Capítulo VIII: Madera

Marcelino, el Ebanista.

No siempre ebanista pero siempre Marcelino, al menos hasta donde puede recordar. Viejo y enfermo, más que nunca. La muerte no lo quiere. Ni nadie. Lleva tanto siguiendo al polvo del camino que su piel ha tomado ese color, gris y roto. El color de su tiempo. Está más curtido por el sol que arrugado y más cansado de su vida que curtido por el sol. Lleva demasiado tiempo pedaleando. El triste carromato sigue en su fúnebre procesión y, a la cabeza, aquel fantasma de polvo montado en su bicicleta. De este a oeste y de horizonte en horizonte. Días interminables en los que nada interrumpe el ominoso chirriar de aquellas ruedas. Años llenos de días así. Demasiados años.

Le habían prometido que le quedaban dos o tres semanas de vida. Un mes, a lo sumo. Se había extendido a varios órganos y ya no podían atajarlo. No podían hacer nada. Un mes, a lo sumo. Hacía demasiado tiempo de eso.

Pasó el mes y no pasó. Pasó otro mes y tampoco. Otro. No se moría. La muerte no lo quería. Era eso o que estaba demasiado ocupada con toda la gente que llamaba a sus puertas. Todos a la vez, como si no hubiese sitio. Condenado a no morir como le habían prometido y ver, en lugar de eso, como todo se desmoronaba a su alrededor.

Si nunca había esperado demasiado de la vida, en aquel entonces empezaba a creer que había sido demasiado optimista.

Ahora, regurgitado por los años, estaba seguro. Le quedaban tres dientes torcidos en su sucia boca y dos mechones de pelo grasiento en aquella cabeza calva y abollada. Notaba los ojos hundidos bajo una tonelada de carne arrugada, cada vez que se tocaba la cara. Procuraba no hacerlo. Del mismo modo que intentaba no adivinarse en el reflejo del agua al beber. Tenía miedo de lo que le había hecho el tiempo y la necesidad. Desearía encontrar un espejo. Para poder romperlo antes de mirarse. El atractivo físico no lo es todo, dicen. Todo el mundo miente, dicen. Entonces el físico sí importa, deduce. Siempre importó, al menos hasta donde recuerda Marcelino. Para él sí. Era de las pocas cosas que importaban. La vida puede tomar muchas formas diferentes, sin que deje de llamarse vida. La suya había sido simple, sí, pero le había hecho bastante feliz.

Como hermano mayor de una camada numerosa, no había tenido oportunidad de cuestionarse su futuro. El oficio de su padre pasó a ser el suyo desde muy pronto. La pequeña carpintería tenía ahora un pequeño aprendiz. Cada vez que se levantaba temprano para acompañar a su padre a la serrería, Marcelino veía a los otros niños ir a la escuela. Había aprendido lo bastante de la vida como para no cuestionarse el por qué era diferente. Lo era y punto. Sabía leer y escribir, e incluso las reglas básicas de la matemática. Su padre no tenía tanta suerte y se las había arreglado bien. Él, en su niñez, suponía que la vida era así y punto. Trabajo y familia. Entendía sus obligaciones perfectamente pero nunca pudo plantearse si tenía derechos. Cuando sus hermanos y hermanas fueron empezando en la escuela pública no sintió envidia. Sintió orgullo. Sin entender ni siquiera por qué.

La vida era así y punto.

Llegó la pubertad y todo cambió. No todo y todo. Descubrió un pequeño placer de la vida. Tan pronto como las hormonas empezaron a llenar aquel joven cuerpo tallado en madera, empezó la transformación. Se asombraba de pronto por la belleza de aquel misterioso sexo femenino. Chicas de su edad, a las que nunca había prestado atención. Mujeres que siempre habían estado ahí y que de pronto lo llenaban de deseos que todavía no entendía. No tardó mucho en entenderlos. Con la picaresca propia del que no tiene en la vida más que los talentos que la misma vida le ha dado, no tardó en meterse debajo de la primera falda. La de la hija del vecino. Y después muchas más. Como el que se descubre talentoso para un arte que no conocía hasta el momento, Marcelino se descubrió como un artista de la seducción. Un orfebre del flirteo. Un maestro de las miradas que no solo miran y de los revolcones a horas traspuestas. Muchas camas ajenas fueron suyas a ratos. Algunas tenían dueño y nunca apareció para reclamar su lugar. Marcelino disfrutaba, sin preguntarse ni cuestionarse nada más. Mientras cumpliese sus obligaciones en el trabajo y con la familia, podía hacer cualquier cosa. Los días no le pertenecían, pero sí las noches. Disfrutar de su juventud y de su propio cuerpo no podía ser malo. Notaba las miradas que le dirigían ellas. Casi todas. Incluso las que disimulaban. Lo deseaban. Algunas eran muy directas. No siempre era él quien las abordaba. Y él nunca decía que no.

Catalina, la gallina, chilla más que cacarea. Las ruedas chirrían y todo el carromato de madera parece a punto de venirse a bajo. Era un animal viejo, demasiado para seguir poniendo huevos. De tres, solo Roberta sigue siendo fértil. Hace tiempo que escasea el maíz, pero no podría elegir a cual de ellas matar. De una manera trágicamente cómica, aquellas pequeñas putas habían pasado de ser su reserva de comida a ser sus únicas amigas. Eran los únicos seres vivos con los que había mantenido contacto en los últimos años. Les hablaba. Las mimaba cuanto le permitía la necesidad y su mezquino corazón. Cada vez que desata el menguante saco de granos de maíz para alimentarlas, es consciente de que está un paso más cerca de quedarse sin comida para él mismo. Está cansado de hacer sangrar sus encías para romper los granos. Incluso así era mejor que pasar hambre. Doña Hambre. Ya conocía a esa señora. Grandísima zorra. Era la única que siempre estaba ahí para ofrecer su compañía, aunque nunca gratis.

La vida era así y punto.

Nada de barrigas llenas y nada de contacto humano. De hecho, lo habitual era cambiar el rumbo si distinguía una silueta en el horizonte. La esquivaba, rodeaba o, simplemente, giraba ciento ochenta grados y volvía por donde había venido. Cuando uno no tiene a dónde llegar, el camino es lo de menos.

Son tiempos complicados. Por el invierno que se niega a marcharse del todo y por lo que eso implica. Por los que perdieron el año pasado sus frágiles cosechas y vieron como sus reservas de alimento menguaban hasta desaparecer. Por este nuevo año que tampoco les permitirá un buen cultivo. Por los pequeños poblados y asentamientos, que podían encontrarse aquí o allá y que ya no están. Por aquellos grandes refugios que se mantienen ajenos a lo que les sucede a los demás, viviendo dentro de su burbuja. Porque en el aire flota esa sensación de que algo malo de verdad va a suceder muy pronto. Por la muerte que no llega cuando debe ni a quien debe.

