Capítulo VII: Y ni uno menos.

Carafea está enfadado. Más de lo habitual. Grita órdenes mientras empuja a los más lentos, apartándolos de su camino. La imponente y casi grotesca figura se mueve más rápido de lo que cabría esperar, incluso bajo la espesa cortina de agua. Unos noventa kilos y menos de un metro noventa. No tan imponente. Salvo por la asquerosa cicatriz que se le había comido medio rostro y por el muñón de su brazo izquierdo. Lo sacudía de aquí para allá de manera frenética. Era horrible ser señalado por aquel corto pedazo de piel rosada. Era peor cuando te pegaba con él. Sus miradas eran igual de feroces a pesar de tener solo un ojo. Quizás eran peor que nunca. Tal vez de no haberle sucedido lo que quiera que le sucediese, no causaría tanto impacto. No daría miedo. Aquella casi media cara tuvo que ser más fácil de mirar en algún momento. No pudo haber nacido así. O sí. Carafea no era agradable al trato, ni lo había sido jamás. Al menos desde el “incidente”, eso decían los demás. Un sargento de manual. Hiriente. Estricto. Cabrón. Escupía bilis con la misma regularidad con la que otros respiran. Su único mérito era que masticaba niños y cagaba soldados listos para pelear. Por eso seguía siendo el responsable de la instrucción. Sobraban cientos de cargos militares superiores a él y con menos impedimentos, pero allí estaba. Cada joven que decidía que su futuro estaba en las Fuerzas Armadas, acababa en su única mano. Bajo la mirada de su único ojo. O los hacía desistir o los transformaba en soldados. Puede que su cuerpo fuese una piltrafa medio inútil, pero tenía los cojones intactos. Y eran enormes.

La recluta Márquez suspira y baja los hombros. Se encoge ligeramente, agotada tras la ronda de pruebas físicas. Ni siquiera estaba segura de poder superarlas. Al final lo había hecho y bajo la tormenta. Aquella enfermiza lluvia tibia no mejoraba nada la sensación de agotamiento. Sentía cada célula de su cuerpo exigiéndole descanso. Aunque significase retirarse y abandonar, la sola idea de conseguir una cama era de lo más reconfortante. Ni siquiera fue consciente del momento en que cerró los ojos. Diez segundos. Quince. No más. Demasiado. Cuando volvió a abrirlos tenía delante el ojo azul escarcha de Carafea. Un respingo y un escalofrío. Firme, de nuevo. Tarde, de nuevo.

- ¿Cómo se llama, recluta? ¿Está cansada?

Un tono de voz amable. Demasiado. Desconfía. Nota algunas miradas envidiosas. Otros no miran porque simplemente esperan un nuevo recital de humor sádico. Ella traga saliva y aprieta los puños.

- Me llaman Márquez, señor. Y sí, señor. Lo siento- le tiembla la voz-, no volverá a ocurrir, señor.

- Está cansada porque ha superado el segundo examen, como los demás que están aquí. ¿De verdad siente estar cansada, recluta Márquez?

Lo ve sonreír y no le gusta ni un poco. Por un instante se pregunta si sería de muy mala educación cerrar un ojo para contemplar solo la mitad buena de aquella sonrisa. Solo un instante.

- No, señor. Me disculpaba por haberme relajado y por cerrar los ojos en posición de firmes, señor.

- No tiene que disculparse por eso. Todos damos una cabezada de vez en cuando, pregunte a quien quiera ¿Qué es lo peor que podría haberle ocurrido, aquí en terreno seguro y entre compañeros?

La respuesta se le enreda con la lengua cuando aquel muñón se mueve como la centella. De arriba a abajo, un brutal chispazo rosa que le da en medio de la cabeza y la hace caer al suelo. No ha perdido la consciencia pero ha faltado poco. Tarda unos segundos en reaccionar pero lo primero que nota son algunas risilla discretas. Lo siguiente es aquel mortífero muñón mirándola a la cara.

- Eso es lo menos que puede ocurrirle a cualquiera que cierra los ojos cuando no debe. Si con esto aprende ahora la lección, la recluta Márquez tiene más suerte que la mayoría. Vamos, en pie.

