humano no insultar a los enfermos. Daba igual. Incluso aunque no se tratase de zombis como los de las películas del pasado. No conocía a ningún Apestoso que hubiese sido recuperado. Respondían como enemigos, así que eso eran. Nunca se había sentido tan pragmático como cuando descubrió que su vida podía depender de ello. Ojalá la negociación fuese posible. Si fuese posible curarlos, o capturarlos y reeducarlos, ya se habría hecho. Veinte años es mucho tiempo.

Mucho tiempo sin una radio. A lo mejor en alguna parte de mundo ya se había resuelto el problema. Todo sonaba demasiado optimista pero era factible. Sin noticias del mundo exterior desde hace tanto tiempo era posible, incluso probable, que en algún lugar hubiesen restablecido el orden. En el peor de los casos, el escenario no sería peor que aquí. Fuese como fuese, si alguien había descubierto una cura no se había molestado en enviarla a este pequeño rincón del mundo. Cabrones.

Deja salir el humo en una columna frágil y tambaleante. Hambre. Bebe otro trago. La luz mengua y avisa de su pronta huída. Falta menos de una hora para el anochecer. La brisa se transforma en viento y el viento arrecia. Mañana lloverá. O no. Aquí nunca se sabe. Al Ermitaño le duelen los huesos y la vejez.

Maldita la enfermedad que los ha traído a todos hasta aquí. Procura no pensar mucho en ello. Él no es un experto. No es un famoso científico ni un venerado doctor. Siempre fue de esa clase de personas que aprenden solo haciendo las cosas ellos mismos, con las manos si era posible. Siempre pensó que eso lo limitaba un poco. Al final resultaba útil ser hombre de muchos talentos y ningún don. Es lo que tiene enfrentarse al Apocalipsis de los necios. Pandora. Mejor nombre. Siempre le gustó mucho más que Bona Mors. Más épico. Ese bautizo fue una de las pocas cosas que hicieron bien en los países de Sudamérica. Quemar a los enfermos. Enterrarlos vivos o echarlos al mar. Un aplauso a la racionalidad. Para lo que les sirvió. Al final toda la humanidad recibió un doctorado en una nueva forma de morir.

Un trago.

La fase uno era la mejor, sin duda. Era buena. Tan buena que no existían síntomas que pudiesen delatar la enfermedad. Reconocimientos completos y analíticas detalladas que no descubrían nada. Complejas pruebas, tan aparatosas como inútiles. Es difícil buscar lo que no se sabe que existe. Tiempo después, los médicos explicaban algunos de aquellos errores. Era fácil explicarlos todos: ignorancia. El mundo existía como lo había hecho siempre hasta que llegó Pandora y cambió las reglas. El paciente, sano como una manzana, entraba en fase dos.

Un trago.

Fase dos. Ventajas. Así debería ser esta cosa. Eso si alguien, y no el azar, diseñó esta plaga. Así no habría problema. El enfermo se iba sintiendo mejor cada día. Como suena. Procesos metabólicos que se aceleraban. Dosis extra de endorfinas, serotonina y adrenalina. Bajaban los niveles de melatonina. Deberían llamarla la fase de los yonkis autosuficientes. Pocos notaban nada. Más ganas de hacer cosas. Más entusiasmo. Más agresividad, quizás. Más felices, seguramente. Si uno se sentía demasiado bien era probable que estuviese en fase dos. O que fuese un tío afortunado. En la calle no se notaba nada. Casos de agresiones y de escándalo público. Iban en aumento pero nadie le daba importancia. Estaban acostumbrados a ver cualquier cosa en televisión. Más gente entraba en fase dos, sin saberlo. Parecía que se había puesto de moda follar por las calles o pegarse por cualquier cosa, sino lo estaba ya. Otro nombre. Fase dos, adolescencia extrema.

¿El causante? Un pequeño tumor instalado entre los hemisferios del cerebro, con miles de microscópicas manos que le permitían tocarlo todo en nuestra cabeza. Así era. Un inquilino desagradable que se alimentaba precisamente de aquello que empezaba a alterarnos. Como un ansioso glotón abría el grifo y empujaba a la gente hacia aquel sutil éxtasis químico.

Pero los glotones engordan.

Desliza la mano por el lomo de un perro que ni siquiera deja de roncar. Intenta dar una calada y mira la pipa, desanimado. La sacude para vaciarla y la guarda en un bolsillo, junto con el mechero. Ha fumado suficiente por hoy.