Son tiempos complicados, sí.

Evita siempre bosques y ciudades, o lo que queda de ellas, con el mismo recelo con el que esquiva a las personas. Las desgastadas gomas apenas cubren la llanta de unas ruedas de radios de madera. Caminos de tierra, polvo o hierba. Nada de piedras o gravilla, por favor. Prefiere mantener su único medio de transporte entero y útil. El carromato tampoco está pensando para cruzar montañas ni terrenos escabrosos. No está pensado ni para ser un carromato. Cada pequeño chinasco hace crujir los tablones y que los clavos bailen en su agujero. Las ruedas, de madera y desiguales por el maltrato del tiempo y de los caminos. Pesado para tirar de él, incluso en terreno llano. No era de extrañar. Aquellas esperpénticas ruedas elípticas arrastran lo que queda de su vida. Cacerolas, retales de tela, ropa vieja y basura que le hace falta para sobrevivir día a día. Incluso sumando a eso sus herramientas de artesano, sería parca herencia para un hijo. Por suerte no tiene ninguno. Nunca los tuvo, ni los quiso. Ni le gustaron. Tampoco los detestaba, pero una cosa es una y la otra, otra. De haber sentido la llamada para convertirse en padre, ahora tendría alguien que le acompañase. O alguien a quien llorar.

En lugar de eso estaba solo, aquí, intentando atravesar la espesura de un bosque que hubiese preferido rodear. Lo hubiese hecho de no haber visto a varios Aulladores. Los odiaba mucho, más que a los demás Salvajes. Algunos de los Salvajes no lo eran tanto. Había escuchado de algunos con los que hasta se podía comerciar. Con estos no. Estos eran merodeadores. Exploradores. Seguían rastros, hallaban y hostigaban. Aullaban. Cada vez que encontraban algo que les gustaba o algo que no les gustaba. Cada vez que necesitaban llamar a la manada. Y la manada casi nunca tardaba en llegar. Prefería evitar que le viesen y también verlos. Prefería evitar escucharlos.

Dudó y, finalmente, decidió.

De entre las posibilidades, el camino dejó paso al bosque, del mismo modo que la relativa tranquilidad de la rutina deja paso al desagradable palpitar de la precaución por miedo. Se enfrentaría a la certeza de un tramo dificultoso de buen grado si eso era lo necesario para evitar a la manada. Prefería sacrificar su medio de transporte, e incluso a sus putas, antes que ser atrapado vivo. Llegado el caso preferiría sacrificarse él mismo, pero sabe que no puede ser.

La muerte no lo quiere.

Echando la mirada atrás, no sabría decir cuándo su existencia empezó a tomar una dirección distinta. Fue antes del Apocalipsis, eso seguro. Mucho antes. Su familia nadaba en la pobreza, quizás no la más extrema, pero sí la suficiente para decir que se encontraban en una situación bastante precaria. De allí habían salido dos abogadas, una psicóloga, un ingeniero de telecomunicaciones y un estudiante de medicina que pronto, con suerte, sería cirujano. Y un artesano que apenas pensaba en su arte. Un artesano de vida sencilla que no quería cambiarla por nada. Sus hermanos y hermanas se marcharon, allí donde los llevó su nueva vida. No volverían jamás. Alguna visita ocasional en navidades o en las vacaciones, pero ya nunca sería lo mismo. Cada Nochebuena se hacía más complicado recordar que los dueños de aquellas bocas que escupían bromas y contaban historias con acento de la capital, eran de su propia sangre. Con cada visita se preguntaba si acaso el destino no se habría equivocado sobre a quién favorecer. Los quería porque eran de su familia, pero la verdad es que se habían vuelto unos gilipollas clasistas. Apenas estaban empezando a valerse por sí mismos en un mundo muy variable y ya presumían de haberse abierto camino hasta la cima. Ni siquiera los lujosos coches o las casas recién construidas en buenas urbanizaciones le habían hecho cambiar de parecer. Ni las cuentas bancarias con muchos ceros ni las historias de codeos con personajes de la alta sociedad le habían hecho sentir envidia. Si a ellos los hacía felices, le parecía bien. Si les iba bien, le parecía mejor aún.

No necesitaba saber más. No quería saber más. Él ya tenía una vida, quizás monótona y rutinaria, pero placentera a su manera. Marcelino se había resignado a una vida tan sencilla que ni siquiera podía concebir darle tanta importancia a cosas que sí parecían tenerla para sus hermanos. No le preocupaba la tierra ni quién era su dueño, al menos mientras no le impidiesen pisarla. Con las mujeres era más o menos lo mismo pero con implicaciones diferentes. Tierra y mujeres. No era capaz de concebir cómo tantos hombres habían muerto por causa tan vana. A veces se preguntaba si acaso la muerte no lo quería por no haber amado, ni a su tierra ni a sus mujeres. A veces se preguntaba si el amor sería aquello que sentía cuando se encariñaba con alguna de sus compañeras nocturnas. De ser así, el amor siempre estuvo sobrevalorado. De otra manera significaría que seguramente moriría sin conocer el amor verdadero.

Quién sabe. Tal vez aún tenga mucho tiempo por delante.

La muerte no lo quiere, como la vida nunca lo quiso.

La vida siempre lo había despreciado y se lo hizo saber muy pronto. Las pocas propiedades de la familia se habían vendido para levantar aquel taller de carpintería en el que llevaba trabajando desde que pudo andar y cargar madera a la vez. Así era. Su vida estaba serrada del mismo árbol que la de su padre. Más obligación que existencia propia. Más sobrevivir que vivir. Y cada año tenía que ver, con aquellos ojos idénticos a los de su padre, como sus progenitores se llenaban de orgullo con cada pequeña migaja de historia que sus hermanos les echaban, como los que alimentan a las palomas. A las palomas les encantaba. Se pasaban los seis primeros meses repitiendo lo buenas que eran aquellas migas. No importaba que cada vez quedasen más lejos. Todavía saboreaban aquellas promesas de visitas espontáneas y de reuniones familiares. Los otros seis meses aquellas dos palomas viejas murmuraban, a media voz, que seguramente les habían surgido cosas más importantes y que debían atender. Por eso al final este año era como los demás. Para cuando aquellos pedacitos de historias fragmentadas de éxito empezaban a perderse en la memoria, los de siempre llegaban al parque con un saco lleno para alimentar de nuevo a las palomas.