Zarandea aquella caricatura rosada como si esperase que ella la usase como apoyo. Esquiva la mirada del ojo azul y empieza a ponerse de rodillas por su cuenta. Muy lentamente. Le palpita la cabeza. El corazón lleno de deseo de golpear a aquel engendro hasta igualarle la cara. Apenas está empezando a alzarse, utilizando las manos como apoyo, cuando todo el aire abandona sus pulmones de pronto. Ya nadie se ríe. Una bota dura y de punta casi cuadrada que se hunde en su costado. Aúlla de dolor cuando tres costillas son pulverizadas por aquella malintencionada patada. La segunda la alcanza a la altura del abdomen y la tercera en un hombro. No las nota. Tumbada en el suelo boca arriba, con los ojos abiertos. Inconsciente. Respiración lenta. Más lenta cuando Carafea se le sienta encima del pecho. La abofetea. Ella despierta, menos que a medias. Vuelve a  gritar.

- Bien, mucho mejor. Más realista. Así es la vida, muchachos. Lamento por la recluta Márquez que vaya a servirme para enseñaros a todos una lección. Lo lamento, de veras. No lo hago por placer.

Carafea empieza a levantarse y ella empieza a respirar libre. Él sonríe y se deja caer de nuevo. No muy fuerte, pero lo suficiente para que una cuarta costilla, astillada por la patada, termine de romperse. Ella no aúlla. Vuelve a estar inconsciente. Él se pone cómodo.

- En condiciones normales, quedarse dormido durante una guardia supone una ejecución sumaria. Recordadlo, dormid durante vuestro turno y nada más. Así de simple. De otro modo acabaréis colgando del árbol más cercano o tirados al mar con una piedra al cuello. No malgastarán ni las balas necesarias para fusilaros.

Se lleva la mano al bolsillo del pecho y saca una pequeña caja metálica. Empieza a liar un cigarrillo mientras el pulmón perforado de la recluta Márquez sigue llenándose de sangre. Hace rodar el fino papel de arroz mientras ignora los irregulares silbidos que provienen de debajo de él. Silbidos de aire escapando por donde no debe. Silbidos de muerte. Cincuenta reclutas, silenciosos y firmes. Criados en la brutalidad, entrenados en el silencio. Nadie dice nada y nadie muestra preocupación por la desgracia de la desventurada joven. Cada cual a lo suyo. Y es más que suficiente. Ahora ya ni siquiera la miran. La dejarán morir, sí. Ninguno de ellos tiene la voluntad para contradecir a un superior.

- Vamos a ver, pedazos de mierda, quiero vuestros ojos puestos en mi y vuestros cerebros puestos en la idea de que ahora mismo podríais ser vosotros los que me sirvieseis de trono sangriento.  Escuchad la agonía de la recluta Márquez y regocijaos por no ser vosotros, sí queréis. Algún día sí seréis vosotros. Seguro

Arranca un pequeño trozo de papel sobrante de la punta del cigarrillo y lo deja volar. No mucho. La espesa lluvia no tarda en hacerlo caer al suelo y desaparecer. Cuando enciende el mechero y lo acerca a su boca, cincuenta pares de ojos lo están mirando. Y ni uno menos.

- Si estamos todos aquí es porque habéis sido lo suficientemente estúpidos como para pensar que vuestra vida estaba en el ejército. Por si esa fuera poca arrogancia, habéis pasado los exámenes teóricos de la primera prueba y las pruebas físicas de la segunda. Ahora ni siquiera podéis alegar ignorancia ni incapacidad. Si aún os tengo delante es porque, a pesar de todo, seguís pensando que tenéis algún derecho a luchar por nuestra tierra. ¿Os habéis cansado de las islas? ¿Queréis volver a tierra firme? Os lo pregunto, porque debéis saber que ninguno de vosotros volverá aquí. Jamás. Ni vivo ni muerto. Si tenéis suerte conseguiréis tierra, sí. Dos metros de buena tierra de la península, por encima de vuestras cabezas. Aunque a lo mejor es más de lo que merecéis.

Intentar fumar bajo la lluvia es como volver a creer en la bondad humana. Sería más fácil cogerle cariño a los reclutas que tiene delante. Sería más fácil cambiarse de sexo y que le empezasen a llamar Jennifer.