La fase tres había sido el saludo de la enfermedad. Un macabro ¡hola, ya he llegado! Y menuda visita. Llegó y sembró la locura a medida que se confirmaban casos. Al principio solo eran pequeños altercados que casi pasaban desapercibidos en medio de las noticias diarias. Fueron tantas las versiones, hipótesis y conjeturas que era imposible recordarlas todas. En realidad esos casos eran las primeras explosiones. Los pequeños estallidos de toda una serie de detonaciones. La demolición programada de nuestra sociedad. De nuestra raza. Mucho más de lo que podría asumir cualquier gobierno. Es probable que el resultado hubiese sido el mismo, se tomasen las medidas que se tomasen. Con la facilidad con la que se propagaba la información en aquellos días, toda la humanidad temblaba ya ante los primeros casos. A medida que aumentaban en número, lo hacía también el miedo. El terror sacudía la tierra de extremo a extremo. No solo a nivel individual: podía escucharse el castañetear de los dientes gubernamentales por todo el mundo. Se reaccionó al miedo de la peor manera posible. Pánico. Llegaron las Medidas Salvajes. Porque lo fueron, todas. Incluso en los países más civilizados. Quizás las sudamericanas fueron las primeras atrocidades por el bien común, pero no fueron ni las últimas ni las peores. Que va.

Un trago. Pero no puede más. Tiene hambre. La barriga, casi llena de agua, sigue pidiendo algo sólido. Suspira y rebusca en la mochila. Saca un pequeño trozo de pan duro, más negro que amarillento. Pan de batalla. Lo mismo sirve para comer que para abrirle la cabeza a alguien. Mal cocinero. Hace más pequeño el trozo, partiéndolo en dos. Deja una mitad frente al perro que abre los ojos, oportuno. Olisquea y prueba a morder. No le interesa. O lo deja para más tarde. El Ermitaño se encoge de hombros. Se conforma con lo suyo. Empieza a comerse su parte, arrancando pequeñas migas que humedece con saliva antes de masticar. Dura muy poco. Menos que el hambre. Suspira. Rebusca en la mochila y saca una abollada lata de metal. En el exterior del cilindro, desdibujado, Café Express. Desenrosca la tapa con cuidado y acerca la nariz. Carne y sal. Humo. Especias. Hambre. Cecina. No podía comérsela todavía. No quería. No podía. Se permite inhalar aquel delicioso aroma una vez más y vuelve a cerrar la tapa. Guarda el bote en la mochila. Tal vez no tenía sentido privarse si su final podía estar tan cerca, pero le hacía sentir bien. Le había costado abandonar la seguridad y relativa comodidad de aquel refugio que había construido. Por su cuenta. Por necesidad. El exilio lo privó de un hogar, pero ahora tenía otro. Se las apañaba bien, con su huerta y sus animales. A veces, solo a veces, todavía pensaba en regresar lo más rápido posible y retomar aquella hermosa rutina. Hoy no. Mientras guarda la vieja lata de metal en la mochila se alegra pensando que su viaje todavía está empezando.

Suspira y cierra la mochila. Recoge el odre y echa un trago. Vuelve a suspirar. Todo el mundo sabe que los viejos están hechos en un sesenta por ciento de suspiros. El resto son quejas y reproches.

Este viejo era casi todo melancolía. Y hambre.

- Si al menos fueses un poco considerado estarías despierto para escucharme. Que no hable no quiere decir que no necesite compañía. No debería haberte dado nada, perro cabrón.

Lo mira y casi vuelve a sentir comprensión al escuchar los ronquidos indiferentes. Casi. No estaba acostumbrado a animales tan apáticos y perezosos. Puede que por dentro fuese más gato que perro, después de todo. Vuelve a poner su atención en aquel sol que tanta prisa tiene por desaparecer. Cierra los ojos y se muerde el labio inferior. Están tardando más de lo previsto.

Paciencia.

Ojalá hubiese tenido más en el pasado. Nunca fue ni un atolondrado ni un pichabrava. No tuvo la cabeza tan llena de pájaros como otros, o al menos eran otra clase de pájaros. Jamás se había sentido un héroe. Ni un justiciero. El chaval las había llamado “cruzadas” y para el Ermitaño eran cosas del pasado que hubo que hacer. De algunas no está orgulloso. No había nada de santo en ello. De hecho, al contrario.

Fueron pocos los que acudieron al Refugio Libre Gallego al principio. El miedo todavía no era suficiente como para que la gente se plantease tomar una decisión. La familia del Ermitaño sí lo hizo. Él mismo se encargó de convencerlos y de instalarlos tan cómodamente como fue posible. Su entrada no fue gratuita. Todos los recién llegados que quisiesen comida y refugio debían colaborar de una manera u otra en la construcción de los muros. O muro. Sólo era uno, pero muy grande. Lo suficiente para rodear toda una pequeña cadena montañosa. Los niños y los ancianos estaban excluidos del trabajo, en principio. El Traidor se encargó de que todos los ancianos a los que la salud se lo permitiese se pusiesen a trabajar. No era un asunto de edad. Hubo voces discordantes pero al final se impuso la decisión. Quedó claro que aquello no era una democracia. Quizás era lo necesario.