A Marcelino siempre le había dado igual, en parte. Disfrutaba viendo a sus padres relajados y felices, al menos una vez al año. Disfrutaba del ambiente festivo, sin más. Ese día no se reparaba en gastos. No importaba descolgar el jamón o sacar las botellas buenas. Ese día no había sopa. No se tomaba carne fría del día anterior como un manjar y el feo queso casero no salía de la nevera. Ese día comían como lo harían los ricos. Como sus mentes simples conciben que lo harían los ricos. Sus hermanos comentan las delicias de un buen vino de borgoña acompañando a la carne de ternera. Lo comparan con lo que beben, sin cuidado de si aquellas botellas eran las mejores que había en la casa.

No importaba.

Cuando su padre empezaba a despachar uno de aquellos enormes puros cubanos, que Nuria “la mayor” había traído de la luna de miel, significaba que estaba satisfecho. Por extensión, Marcelino también lo estaba. Un día era un día. Bebían, callaban y escuchaban. Bebían. Cada uno con su pequeño vaso de orujo delante y la botella no muy lejos. Uno con un cigarro de tabaco negro y el otro con su añejo puro cubano. Parcos en palabras. Sencillos hasta en la sencillez. Tal vez él y su padre sí se parecían más de lo normal. Hay cosas que solo se comprenden con el paso de los años y de ninguna otra manera. Nunca pudo preguntarle a su padre si su tardío razonamiento era acertado. Pese a todo estaba casi seguro de que, del mismo modo que él, aquel viejo murciano, hecho de madera vieja, intentaba lidiar con aquel sentimiento mezcla del mayor orgullo y el más irracional y profundo desprecio. Con alcohol. Cuando su madre se retiraba tras lavar los platos y recoger todo, cuando sus hermanos volvían a aquellas diminutas habitaciones de las que una vez salieron para no volver, se quedaban solo Marcelino y su padre. Demasiados ebrios incluso para hablar o mirar. Demasiado ebrios para retirarse a sus habitaciones. Año tras año. Más de una vez los había alcanzado el amanecer luchando con el sueño y el alcohol. Más de una vez los había alcanzado el amanecer todavía bebiendo más. No hablaban, solo bebían. Un día era un día, aunque fuesen dos.

Una pequeña bajada entre la maleza. Un terraplén de tres o cuatro metros que se sumerge aún más en la oscuridad de bosque. Mira alrededor y descarta los otros caminos. Se baja de la bicicleta y desengancha las correas de cuero que la unen al carromato. La sube encima y empieza a atarla con cuidado, por encima de las otras cosas. Se coloca en posición de caballo de tiro y toma en sus manos la junta de unión. Empieza a bajar despacio, frenando con su cuerpo el avance del jamelgo de madera. Lo intenta. Excavando un surco con sus pies alcanza el suelo al final del desnivel, más rápido de lo esperado. Escucha a Catalina chillar asustada dentro de su jaula. Roberta y Jacinta siempre fueron mucho más tranquilas. Cacarean, como lo haría una gallina normal. No chillan como una puta. Empezaba a tener claro a cual de las tres mataría primero, si tenía que matar a alguna. Pese a todo, no le disgustaba tener algo o alguien a quien insultar en medio de su rutinaria vida. Reanuda la marcha sin bajar la bicicleta del carro. Será mejor tirar de él hasta salir del bosque. Será mejor. No sabe si para la bicicleta, para el carro o para él, pero será mejor. Avanza, con dificultad. Aquella bajada parecía significar un nuevo nivel de dificultad para los que tirasen de un carro. A cada paso las ruedas se atoran en retorcidas raíces que sonríen a medio salir de la tierra. A cada dos pasos los ejes del carro se atrancan con pequeñas ramas y hojas que se unen para formar legión. A cada tres pasos, aquellos pulmones viejos se quedan sin aire.

Escucha como la madera muerde la tierra húmeda y como sus labios resecos se afanan por capturar aire. Debería avanzar más despacio pero tiene un poco de miedo. No mucho. La cantidad justa de miedo.

El bosque se hace más espeso. Tanto que empieza a pensar que hubiese sido mejor arriesgarse a los caminos abiertos. Empieza a pensar que tal vez se está acercando a un lugar del que no podrá sacar el carro. No se detiene. La cantidad justa de miedo.

Le llegó el Apocalipsis cuando la vida empezaba a mostrarle algún aprecio, por decirlo de alguna manera. Hacía mucho que el taller estaba a su cargo. El cáncer de su padre había empeorado y las visitas periódicas al hospital se habían convertido en una habitación con un número y una cama con su nombre. Su madre pasaba más tiempo allí que en casa, así que al final Marcelino terminó mudándose al taller. Tenía mucho tiempo libre y pensaba demasiado, más de lo que le gustaba. Apenas había trabajo. Ni siquiera era temporada de verbenas, así que tampoco podría dedicarse a aquel otro oficio que tan bien se le daba. Tenía que ocupar el tiempo con algo.

Se le ocurrió, por primera vez en su ya no tan corta vida, que podía utilizar la madera para darle forma a algo que no fuese un mueble o una herramienta. Inaudito para el que fue un niño carpintero pero era la primera vez que tallaba algo.

Fue la primera vez que se dio cuenta de que tenía talento.

Y de que le gustaba la madera.

Aquella pequeña miniatura de madera le permitió sentirse capaz de más. Compró piezas de buena madera. De la mejor. Cambió algunas de sus herramientas más gruesas por otras más delicadas. De carpintero a artesano. Le gustaban el sándalo y el ébano. Caros, pero los resultados eran increíbles. Cada nueva figura era un nuevo empujón al casi inexistente ego de Marcelino. Cada nueva figura era un poco más grande y atrevida. Dejó de tallar personajes de su familia a escala reducida y empezó a darle forma a otra cosa que siempre tenía en mente. Mujeres. De todos los tamaños y formas. Unas hermosas y otras no tanto. Damas hermosas y putas horrendas. Sugerentes pechos de suave madera negra y horribles dentaduras rotas de cedro y boj. Apenas comía, o lo hacía pensando en lo que tenía entre manos. Del mismo modo que se había mostrado un esmerado amante, se revelaba ahora delicado con cada una de sus obras de arte. Empezaba a pensar que de verdad lo eran. No sabía si tenían mérito artístico o no, pero había conseguido plasmar exactamente lo que tenía en mente. Si eso no es lo que intenta hacer cualquier artista entonces tampoco entendía lo que significa esa palabra. Le daba igual, tallaba para no pensar y para matar las horas muertas de la falta de trabajo. Realizaba filigranas cada vez más intrincadas para evitar pensar que tal vez aquella crisis lo iba a dejar sin fuente de alimento. Para evitar pensar que aquel cáncer lo iba a dejar sin padre muy pronto, sin tal vez. No tallaba para ganar dinero, tallaba para perder el tiempo de pensar. Ni siquiera pensaba en que alguien pudiese querer comprar sus pequeños entretenimientos.