- No os voy a hablar más de los Fase Cuatro a los que vais a temer el resto de vuestra vida. Habéis recibido toda la información que podéis necesitar y habéis aprobado los exámenes. Ya sabéis lo que hay que saber sobre las tribus de salvajes, aunque todavía no sabéis nada. El miedo será diferente para cada uno de vosotros. Salvajes. Sentir su cercanía y notar tu instinto suplicando para que te alejes, aunque sabes que no puedes hacerlo. Tendréis que aprender a vivir con un nudo en la garganta, la sensación de angustia en las tripas y con el temblor de piernas. Dormiréis en la misma cama que el temor a no despertar jamás. Cuando os encontréis lejos del hogar, más allá de cualquier seguridad razonable, nada os servirá de consuelo. Nada. Y aún así tendréis que actuar. Comer, beber, dormir o limpiarse el culo. Nada es igual allí afuera, os lo prometo. Mi tarea consiste en que todos a los que el miedo puede convertir en una carga no lleguen a embarcar jamás. Prefiero mataros ahora a mandarle a alguien una cadena llena de eslabones débiles, os lo prometo.

Los silbidos sangrientos que provienen de debajo, cesan. Un instante. La recluta tose violentamente y una flema rojiza queda descolgada desde su mejilla. Los párpados bailan débilmente, sin abrirse del todo, sin cerrarse del todo. Un instante. Se cierran y el irregular silbido empieza a sonar de nuevo. Carafea chasquea la lengua, molesto. Un asiento demasiado ruidoso. Quizás se convirtiese en un asiento muerto antes de que él terminase su discurso, pero era un precio dispuesto a pagar. Lo hacía con cada nuevo grupo que le enviaban y era el mejor modo de matar las ilusiones y esterilizar la conciencia. De lo que quedase de aquellos niñatos, moldearía soldados. Buenos soldados. Si ése era el resultado, la pérdida de una o dos vidas por promoción era asumible. Aún así, cada vez le costaba más elegir a una víctima. Evitaba guiarse por el resultado de las primeras pruebas, así que al final era casi una cuestión de azar. De sensaciones. De sextos sentidos. Algo en aquella recluta no le había gustado, aunque ni sabría ni querría decir el qué. Era mejor así, sin darle más vueltas. Incluso aunque aquella moribunda soñadora hubiese obtenido la máxima calificación en las dos pruebas anteriores, su vida valía poco. En el ejército no prima el individualismo, sino el conjunto. Una figura perfecta, sin irregularidades. Sin cabezas que sobresalgan. Esas era mejor cortarlas al principio. Se pregunta si aquella maltratada cabeza que reposaba sobre el lodo, bajo él, hubiese sobresalido en algún momento. Nunca lo sabrían, ninguno de los dos.

El mechero no enciende. El cigarrillo empapado y curvo que deja caer, con gesto de disgusto. Aquella tromba de agua tibia, sin que el calor del ambiente se disipe ni un poco. La lluvia de Canarias era lo más parecido a que se te measen encima en una tarde de bochorno. Tal vez era la forma de los muertos de agasajarles. De decirles que todavía recuerdan y que seguirán recordando. Fantasmas rencorosos y vengativos que se reúnen para mearse en la nuca de los vivos que tan fácilmente los abandonaron. Como si ellos no hubiesen hecho lo mismo, de haber tenido oportunidad.

- Dejemos a los salvajes. Ojalá fuesen todo el problema. No, atontados, no. Si esa fuese la cuestión hace tiempo que no tendríamos que vivir en las islas. Habríamos reconquistado todo. En lugar de eso, sólo tenemos un pequeño pedazo de Andalucía y Portugal. Claro, ni os suenan los nombres. No me extraña. La mayoría estabais todavía colgando de los huevos de vuestros padres cuando la tierra tenía nombre. Ahora todo es tierra y punto. Tierra viva, tierra muerta. Tierra con dueño, tierra sin dueño.  ¿Sabéis por qué no hemos podido avanzar más? En teoría es nuestra tierra, ¿por qué no hemos podido recuperarla en veinte años? Si alguno de vosotros lo sabe, que me lo explique. Yo no lo entiendo, nada debería frenarnos. Somos el ejército de Su Majestad. Nuestro rey, Don Felipe el Bueno, comprende nuestra difícil misión. Nuestra fe nos pide que recuperemos lo que un día fue nuestro. Nuestros ideales son firmes. La ley está de nuestro lado. Tenemos todo a favor y nada en contra. ¿Por qué entonces seguimos condenados al exilio de nuestro hogar?, ¿cuántas preguntas tendré que formular sin que nadie responda? ¡¿Vais a responder de una puta vez, pedazos de mierda?!