Esa era una pequeña cruz en el historial del Ermitaño. Una muy pequeña. Recordaba con más angustia los robos. Solo material para la construcción del muro, al principio. Grupos que se encargaban de visitar aquellas empresas cerradas por el miedo a la plaga y llevarse camiones cargados con su mercancía. Cientos de grupos. Los recién llegados seguían sirviendo de peones para construir el muro, mientras los otros saqueaban para mantenerlos trabajando. Ventajas de que el gobierno no hubiese tomado medidas oficiales y de que la policía padeciese la misma crisis de absentismo que había paralizado todo el país. Solo eran robos. Nadie salía herido. Esas cruces tampoco eran muy grandes, entonces. Pues no. Pero había más. Hacían falta muchas más cosas en el refugio y más si te preparas para el fin del mundo. El viaje a Monterroso había sido peor. El horrible camión amarillo de DHL, robado unas horas antes. El olor a orina y vómito del anterior conductor, al que habían bajado a punta de escopeta. Se desmayó solo, ni siquiera tuvieron que pegarle. Se quedó tirado en una cuneta mientras el pequeño grupo, cuatro personas sin contar al conductor, se dirigía a su desgraciado bautizo de sangre. Todo para asaltar la mayor armería de Galicia, o la más famosa al menos. No tenían ni idea de las medidas de seguridad ni de cómo hacerlo. ¿El plan? El dueño. La familia. Lo que hiciese falta. E hizo falta todo. La policía no acudió y tampoco ningún vecino. Volvieron al refugio con el camión cargado. Regresaron tres veces más hasta llevárselo todo. Todo. No, todo no. Dejaron los cadáveres.

Todo parece fácil de justificar ahora. Más que entonces. Ni un solo caso en su comunidad autónoma y ellos ya habían derramado sangre inocente. Funesto augurio. Salieron ilesos los cinco, se llevaron armas y munición como para un ejército y se dejaron un trocito de alma. Cada uno de ellos. Un precio alto, pensaban. Después hicieron lo mismo una y otra vez, tantas veces que los trocitos de alma perdidos eran incontables. Al final resultaba tan fácil que seguramente ya no había nada a lo que quitarle un trocito. El refugio había conseguido todo cuanto se pudiese necesitar, ahora o en los años próximos. Armas. Comida. Animales. Medicamentos y principios activos para fabricarlos. Herramientas y recambios. Semillas. Ropa. Una lista casi interminable.

Y de regalo un pequeño grupo de protectores desalmados.

Blop blop. O blau blau. Nunca entendió bien a los perros. Seguía tumbado pero estaba en tensión, con la mirada perdida en la distancia. Habían sido dos cortos ladridos, tan profundos y suaves que tuvo que mirarle para saber si se los había imaginado. El perro le devuelve la mirada y vuelve a girar la cabeza hacia la lejanía. Perro listo. Por fin se ha ganado el pan. El Ermitaño tantea con la mano hasta recoger el puñado de balas que había dejado en el suelo. Balas y tierra entre los dedos. Las deja en su regazo y alza el rifle hasta la altura de los ojos. Penumbra. Todavía no era oscuridad, pero estaba claro que luz tampoco. Era la peor hora del día, junto con el amanecer, para practicar puntería. Por eso era su hora preferida. Sentía el peso de aquella docena de balas sobre la tela de su entrepierna. El frío de la tierra húmeda empezaba a llegar a la piel de una zona tan delicada. Un pequeño escalofrío mientras se recuerda que cada segundo cuenta. El rifle no es un arma para disparar a lo loco. Sabe que si vienen más de seis o siete tendrá problemas. Si aparecen muy cerca, también. Incluso si falla un disparo o si no puede tumbarlos a todos antes de que alguno llegue a él. Pero no tiene miedo. Todo en esta vida tiene consecuencias y los disparos que había hecho para advertir al chaval no iban a ser una excepción. No era una sorpresa. Habían tardado más de lo previsto en llegar.

El mundo a través de la retícula del visor. Sencillo e infalible. Lo que allí se mostraba era la única verdad en la que uno podía confiar hoy. Como suele ocurrir con las verdades, podía salvarte o arrancarte media cabeza. Todo dependía de qué lado estuvieses. El Ermitaño no es consciente de cómo todo su cuerpo se relaja gradualmente ni de cómo poco a poco su respiración se hace pesada y lenta. Los sonidos desaparecen a su alrededor. Existe él y su rifle, nada más. Ni siquiera puede advertir como aquel buen perro, que sin duda sentía cumplida su misión, echaba a correr colina abajo en dirección al cercano bosque. Adiós, perro.