Fue la casualidad. Incluso tanto tiempo después, realmente nunca entendió que nadie pudiese pagar tanto dinero por sus mujeres de madera. Si él las había hecho con sus manos, cualquiera podía hacerlas. Lo llamaban Arte, porque lo decía alguien. Dejaron de llamarlo carpintero y empezaron a llamarlo artista. Ebanista. Maestro. Artesano. Por cualquier nombre, pero todos lo llamaban. Todos.

El teléfono de su casa no dejaba de sonar y él estaba ocupado asistiendo al entierro de su padre.

Un mes después, el teléfono aún no había dejado de sonar y él estaba ocupado asistiendo al entierro de su madre. No le importaba lo que pudiesen decir los médicos ni cualquier otra persona, sabía que ella había muerto de tristeza. Nadie se suicida por ser demasiado feliz.

Ninguno de sus hermanos o hermanas asistieron a los entierros. Nunca los volvió a ver, aunque siempre supo que sería así. Una vez cortado el único lazo que los mantenía unidos la relación había muerto. No tuvo tiempo para culparlos de nada. Tenía invitaciones a muchos rincones diferentes de España. Muchas. Algunas de otros artistas y algunas de mujeres más interesadas en su otro arte. Nunca había salido de su provincia. Nunca había hecho la maleta. Necesitó tres enormes arcones de madera para sus herramientas y una pequeña mochila para su ropa. Vestido con su único traje, el mismo traje negro y barato con que había visto enterrar a sus padres, cerró la puerta de su casa y del taller. Pronto regresaría. Unas semanas en Bilbao y de vuelta a casa. No podía ser tan terrible lo de viajar.

No lo fue.

Lo de viajar no.

Incluso a pesar de aquellas extrañas noticias sobre enfermedades raras. El viaje bien. Muy rápido de hecho. La visita incluso agradable al principio. Al principio. Luego llegó el caos y la confusión. Aquellas noticias alarmantes y la gente con miedo en todas partes. Caras blancas de mascarillas y manos blancas de látex, por todas partes. Marcelino no se preocupó hasta que anunciaron que se suspendían todos los transportes. Desde la suite del hotel contemplaba como aquella desquiciada ciudad se transformaba en un monstruo violento y sangrante. No le había hecho nunca caso a las noticias pero ahora no podía evitarlo. Escuchaba y veía. En el vidrio del televisor o en el de la ventana. Aquel mundo, que tan poco conocía, se venía abajo. Con los tres arcones llenos de herramientas como única compañía, contempló como la ciudad se sumía en una ola de pánico y confusión. No fue la única. Algún iluminado de la televisión lo llamó La “Marea Idiota” y no se equivocaba. Realmente la gente había perdido la razón. Ellos mismos se lo confirmaron cuando empezaron a lincharse entre sí. Civiles a policías y policías a civiles. Vecinos a otros vecinos. Padres a hijos e hijos a hermanas. Todos contra todos. Feliz Navidad. Al menos sus hermanos no estaban allí para comentar las excelencias del Apocalipsis francés. Algo era algo. Las primeras navidades que pasaba sin familia tenían toda la pinta de ser las últimas de este mundo. Para todos. Desde la habitación más lujosa que nunca había ocupado se disponía a verse morir en cualquier momento.

Pero no ocurrió. En lugar de eso, el hambre pudo más que su deseo de una muerte sencilla y lo obligó a moverse.

No se había detenido desde entonces.

La maleza desaparece de pronto y los árboles parecen haberse apartado para formar un estrecho y sinuoso sendero en medio de la nada. Apenas dos varas de ancho, siendo muy generosos. En la mayoría de los tramos, ni siquiera una. El suelo de tierra negra, húmeda y sin huellas.

Una buena noticia.

Apenas comienza a rodar sobre aquel camino a ninguna parte cuando escucha el sonido lejano de dos disparos. Separados entre sí. Reconocibles incluso en la distancia. Ka-blam. Silencio denso. Ka-blam. Más silencio. No se detiene a bajar la bicicleta. Acelera el paso, con esa fuerza vital que solo las buenas noticias y las dosis extra de miedo pueden dar. No se pregunta quién puede estar disparando. Se pregunta si no estará demasiado cerca de todo aquel ruido. De los visitantes que pronto llegarán, atraídos por el ruido. Se pregunta si no estará caminando justo ahora por un camino secreto, uno que bien podría pertenecer a los Salvajes. Eso explicaría muchas cosas, como por qué a veces aparecen manadas completas salidas de la nada. Empieza a plantearse la posibilidad de encontrárselos justo de frente. Sería divertido. Escapar de los Aulladores para luego encontrarse de lleno con su manada. No era muy probable. Ni la vida es tan puta. Aún así, cuando su torcida nariz de patata reconoce el olor de la madera quemada, está a punto de echar a correr sin mirar cómo ni a dónde. No hubiese tenido mucho donde elegir. Traga saliva y sigue avanzando, sin estar seguro de si lo que huele está delante o detrás. No sabe si se acerca o se aleja pero hay una hoguera. Eso seguro.

De pronto, enloquece. No puede ser de otra manera. Juraría estar escuchando el rasgar de una guitarra.Locura, bendita locura.

Distingue la silueta al mismo tiempo que la hoguera. En medio del camino. De su camino. Un anciano sentado junto al fuego con una guitarra en el regazo. La acuna como lo haría una madre con su bebé. El melodioso llanto del bebé de madera tiene la forma de una canción. Una canción tan lejana que ni siquiera parece real. Una voz vieja y quebrada canta. Una letra alegre y positiva que, por obra de aquella voz, narra una historia triste y deprimente. Escucha y observa, sin atreverse a avanzar más. Aquella canción que casi recuerda de los domingos de infancia. Domingos de iglesia, vermú y comida familiar. Buenos domingos. El extraño atuendo del anciano. Incluso los pocos símbolos que puede ver, traen más recuerdos a su memoria. Cuando deja el carro en la oscuridad y da un paso hacia la luz, dos ojos lechosos lo observan.