Silencio y silbidos de sangre. Se escucha un carraspeo, desde la fila central. Se alza una mano. Piel curtida y velluda. Una alianza dorada. Valiente idiota. No le ve la cara desde aquí. Le imagina una y el resultado es casi el mismo.

- Por los otros, señor. Los insurgentes y los rebeldes, señor.

- Más o menos, recluta,  más o menos. Otros sí. Rebeldes e insurgentes, también. Es más y peor que eso. Cuando abandonamos la península siguiendo el Plan Europeo, dejamos mucha gente atrás. No todos estaban infectados, ni mucho menos. Algunos simplemente tuvieron la mala suerte de no ser lo suficientemente importantes como para que se los llevasen.  Aquel desalmado reflejo del Arca de Noé sirvió para perpetuar nuestra sociedad, rescatando individuos que pudiesen representar un valor superior en el futuro. Aseguramos nuestra supervivencia y la de generaciones posteriores, garantizando conocimientos y seguridad. Dejamos a mucha gente atrás. En nuestra nación habitaban cerca de cuarenta y seis millones de personas, aunque os parezca una cifra imposible. Ahora somos un millón escaso y nos enfrentamos al duro desafío de visitar a los otros cuarenta y cinco que decidimos abandonar. Y nos guardan rencor. Todos ellos, vivos y muertos. Os lo prometo.

Se pone en pie muy despacio. Escucha el traqueteo vacilante del aire bajando por la garganta de la recluta, escapando luego allí por donde la costilla perforó la carne tierna del pulmón. Le queda poco tiempo, la sangre pronto lo llenará completamente y la hemorragia no podrá detenerse. Carafea ni siquiera la mira. Con deliberada lentitud empieza a quitarse la empapada camiseta gris de algodón. Bajo la lluvia y la mortecina luz de un amanecer que todavía no quería despuntar. Las cicatrices brillan como lo hace  la cara de los muertos en la memoria. Cincuenta pares de ojos mirándole. Y ni uno menos.

No siente vergüenza. Aunque la sintió, durante años. Asco y vergüenza cada vez que su único ojo captaba el deformado reflejo de su cuerpo en un espejo. El tiempo y la crueldad lo habían transformado en una persona que no reconocía. Él no era ese medio rostro cicatrizado, esa cuenca ocular vacía y fantasmagórica que también lo miraba, ni esa media sonrisa quemada que nunca sonreía. No era suya aquella piel arrugada y rosada de su torso, allí donde el fuego lo había besado y  se había comido su carne. No era suyo aquel pedazo inútil que colgaba de su hombro y que debería ser un brazo. Él era la otra mitad de su cuerpo, la mitad buena. Él no era Carafea, era Sebastián Contreras. Pero ya no. Mientras la ligera penumbra se empeña en destacar cada centímetro de cicatriz sobre su cuerpo, se marcha y sólo queda Carafea. Cincuenta pares de ojos mirándole. Y ni uno menos.

- Todo lo que veis. Todo mi cuerpo y otros cuerpos como el mío son la prueba de mis palabras. No necesito mentir, la realidad asusta más. Os lo prometo.

Toma aliento, despacio, como si le costase tanto como a la recluta Márquez. La historia es más difícil de mostrar que las cicatrices.

- Tenía vuestra edad, más o menos. Unos veintipocos, más o menos. Recién alistado en el ejército, como vosotros. Llevaba cinco años dando vueltas por Canarias y seguía sin saber qué hacer con mi vida. Mi vida se había quedado en la península, como muchas otras. Lo único que tenía era un cuerpo lleno de salud y sin propósitos, que es como decir que no tienes nada. Me alisté y pasé una formación muy parecida a la vuestra. Breve e insuficiente, supongo. Siempre lo es. Me enviaron a tierra con uno de los primeros grupos, directos a península. A casa. Teníamos la sencilla misión de valorar la situación y emitir un informe. Si la situación era estable, nuestra misión cambiaba. Debíamos buscar recursos que pudiesen ser de utilidad. Instalarnos y establecer una cabeza de puente en zonas estratégicas, que permitiesen desplegar más soldados de manera rápida y eficiente. Nosotros fuimos enviados a Galicia. Sí, allí. Noroeste de la península. Si os mandan allí recordaréis cada letra. Fuimos la primera y última unidad desplegada en aquel puto camino al infierno.