El primer rostro. Huesos y piel. Ojos rojos. Entre la maleza y aproximadamente a ochocientos metros. Novecientos, quizás. No más de mil, eso seguro. Pelo negro, revuelto. Piel pálida pero sucia. Desnuda. Antes de poder adivinar más, aprieta el gatillo. A través de aquel sencillo visor observa como la bala llega a su objetivo. Muy desviada. Una enorme flor de sangre se abre traspasando el pecho de aquella muchacha. Un rostro que empezaba a mostrar miedo por el sonido que acababa de escuchar y en el que congela una mueca de confusión. Cae. Tres. Cuatro. Cinco. Tarda mucho en levantarse. Sabe que está gritando y que desde aquí debería escucharla, pero no lo hace. Sus dedos están empujando ya el cerrojo con una nueva bala hacia el interior de aquel mensajero de muerte. Parpadea sin abandonar la retícula. Sus ojos todavía retienen la imagen de aquel cuerpo joven desplomándose entre confeti rojo. Juraría que aquel rostro era el mismo de la niña que se había marchado con el chaval y su caballo. Quizás un poco mayor. No importaba. Si era ella lo sabría pronto. Espera un segundo más. La casi-muerta intenta levantarse. No era ella. Apunta un poco hacia arriba. Poco. Aprieta el gatillo. La segunda bala alcanza la desprotegida nuca de aquella desconocida que lucha por levantarse. Cae, definitivamente. Tarde o temprano hubiese muerto desangrada, pero hoy no quiere fallos. Mientras los dedos bailan de la entrepierna al cerrojo una vez más, el Ermitaño distingue más Apestosos. Al menos una docena. Sin tiempo. Apunta, maldice y dispara hacia donde calcula una cabeza. Un poco más arriba. Fuego. Un cuerpo se desploma entre polvo de hueso y mariposas de sangre, pero el Ermitaño ya está disparando su siguiente apuesta en forma de bala. Y otra vez. Y otra vez. Unos cuerpos caen mientras otros avanzan, tomando forma en la lejanía. Corren. Hombres y mujeres. Sucios. Vivos, sí. Por poco tiempo, espera. Dispara. Dispara. Dispara. Traga saliva mientras observa salir más. Otra docena. Y otra. Se limpia el sudor de la frente y busca con la mano la mochila para acercarla a él. Dispara. Dispara. Cuando la mano llega a la entrepierna y encuentra solo lo que siempre ha tenido allí, sabe que debe tomar una decisión. Si pierde tiempo en sacar munición de la mochila no podrá huir. Decide confiar en la retícula una vez más y echa un breve vistazo.

Aparta el rifle.

Se pone en pie de un salto. Mochila y rifle al hombro. Ni siquiera una mirada para asegurarse de que no se deja nada. Aquel anciano corre colina abajo en dirección al bosque, con una desencajada expresión en su rostro que ni él mismo recuerda. Confusión. Miedo. Peor, terror. En la cada vez más cercana lejanía, cientos. Detrás, miles. Decenas de miles que les seguían, si estaba en lo cierto. La mayor manada de Apestosos jamás vista.

Corre. Siente las lágrimas luchando por abandonarle, por su cuenta. Mientras se acerca el umbral de aquel denso bosque, piensa que le han disparado. Un dolor profundo y agudo en el corazón. Un infarto, quizás. Está acabado. No. No puede detenerse para averiguarlo. Le arden los pulmones. No entiende nada. Los músculos de las piernas le empujan alejándolo de aquel sonido que ahora sí puede percibir. Con total claridad. Miles de pies corriendo hacia él, cada vez más cerca. Miles de voces diferentes. Gruñidos. Aullidos. Gritos. Iban a cazarlo. Como a un animal. O peor. Corre, viejo, corre.

El Ermitaño maldice, incapaz de contener aquellas diminutas esquirlas de agua y sal que bautizan sus mejillas mientras corre. Corre. Corre. Si sobrevive dejará de llamarlos Apestosos. Si sobrevive le contará al chaval que ahora tampoco puede llamarlos Desarmados. Tenía que sobrevivir para contarlo. Armas. Palos, piedras y hierros, la mayoría. Armas, al fin y al cabo. Nunca un Apestoso había utilizado nada salvo su cuerpo. Nunca.

Tiene miedo. Mucho. Corre, viejo, corre.

Tropieza

Y deja de correr.

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