Está casi seguro de que aquellos ojos ciegos son los de un reverendo.

El Padre Catanha lleva más de tres días sin comer. No está seguro de dónde lo ha dejado aquel grupo con el que llevaba tan poco. No fueron del todo insensibles. Un sitio tranquilo. Mucho silencio y mucho frío. Sin comida ni gente que pasase por allí. Moriría pronto. Así lo habían pensando. No deberían haberle dejado agua. Hubiese sido más rápido. No los culpaba, ni siquiera por no haberle avisado. Lo hubiese entendido e incluso les habría dado la razón. Ya no sentía rencor hacia la gente que lo dejaba atrás. Había aprendido que el mundo ya no es lugar para un ciego, ni siquiera para uno que sea Siervo de Dios. La necesidad urge y el estómago ordena. Se abandona lo que no sirve. Los curas viejos no son una excepción. Uno tiene que valerse por si mismo o se convierte en una carga para los demás. Así eran las cosas. Aquellos ojos del blanco de la muerte no siempre habían sido ciegos. Habían visto el hambre y la miseria de la tierra donde había nacido. El osado y peligroso existir de las favelas. Un país que luchaba por abandonar aquella fama de tercermundista. Una fama que todavía seguía mereciendo. Sus ojos eran testigos mudos del horror de una adolescencia en la peor cara de Río. Claro que había quien conseguía salir de la marginalidad. Pocos. Por cada uno de esos quedaban diez mil niños invisibles al resto del mundo. Había visto su vida cambiar cuando abrazó la fe cristiana y fue enviado lejos de Brasil. Ni las brillantes maravillas del Vaticano, ni las injustas crueldades contempladas en sus años de misión en el Congo le habían preparado para todo lo que vio llegar con el Apocalipsis. La peor cara del Hombre.

Deja de cantar. La barca seguirá esperando en la arena. A un mesías que se marchó en el último autobús.

- Acércate, hermano. Si tus intenciones son buenas el fuego calienta lo suficiente para los dos -mueve una de sus manos, a modo de invitación-. Si no lo son tanto, debo decirte que no tengo nada más que la ropa y la guitarra que ves.

No escucha una respuesta. No con palabras. Escucha las pisadas sobre el barro, no acercándose, no alejándose. Parece estar rodeando el lugar, quizás comprobando entre la maleza. Husmea aquí y allá. Incluso un par de veces se aleja siguiendo el camino. Una persona precavida, sin duda. No muy joven, a juzgar por la candencia de los pasos y la sabiduría de las medidas. No sabría precisar si hombre o mujer. Era lo de menos. Aunque no le gustase admitirlo, le importaba más si aquella persona tenía comida.

Marcelino se sienta en el suelo, frente a la hoguera. A tres pasos del reverendo.

- Disculpe por mis precauciones, Padre. En estos tiempos uno no puede fiarse de nadie. La vida es una p…-se muerde la lengua y traga saliva. Rectifica- La vida es complicada. Usted ya me entiende.

- No tienes nada por lo que disculparte, hijo mío. ¿Desde dónde vienes?

- De lejos, Padre. De muy lejos. Voy y vengo de los pocos sitios que conozco. Conocía, porque la mayoría ya no existen. La gente se mueve mucho, casi más que yo.

Una sonrisa. Y otra. Ambiguas las dos. Ninguno ha dicho nada todavía. Empieza la conversación.

- Me llamo Marcelino, Padre.

- Constancio Catanha. Padre Catanha.

Se miran. Ojos de leche enferma y ojos sanos de viejo enfermo. Se miran. Que son dos inútiles poco peligrosos es algo que se ve sin ojos. La tensión va desapareciendo. Respiran mejor.

- ¿De dónde vienes, Marcelino?

- De aquí y de allá, Padre, ya se lo dije. Si me pregunta dónde he visto por última vez un lugar civilizado, le diré que muy lejos de aquí. Vengo desde el Erre-Ese-Uve-Ce, Padre. Esperaba encontrar poblados que ya conocía, pero no está ninguno. Ninguno, Padre. Nada en toda la costa norte.

Un silencio incómodo. Uno espera una sorpresiva reacción que no llega. El otro espera una explicación.

- ¿El qué?, ¿cómo? ¿De dónde dices que vienes?

- Del Refugio Seguro Vasco-Catalán, Padre.

Silencio. Breve.

- ¿Vasco-catalán?

- Muy lejos de aquí, Padre. Al este.

- Se dónde, hijo mío. ¿Son ciertas las histor…

- Sí, Padre. Todas, creo.

Silencio. Menos breve.

- ¿Qué queda entonces?

- Nada, Padre. Casi nada. Es el Refugio Francés ahora.

- Entonces es verdad que atacaron.

- Lo hicieron.

- ¿Con artillería?

- Con lo que quedaba de su división acorazada. Con todo lo que les quedaba, Padre. Estaban desesperados.

Silencio. Nada breve. El fuego chisporrotea quejándose de falta de atención.

- ¿Y la gente?

- ¿Qué gente? Los expulsaron o los ejecutaron, como a criminales. Nuestra gente, Padre. Los echaron a la muerte.

- Cosa fea, que Dios les perdone.

- A mi me cuesta, Padre. Hay cosas a las que el perdón no alcanza. No tenían ningún derecho. Era su hogar. Mío un poco también, porque ayudé a construirlo como los demás.

- El perdón de Dios va más allá que el del hombre, hijo mío. Debes tener fe y creer que todo sucede por un motivo.

- Los motivos no tienen por qué ser buenos. Ni siquiera los de Dios.
Otro silencio. Han dejado de mirarse.

- ¿Tienes comida, hijo mío?

- No.

- ¿No?

- Bueno… para mi sí, Padre. Son tiempos complicados, tiene que entenderlo.

Se miran. Ojos muertos y ojos vivos. Ancianos, los cuatro.

- No tienes por qué disculparte, Marcelino.

- No me estaba disculpando, Padre. Es mi comida y la necesito.

- Lo entiendo, Marcelino.

- Me encantaría ayudarle, se lo prometo. No tengo comida casi ni para mí.

- Lo entiendo, Marcelino.

- Deje de decir eso, Padre. Deje de hablar ya. Me está haciendo sentir culpable.

- Lo siento, Marcelino.

- Cállese, Padre.

Silencio. Largo. De verdad.