Una pausa. No. Carraspea y se aclara la  garganta. Continúa. Un estremecimiento general que recorre las tres filas de reclutas. No hace falta ser veterano para escuchar las historias que se cuentan aquí y allá, en cada campamento del ejército. Retazos de susurros que transmiten el miedo como el cobre la electricidad. La historia de los ahorcados. Otros relatos parecidos. Los muertos pesan, sobre la tierra y sobre el imaginario colectivo. Cincuenta pares de orejas que escuchan. Y ni uno menos.

- Desembarcamos setenta personas en el puerto de Ferrol, a la sombra de los esqueletos de acero. Barcos que yacían en el astillero a medio construir y que nunca podrían navegar. Toda la ciudad había sido reducida a escombros, cinco años antes, por el fuego de la artillería naval. Sólo se respetó el puerto, por su importancia estratégica. Ahora era nuestro refugio. Allí, en medio de aquel cementerio de hormigón, piedra y hierro muerto, empezó nuestro viaje. Deberíamos haber sospechado y no lo hicimos. Agradecimos la calma del escenario y dimos por supuesto que todo se había resuelto en nuestra ausencia. No lo hizo. Los grupos de exploración regresaban con noticias poco halagüeñas. Las ciudades destruidas casi por completo, las pequeñas villas y pueblos saqueados hasta lo imposible. Los campos no habían sido sembrados en años y la maleza lo ocupaba todo. Los animales de granja habían muerto sin el cuidado de los humanos. Algunos se habían adaptado. Pocos. Cerdos asustadizos cada vez más parecidos a jabalíes y agresivas vacas de desproporcionada cornamenta, que recordaban ligeramente al uro salvaje del que todas ellas descendían. Todo estaba cubierto por una gruesa manta, verde y viva. El asfalto empezaba a desmenuzarse entre los dedos de la hierba. Los edificios caían y la piedra volvía al suelo del que había nacido. La naturaleza había dado un golpe sobre la mesa y empezaba a recuperar lo que era suyo, pero lo hacía poco a poco. Una eterna primavera se avecinaba, pensamos. Y llegó, con sangre, fuego y flores.

Cuarenta y nueve pares de orejas que escuchan. Y ni uno menos. Un silbido irregular que ya no suena. Un burbujeo sangriento que ya no está. Otra alma que se une a la marea fantasmal dispuesta a esperarle. Porque algún día le tocará a él. Carafea deja escapar un efímero suspiro apesadumbrado, pero no la mira. Cuarenta y nueve pares de orejas le escuchan. Otros tantos ojos lo miran.

- Nos encontraron, aunque no puedo deciros cómo. Tal vez siguieron a alguno de los grupos de exploración, o tal vez simplemente nos traicionó el azar. Nos encontraron y no lo supimos hasta que era demasiado tarde. Llegaron antes de que pudiésemos encontrar respuesta a muchas de las preguntas que teníamos. Llegaron y las respondieron todas de una forma brutal. El por qué ningún grupo de militares había conseguido abandonar las zonas seguras gallegas cuando se les dio la orden. El por qué ninguno de los cientos de refugiados que deberían haber salido desde allí, no lo hicieron nunca. El por qué todas las comunicaciones habían cesado de pronto y sin previo aviso. Nunca se tuvieron más noticias de aquellos cientos de soldados ni de la gente a la que protegían. Sí, es verdad. Os habréis dado cuenta. En estos peñascos estamos los refugiados de toda una nación y somos muy diferentes entre nosotros. Somos de cada rincón de eso que una vez fue España, sí, pero no hay ni un gallego entre nosotros. Ni uno solo. Y nadie sabía por qué. Lo aprendimos de la peor manera y yo fui el único encargado de transmitir el mensaje.

Mueve el pellejo rosado del muñón. Ya no hace falta señalar cicatrices.