Marcelino se levanta y se aleja. Se dirige al carromato, oculto en las sombras. Pasos airados. Enfadado con nadie. Vuelve rápido, con un cazo mediado de harina de maíz y el bidón de agua. Harina mal molida y agua de río. Patea la hoguera y aparta varios leños al rojo. Coloca el cazo encima y empieza a cocinar

- No es mucho, Padre. Lo que tengo. Es más de lo que puedo permitirme, pero no podía dejarlo así. Van a ser las peores gachas de la historia.

Una sonrisa débil de tres dientes. Marcelino se pasa la mano por la cabeza casi calva y juguetea un instante con aquellos dos mechones. Debería cortárselos. No puede. Una parte de él se niega a ser calvo. La boca del viejo cura tiembla. Deja la guitarra a un lado.

- Que Dios te bendiga, Marcelino. Esta obra es muestra de la gran bondad de tu corazón.

- No diga eso, Padre. No es para tanto. En otros tiempos cualquiera hubiese hecho lo mismo.

- No son los mismos tiempos que una vez fueron, Marcelino. Todas las almas buenas fueron llevadas al Paraíso. Aquí nos quedamos los pecadores y nada más. La tierra ya no es un buen lugar.

- No diga eso, Padre. La tierra nunca fue un buen lugar, al menos que yo recuerde. Además, yo nunca le he hecho mal a nadie, ¿por qué no iba a entrar en el Paraíso?

- Eso solo tú lo puedes responder.

Remueve la desagradable pasta de agua y maíz esperando a que empiece a espesar. Quizás las mujeres habían sido su condena, piensa. Qué fácil es irse al infierno entonces.

- Me parece que me está tomando el pelo, Padre. No puede seguir creyendo en el cielo y el infierno después de todo lo que ha ocurrido.

Lo mira. El viejo cura juguetea con un cucharón de metal que cuelga de su cuello por un viejo cordel marrón. Cuando desata el cordel, las gachas siguen siendo una desagradable pasta. No la deja enfriar. Empieza a devorar, con cuidado de no tocar el cazo. Cucharada tras cucharada. Un trago para enfriar la boca. Otras diez cucharadas. Más agua. Más cucharadas. La respuesta puede esperar. Marcelino casi puede escuchar el chisporroteo del fuego en la garganta del anciano. No dice nada. Empieza a pensar que de verdad ha hecho una buena obra.

El cazo queda casi limpio muy pronto. Lo rebaña con los dedos. Quizás no utiliza la lengua por educación.

- Muchas gracias, Marcelino. Estaba delicioso. Espero que te guarden un buen lugar en el Paraíso -inclina la cabeza. Una vaga reverencia-.

- No evite mi pregunta, Padre.

Ka-blam. Ka-blam. Ka-blam. Nueve veces más. Disparos. Una tormenta, quizás. De balas. Tan lejano que ni siquiera se inmutan.

Ojos de leche que parpadean. Ojos cansados que esperan.

- Pensaba que la estaba respondiendo.

- No me joda, Padre. ¿Qué clase de Dios permitiría las cosas que han ocurrido?

- Es el Apocalipsis, Marcelino. Se supone que tienen que pasar cosas malas.

- ¿A quién?, ¿a todo el mundo?

- A los pecadores, Marcelino. A nosotros. Los que eran puros se marcharon al Paraíso mucho antes. Allí esperan a los que todavía puedan redimirse. Todos podemos.

- ¿Cómo?, ¿muriéndonos?

- No digas tonterías, Marcelino.

- No se quién las dice más gordas, Padre.

Marcelino recoge el cazo y lo sacude. Lo limpia con la manga. lo poco que hay que limpiar. Echa un trago de agua.

- ¿Te marchas?

- Sí, Padre. Moverse es la única manera de llegar a los sitios.

- ¿Puedo pedirte un favor?

- Creo que ya he hecho mucho por usted, Padre.

El viejo cura se pone en pie con su sotana rasgada y su sombrero de paja. Lentamente y con dificultad, resoplando y quejándose de las articulaciones. Ojos de leche y piel oscura. Mucho más alto de lo que parecía cuando estaba sentado. Mucho menos frágil. De entre los pliegues de su ropa sucia saca un libro que Marcelino reconoce. Es el único libro que podría reconocer.

- Hace mucho tiempo que mis ojos no me sirven. Impedido y ciego como me ves estoy condenado a vagar por la Tierra. Te pido que aligeres mi tormento.

- No voy a matarlo, Padre.

- No digas tonterías, Marcelino. Quiero que me leas la Biblia.

- ¿Toda?

- Lo que puedas. Cada día recuerdo menos y peor.

- No tengo tiempo.

- Lo que puedas entonces.

- Es que yo apenas se leer, Padre.

- Eso no importa. Dios te dará fuerzas.

Observa aquel pesado libro de tapas negras que le tienden. La cruz en bajorrelieve y las letras a medio desaparecer. La verdad es que si tenía que leer, al menos lo haría con el mismo libro con el que había aprendido. Lo coge, aunque ni siquiera sabe por qué. Lo coge y percibe aquel ligero olor a muerte cercana que desprende el viejo cura. El mismo que le acompaña a él desde hace años.

- Después de esto me iré. Sin más retrasos.

Una inclinación de cabeza, a modo de asentimiento. Otra. Conformes los dos. La moribunda hoguera a su lado.

- Evangelio según San Lucas, cinco, veinte.

- De acuerdo, de acuerdo. Despacio. Tendrá que dejarme tiempo.

- Todo el del mundo, Marcelino. Tienes todo el tiempo del mundo.

Abre el libro. Olor a papel viejo y a sudor rancio. Pasa las páginas con toda la delicadeza que le permiten sus gruesos dedos de carpintero. La piel rígida y áspera como la madera salvaje. Se deslizan más y más rápido por las hojas de papel de seda. Pasar las hojas no le preocupaba. Las letras, diminutas y e infinitas, son más complicadas. Las observa bailar dentro de cada hoja, de cada fila, de cada palabra. Se mueven burlándose de él y de su ignorancia. Se retuercen y confunden, mezclándose en palabras demasiado largas. Se estiran y encogen hasta dejar de ser un montón de letras. Se transforma en un alargado monstruo de tinta que se desliza de fila en fila, de hoja en hoja. No puede leer.

Muy despacio piensa y recuerda. Como su madre le enseñó. Como había visto hacer a su padre. Busca una palabra, cualquiera. Busca una que empiece por la A y olvida lo demás. Empieza a partir de ahí. Despacio. Letra a letra. Únelas y escucha el sonido en tu cabeza antes de leerlo. Busca la palabra a la que crees que corresponde. Si todo encaja, pronuncia. Marcelino lo recuerda con facilidad, pero las letras le parecen ahora increíblemente diminutas y borrosas. Lee para sí mismo, sin mover los labios. Lee torpemente y comienza por fin a buscar dentro de aquel grueso libro de fantasía.

- ¿Los Evangelios están antes o después de los Salmos?

Desconfiado de pronto, alza la mirada hacia el Padre Catanha. Lo tiene justo en frente, con las manos unidas frente al pecho casi en gesto de oración. Los desagradables ojos cerrados y los labios que parecen estar recitando por su cuenta. Espera unos instantes pero la respuesta no llega.

- Tranquilo, no se moleste en responder. La culpa es mía por hacerle caso y no marcharme.

Vuelve de nuevo su vista de anciano hacia el papel y sus minúsculas letras negras. Sigue pasando páginas, intentando orientarse. Empieza a pasarlas con menos delicadeza, en pequeños grupos de cuatro o cinco. De diez o de quince. Se pasa de largo. Se ha saltado el Evangelio de San Marcos, cree. Retrocede. No, no. No se lo había saltado. Vuelve a avanzar. Lo encuentra por fin. Utiliza un dedo para seguir las líneas y buscar los números. Los grandes son fáciles de localizar. Los otros no tanto. Encuentra y empieza a leer, sin leer. Pronuncia en su cabeza dos y tres veces. Cuatro y cinco. Muchas más. Lo hace hasta que las palabras toman forma como tal y deja de necesitar leer cada letra. Con hercúleo esfuerzo une las palabras y forma aquella breve frase en su cabeza.

- Creo que ya se lo que dice, Padre.

- ¿Qué dice?

- “Amigo, tus pecados quedan perdonados”.

- Muchas gracias, Marcelino.

Y solo dura un instante.

El acero entra por debajo del corazón enfermo. Atraviesa parte de su único pulmón sano. Un gesto reflejo. Las manos al pecho, aferrando aquella mano anciana y el cucharón homicida.

El brillo de plata muerta de la redondeada cabeza de metal que sobresale de su pecho.

Estaba alzando la cabeza para mirar al Padre Catanha. Lo hizo lo suficiente para ver el rápido movimiento y el centelleo del metal justo antes de perforar su ropa y violar su carne. No pudo hacer nada.

No lo suelta. Sigue agarrado al cucharón y a aquellas manos, como el que se niega a soltar las manos que intentar matarle. Porque eso era lo que estaba pasando. Nota como se le escapaban las fuerzas y la sangre por aquel agujero abierto en mitad de su ser.

Le fallan las manos y el viejo cura recupera las suyas. Y el cucharon.

Lo siente salir como el que siente arrancarse un hueso sin anestesia. Lo siente abandonarle como el que siente perder algo suyo. Así de hondo se lo había clavado. Vuelve a intuir, más que ver, el destello plateado e intenta retroceder. Sus pies se enredan y cae hacia atrás. El viejo cura cae también. No, se lanza. Viene a por él. Puede notar el golpe de un cuerpo contra el otro. El choque lo deja sin aliento. Las manos lo buscan y lo asfixian. Lucha, como puede. Lo sujetan por aquellos dos mechones de pelo y tiran de su cabeza. Sacude la cabeza y se deja pelo y cuero cabelludo. Garras de buitre. Siente como el afilado mango del cucharón vuelve a alojarse en su pecho, casi en el mismo lugar que ocupó antes. Vuelve a traspasarle su único pulmón menos sano.

Explota por dentro, le parece. Nota el desagradable sabor de la sangre en la boca. Se acerca el final.

El Padre Catanha no habla. Los ojos de color blanco asesino, en medio de aquel viejo rostro de piel negra congestionado por el esfuerzo. Lucha por recuperar su cucharón para asestar el golpe definitivo. El hueso y el metal se han enamorado. Es incapaz de sacarlo. Tira y tira, pero se ha enganchado en las costillas. Marcelino convulsiona y cierra los ojos. Deja de respirar. Ya no siente dolor. El Padre Catanha deja de forcejear. Siente el cálido discurrir de algo por sus mejillas. Sal en los labios. Está llorando. Que Dios le perdone por lo que ha hecho.

Que Dios le perdone.

Porque Marcelino no puede.

Recuerda de pronto que la muerte no lo quiere. Recuerda que si el cáncer no pudo llevárselo la religión no tiene ninguna posibilidad. Recuerda que en este mundo hay que luchar cada día, porque la vida es así y punto. Estira las manos hacia aquel rostro todavía tan cercano. Cesa el clerical llanto y se trueca en una mueca de pavor. Dos dedos pulgares gruesos y ásperos se hunden sobre aquellos ojos del blanco de la espuma del mar. Dos dedos que se hunden sobre aquellos dos muertos y los arrancan completamente de su morada. Un chapoteo desagradable, un chasquido y medio millón de gritos. Lo empuja y tira a un lado.

Se pone en pie.

Un rudo tirón y un quejido ronco: Marcelino se arranca el cucharón.

Los gritos del cura cesan.

Con deliberada lentitud, hunde aquel mortal mango metálico, mellado por sus propios huesos, en uno de los dos agujeros vivos abiertos en el cráneo. Después hace lo mismo con el otro. Repite con ambos. Gira bien la redondeada cabeza del cucharón, sintiendo como se remueve el contenido de aquella cabeza de cura pecador. Se detiene. Lo observa. Repite con ambos ojos. Remueve. Lo observa. Es suficiente.

Escupe dos veces, más sangre que saliva. Vomita nada. Nada no. Sangre casi todo. La muerte va a tener que buscar una excusa muy buena para no admitirlo esta vez. Se mantiene en pie. Pese a todo, no desfallece. La posibilidad de no morir ahora mismo tiene consecuencias desagradables. Está herido de gravedad. O busca ayuda urgente o es mejor que empiece a cavar una tumba. Se introduce dos trozos de trapo sucio en los agujeros del pecho.

Decide registrar primero aquel hombre de Dios. Lo desnuda completamente, para asegurarse de que no se deja nada. Amontona el botín. Pequeño tesoro para haberse dejado un pulmón en la refriega. Un bote del tamaño de un puño, mediado de pastillas, una foto de una mujer negra bastante fea, dos estampas de santos brasileños y lo otro. Lo que ya había visto. El cucharón, la Biblia y el pequeño montón de ropa. Una porquería. Ojalá el bote de pastillas tuviese etiqueta. Podían ser antibióticos. Ojalá. Los iba a necesitar muy pronto. Se toma cuatro pastillas. Espera.