- Teníamos tres equipos fuera cuando nos atacaron. Cuarenta personas instaladas en un campamento vigilado, con todas las medidas de seguridad de las que disponíamos. En medio de la niebla de aquel puto amanecer, unos veinte murieron antes de que nadie pudiese dar la voz de alarma. Flechas. No sabíamos ni de dónde venían ni cómo podían apuntar con aquella cortina brumosa, pero lo hacían. Tan pronto alguien le dio a la manivela e hizo sonar aquel maullante sistema de alarma, el infierno se desató de verdad sobre nosotros. Recuerdo la aparición de uno de ellos, balanceando un hacha bastante más grande que él y partiendo en dos la cabeza del Teniente Coronel Peláez. A dos metros de mí. Casi podía oír la sangre salpicando. Estaba en el suelo y una flecha sobresalía de mi hombro, justo aquí, dónde veis esta cicatriz en forma de equis. No era una herida mortal pero aún así me fallaban las fuerzas. No comprendía la situación ni entendía quienes eran aquellas personas. Simplemente, no era posible que todo aquello estuviese sucediendo. Marcos Benítez, un pucelano muy amigo mío, cayó casi encima de mi con una flecha saliéndole de la garganta. Todavía intentaba gritar. El filo del hacha se hundió en el asfalto, separando la cabeza de Marcos de su cuerpo y silenciando para siempre su grito mudo. Estaba frente a nosotros y sonreía. Pelo largo y negro. Barba tupida. Llevaba una destrozada chaqueta de pana, de color marrón barro y rojo sangre. Pantalones azules, sucios y rotos. Botas de cuero. Sus ojos podían ser los de un loco, pero no eran los de un infectado. Yo no lo podía mirar a la cara. Me retorcía de dolor pero también era incapaz de gritar. Aquel golpe definitivo a Marcos se había llevado mi brazo. Aquí, por donde lo veis. Os prometo que en aquel momento tenía tanto miedo que el dolor no importaba nada. Mucho menos aún que cagarse encima. Lo hice, estad seguros. Y no olía nada más que mi propio pánico. Olía a mierda. Me desmayé.

Vuelve a sentarse sobre la recluta Márquez, aunque esta vez se siente menos culpable por ello.

- Cuando desperté olía a otra cosa. Fuego y humo. Carne. Tenía miedo de abrir los ojos. Y con razón. Ni siquiera se habían molestado en atarme y no era necesario. Tirado en medio de un charco de mi propia sangre, más cerca del desangramiento que de la inconsciencia. Parecía que se hubiesen olvidado de mí. Los veía moverse, como siluetas recortadas contra aquella gran hoguera que crepitaba y giraba. Se alejaban y se agachaban, recogían algo y volvían. Lo echaban al fuego. Crepitaba y giraba. Aullaba. Tardé en darme cuenta de que aquello que estaban quemando eran mis compañeros. Tardé en darme cuenta porque muchos de ellos ni siquiera gritaban mientras el fuego consumía la poca vida que les quedaba. Sí, también estaban quemando a los moribundos. El fuego crepitaba y cambiaba de color, del rojo al naranja y del naranja al azulado. Rojo de nuevo y otra vez naranja. Los cuerpos desaparecían y se convertían en pesadas nubes de humo negro. Se acordaron de mí. Unas manos me cogieron y me arrastraron hasta cerca de la hoguera. El calor aumentaba y el olor empeoraba. La grasa derretida formando un charco por debajo de la madera que todavía no ardía. Se acercaba a mí. Las manos me alzaron y me abofetearon hasta que abrí los ojos. Ojalá no lo hubiese hecho. Varias siluetas y, delante, lo tenía a él. No era el mismo del hacha. Era Él. No sé si Dios tiene cara o no, pero os prometo que el demonio sí. Tiene ojos castaños, de los que sí transmiten alguna bondad es porque la que tienen dentro prefiere huir. Unos treinta años. Más o menos. Me dedicó una sonrisa llena de dientes enteros y amarillentos. Recuerdo ver abrirse aquellos labios y cómo empezó a hablar. Quince años es mucho tiempo, pero lo recuerdo todo como si fuese hoy mismo. Las otras sombras se dedicaban a echar trozos de tela de colores al fuego. Tardé en darme cuenta de que eran banderas. Nacionales y extranjeras, de aquí y de allá. Hablaba y hablaba, pero yo no podía escuchar. Lo único que inundaba mis orejas era aquel sonido del fuego aullando.  Las palabras y las banderas se hundieron en mi carne cuando me aplastaron sobre aquella hoguera. Dos ojos castaños y las dos manos de su dueño clavadas en mi espalda. La tela en llamas se pegaba a mi piel, me besaba y me mordía. Me arrancaba la carne. El Otro también se quemaba. Seguía hablando, con voz de fuego y palabras de venganza.