Arrastra el carro hasta acercarlo a la hoguera muerta y guarda todo, también la ropa sucia del cura. Lo guarda todo. Cada vez que mira aquel cuerpo tendido, manchado de sangre y con los ojos perforados en carne, siente que algo lo golpea desde dentro. No puede dejarlo así. No puede hacer nada, pero no le gusta la idea de dejarlo así. No puede derrochar fuerzas excavando una tumba. Piensa en quemarlo, pero la hoguera debería ser colosal. Llamaría la atención. Tendrá que dejarlo así. Espera.

No eran antibióticos.

No tiene ni idea de qué eran, pero empiezan a hacer efecto. Siente algo desconocido recorriendo su cuerpo. Energía. Más de la que ha sentido nunca. El dolor parece una mala historia, de las que venden muchos libros, nada más. Los agujeros de su pecho son dos bromas rojizas que gotean, sin preocuparle. Su cuerpo rebosa de pronto de salud, de vitalidad, de juventud. Lo parece.

Aquello tenía que ser droga.

Bendita droga.

Excava la tumba más grande que nadie ha excavado jamás, en menos tiempo de lo que se tarda en leer la Biblia a un cura ciego. En menos tiempo del que se tarda en sacarle los ojos a un cura ciego. En menos tiempo del que un carpintero murciano podría imaginar.

Bendita droga.

Sale del enorme agujero en que ha convertido aquel tramo de camino, escalando sin problemas por la pared lateral. Casi cuatro metros de agujero a lo largo del camino, a lo ancho de espesura a espesura. Casi tres metros de profundidad. Una buena tumba. Pero él es más joven cada instante que pasa. Más fuerte y más sano. Ese agujero ya no será su tumba. No morirá aquí. No hoy. Mira desde la cima aquel cadáver que reposa en el fondo, tan lejano que casi ni lo recuerda. Todo parece muy lejano ahora mismo. Solo existe él y lo que está haciendo. Mira al muerto. Le hace gracia lo grande que tiene el rabo. Un cura muerto con un rabo enorme.

La noche empieza a hacerse espesa. Intenta pensar unas palabras dignas para la despedida. No puede concentrarse. Ni siquiera se encoge de hombros. Se limita a mirar aquel viejo muerto al que había sacado los ojos. Podría ser él mismo. Estuvo a punto de ser él mismo. El cura se lo merecía. ¿Qué hay que despedir entonces?

Nada.

Se acabó.

Y entonces un viejo de cráneo tatuado aparece de la nada y se lanza de cabeza al agujero.

Marcelino parpadea. Parpadea diez veces más. Mira abajo y empieza a creer lo que ha visto. Un cuerpo nuevo, desmayado en el fondo del agujero. Ha aparecido de la nada. Se pasa las manos por la cabeza. Deja escapar un siseo dolorido al tocar la zona despellejada. No entiende nada. Observa el cuerpo inerte al fondo de la tumba. Entiende algo. Tiene que ser el compinche del cura.

Ha llegado tarde.

Sus ojos se detienen entonces en aquella jugosa e hinchada mochila tirada al otro lado del agujero. Corre, saliendo del camino y sumergiéndose en la espesura. Aparece de nuevo, en el mismo punto desde el que el calvo loco se tiró al agujero. Una mochila y un rifle, en el suelo, muy cerca del borde. Gracias por el regalo. Puedes quedarte con el cadáver, es lo mínimo. Vuelve a echar un vistazo al fondo del agujero. Lo ve retorcerse sobre el cuerpo del muerto. Mejor marcharse ya.

El rifle lleva un trapo de tela negra atado. Una especie de bandera. Intenta arrancarlo. Prueba con los dientes. Desiste. No merece la pena. Apunta con el rifle al fondo del agujero. Al cráneo tatuado. Aprieta el gatillo dos y tres veces. Dos y tres chasquidos de hambre de balas. No hay munición. Mejor marcharse ya.

Regresa junto a su carromato y se prepara para reanudar el viaje. Sus putas duermen plácidamente en las jaulas de madera. Se echa un puñado de granos de maíz en la boca y los mastica con increíble facilidad. Sin dolor. Bebe y sonríe con aquellas encías de sangre. Saca el frasco y se toma otras dos píldoras. Bebe más agua. Bendita droga. Que bien le va a venir hasta que pueda encontrar un médico. Un veterinario o lo que sea. Ayuda. Se dejaría ayudar incluso por un cura ciego.

Y entonces escucha el ruido.

Lo escucha antes de verlos. Gritos. Aullidos. Pies corriendo. Miles. Salvajes. Los escucha en la espesura, desde todas las direcciones. No sabe hacia dónde correr. No sabe cómo correr. No puede correr con el carro. Catalina chilla como la puta que es. Empuja y empuja hasta la espesura. Lo esconde entre los arbustos. No confía mucho en el escondrijo. Tiene que alejarse. Empieza a andar. Es tarde. Aparecen los primeros, muy cerca. Muy lejos del agujero.

Corre, alejándose del carro sin tiempo para nada. Corre, escuchando como Catalina chilla y las otras dos la imitan. Corre tirando la mochila y el rifle robados, a media carrera. Corre, con aquellas fuerzas prestadas mientras más y más pies salen de la nada. De la nada no. Del verde bosque al negro tierra. Ni siquiera se atreve a girar la cabeza. Corre, siguiendo el sendero. Su corazón enfermo bombea sangre como uno joven. Sus pulmones, maltratados por el cáncer y el cucharón del viejo, se inflan y desinflan de manera irregular. Luchan por seguirle el ritmo. Pierden aire por los agujeros y siguen sangrando. Inflan y desinflan. Corre y corre. Los siente cerca, muy cerca. No lo alcanzan. Corre, siguiendo el sendero que atraviesa el bosque. Zanquea, pensando solo en mantener el ritmo. Vuela, pensando en lo único que puede hacer ahora. Tiene que alejarse lo suficiente para hacerlos desistir, dar un rodeo y regresar a por el carromato y la bicicleta.

Y después, vuelta a la rutina. Es sencillo. Muchísimo.

Corre. Con miles de pies que corren detrás de él. Corre. Con otras tantas voces que lo llaman por otros tantos nombres.  Sigue alejándose. Tiene posibilidades. Bombea, bombea. Respira, respira.

Y entonces le explota el corazón. Casi literalmente.

Bendita droga.

Parece que hoy la muerte sí quería a Marcelino.

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One thought on “Capítulo VIII: Madera

  1. Breixo Lopez Garcia dice:

    Sabes que conseguiste en un solo capítulo que sienta cierto aprecio por el ebanista, y vas y te lo cargas en el mismo capi al final… Joer eso ni Martin.

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