“Después de cinco años, nosotros seguimos aquí. Es nuestra tierra y no aceptamos autoridad ni gobierno de ninguna fuerza política o militar. Toda sombra de vuestra legitimidad fue perdida al abandonar al pueblo que debíais proteger. Yo y mi nación, os rechazamos. No os queremos aquí. Transmite estas palabras, escoria: nadie que represente al Buen Rey que abandona su pueblo es bien recibido aquí. Quien quiera llamarse rey ha de poder llamarse hombre en primer lugar. “

Mastica aquel quemado discurso de la memoria, valorando si debería ponerle voz. El mudo olvido parece preferible. Lo último que necesitaba eran semillas de duda germinando en aquellos corazones tan tiernos. Éticamente razonable.  Razonablemente ético. Cualquiera de los dos conceptos iba mucho más allá del precio que el soldado común podía pagar.  En estos tiempos, una conciencia limpia es un lujo que ya nadie puede permitirse.

Ojos que lo miran. Cuarenta y nueve pares de orejas que lo escuchan, con más atención que nunca. Cuarenta y nueve, y ni uno menos.

- Hace mucho tiempo de eso. Me utilizaron para transmitir un mensaje, pero no uno que necesite palabras o gestos . Me cogió por el pelo y me aplastó la cabeza contra las llamas de la bandera roja y amarilla a la que yo y vosotros juramos lealtad. Mientras media cara se me derretía, el fuego vivo cauterizó aquel mensaje de miedo dentro de mi.  Todavía hoy me parece escuchar su eco. El de una voz muerta que rebota en los cuerpos de los que perdieron su vida antes y después de aquel incidente. El sonido del ahorcado balanceándose en la soga.

Mira al cielo, gris y lleno de agua que cae en diagonal.

- Necesitamos demasiado tiempo para aprender la lección. Más soldados se enviaron a diferentes zonas y el resultado siempre era el mismo. La lista de bajas y desapariciones creció lo suficiente. Perdieron interés y dejaron de enviar equipos. El coste en vidas para recuperar Galicia era demasiado alto. No regresamos jamás. Si no era una rendición lo parecía.

Traga saliva mientras mira a aquel atemorizado grupo de reclutas. Queda lo peor. Saca del bolsillo los pequeños alicates de mango naranja y se gira hacia el rostro de la recluta Márquez. Casi parece dormida. La mira un instante más. Sin mucha delicadeza le abre la boca y mete los alicates. Le arranca una muela. Después otra. Sangre en los dedos y en la ropa. Se limpia a los pantalones y se pone en pie.

- Dado que parece que ninguno de vosotros se ha asustado lo suficiente como para retirarse, vamos a continuar. ¿Quién sacó más nota en la prueba teórica? ¿Y en la física? Un paso adelante, reclutas.

Dudan. Tardan. Finalmente salen de la formación, un paso al frente. Él es más joven que ella, aunque mucho más fornido y musculoso. Unos veinte. Ella quizás algo más. Lleva gafas. Parece lista. Se acerca a ellos sin mirarlos más, no le importan los rostros.

- Felicidades, a los dos. Sois los nuevos cabos de esta unidad de mierda. Tenemos poco tiempo para convertiros en soldados de verdad, pero se hará lo que se pueda.  Aquí tenéis vuestras insignias, intentad no perderlas

Cuarenta y nueve pares de ojos que miran. Y ni uno menos.

Deja una de aquellas medallas sangrientas en la mano de cada uno y ahora sí, los mira. Están nerviosos. Miran la muela como si se la hubiesen arrancado a ellos. Tienen miedo. Son jóvenes e inexpertos pero dejarán de serlo. Si el destino se lo permite, pronto los verá convertidos en auténticos guerreros. Carafea dibuja una sonrisa que solo parece medio amable. Lo parece solo en la mitad buena de su rostro.

- Vuestra primera tarea será llevar a la recluta Márquez a la morgue.

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One thought on “Capítulo VII: Y ni uno menos.

  1. Breixo Lopez Garcia dice:

    Este capítulo es duro, pero la verdad es que acongojantemente bien llevado…. Del tiron me lo leí. Una cosa si eso llega ocurrir en Galicia alguna vez, no me pidas que vuelva. No seré capaz por miedo.

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