Capítulo X: Filósofos perdidos

El jinete cabalga y

El Amo De La Curva abre los ojos. Los dos suyos y los otros que le quedan. Cada amanecer menos.

La manada disminuye de manera alarmante.

Se estira y se encoge, retorciéndose bajo la pequeña manta. Cierra dos ojos. El sol se empeña en mostrar su desnudez entre las nubes y él en esconder la suya bajo la gruesa pieza de piel. Arbustos que se zarandean y pisadas sobre tierra húmeda. Demasiado ruido como para volver a dormir.

La manada lleva despierta un buen rato. De aquí para allá. De allá hasta aquí. Adelantándose al alba de cada día. Anticipándose al final del sueño nocturno del Amo De La Curva. Siempre igual. Cada día.

Comida, agua y otras necesidades que atender. Multiplicado por diecisiete. Cosas de la convivencia.

Y eso que apenas queda nada de su manada.

Marx es el primero en acordarse de él. Un beagle de color negro, crema y blanco, cuando había agua cerca. Color barro cuando no. Al igual que a algunos razonamientos del filósofo, al perro le faltaban un ojo y una pata trasera, aunque eso no limitaba su eficacia. Era viejo y astuto. Era el primero en avanzar y también el primero en regresar si el Amo De La Curva tardaba demasiado. Si no había comida para todos, ninguno comía. Marx se encargaba. Primero comía el Amo y después ellos. Paseaba y vigilaba mientras los demás dormían. Era un héroe. El que más tiempo llevaba con él.

Babas sobre su rostro. Los dueños, el opio de los perros.

Los otros dieciséis solo tenían en común que también eran de talla pequeña.

Más babas.

- ¡Oh, señor! ¿Qué quieres de mí, Marx?

Deja de husmearle la cara y se le sube encima. El Amo De La Curva gime y se resigna. Abandona la protección del sueño y de las mantas. Se pone en pie y se despereza. El frío del brumoso amanecer araña su piel de diablo viejo.

El jinete cabalga y

Hoy promete ser un día largo.

Tiene que intentar reparar el techo del caserón. Ya está bien de dormir al raso teniendo cuatro buenas paredes de piedra tan cerca. Ya está bien. Ni que fuese un Salvaje. También debe volver a revisar las trampas que ha colocado por toda la zona. Tiene que conseguir alimento para él y para diecisiete pequeñas bocas siempre hambrientas. Al final el techo siempre tiene que esperar. No tiene problemas para cazar pero

No puede descuidar La Curva.

Es su territorio y lo custodia celosamente. Más allá de toda justicia legal, ética o racional. Es todo lo que le han dejado. Una desgastada letra ce de asfalto negro surgida de entre el verde hierba. Unos cuatrocientos metros de curva. De ninguna parte a ninguna parte. Y en el vértice, clavándola a la realidad, aquellas cuatro paredes de piedra que una vez fueron casa y refugio. Alrededor, campo y bosque. Un poco más lejos, un pueblo muerto. Su pueblo muerto. Más muerto todavía que otros pueblos. Todo derribado. Piedra sobre piedra, edificio a edificio, recuerdo a recuerdo.

Todavía saborea los sueños aplastados.

Le llamaban Pedro Diablo. Sus dos hierros colgados de la cintura y una manada mucho más numerosa. Muchos animales y algunas personas, incluso. Pedro Diablo, protector de los olvidados por todos. De los pequeños a los que nadie quiere. De las mascotas domésticas abandonadas, de dueños muertos o desaparecidos. De los rechazados en cualquier parte. De casi cualquiera que necesitase protección. A todos los aceptaba por igual.

No tardó en tener una gran manada. No tardó en organizarlos a todos y volver a ocupar aquel lugar que les habían hecho abandonar. Se asentaron en la villa fantasma de Lalín y la llenaron de vida. En muy poco tiempo. Tiraron algunas barricadas y levantaron otras. Devolvieron la actividad a varias calles y renunciaron a otras muchas. Construyeron pasarelas entre edificios y destruyeron escaleras. Labraron la tierra de lo que habían sido jardines y zonas verdes. Excavaron letrinas y prepararon un nuevo cementerio. Buscaron cobijo a todos los animales. Vallas y alambradas en el perímetro del pueblo. Su pueblo. Pangea.

Duró lo suficiente para que la rutina diese a luz a la esperanza.

Duró lo suficiente para que más gente llegase buscando la protección de Don Pedro Diablo. Bastantes más. Otros dejaban allí a sus mascotas o a los seres queridos de los que no podían hacerse cargo.

Pangea-Lalín, refugio de niños, enfermos, ancianos y exiliados.

Pangea-Lalín, tumba de Don Pedro Diablo y todos sus protegidos.

Se viste muy despacio. Siente la tela húmeda de los calzones de algodón y el beso poco amoroso de los acartonados jeans azules. La espesa niebla ni siquiera respeta la ropa que se deja colgada en los árboles. Busca su camisa unos instantes. Recupera la pieza de franela roja de debajo de Freud y lo regaña unos instantes. El descarado schnauzer aprendiz de psicoanalista lo mira con indiferencia. Gruñe.

Él ya no es Pedro Diablo. Ya no tiene que proteger a nadie.

Le da una patada. No muy fuerte.

No le queda nadie a quién proteger.

Obedece a tu amo, Freud.

El jinete cabalga y

El Amo De La Curva se viste, con toda la lentitud del mundo. Se viste con toda la desgana que es capaz de reunir cada amanecer de niebla gris. Mientras diecisiete pequeños perros se mueven a su alrededor, solo piensa en por qué tiene que hacer frente a un nuevo día. Le gustaría rendirse y terminar la partida de una vez.

Lo haría de no haber expirado ya su Derecho de Fulcro.

Tuvo su oportunidad para dejarlo todo, para rendirse y abandonar este mundo de una manera más o menos digna. No lo hizo y ahora debe pagar las consecuencias.

El nombre le parecía menos absurdo, cada vez que lo pensaba. Hasta donde sabía, fulcro era la parte donde se apoya una palanca para hacer fuerza. Aquella renuncia a suicidarse o dejarse morir se había transformado, poco a poco, en lo único en lo que podía apoyarse cada amanecer. Si no se había rendido cuando pudo, ¿por qué hacerlo ahora cuando no debe?

Claro que entonces pensaba que lo tenía todo resuelto.

Cazador. Deseaba con todas sus fuerzas alcanzar ese misterioso rango. Deseaba el derecho a llevar armas y a usarlas. A entrar y salir cuando quisiese y de dónde gustase. A proteger y a protegerse a si mismo. A matar.

Deseaba matar, aunque nunca supo por qué.

Deseaba muchas cosas. Le dieron mucho más.

Decidió que no podía ser Cazador durante la última prueba. Que no era una prueba. Era simplemente una misión más, como las que tendrían que afrontar una vez recibiesen las armas y la responsabilidad del cargo. Se entregaba todo a la vez: preocupaciones, munición y un vale por una tumba barata.

Su última prueba fue también la de los otros aspirantes. Veinte y dos más. El Instructor y su mano derecha. Una mano con arco y flechas. Veinte cuerpos que empezaban a endurecerse para el trabajo que pretendían aceptar. Veinte mentes débiles que regresarían fortalecidas o no regresarían jamás. Los llevaron al Infierno y los trajeron de vuelta.

Odiaba a los Cazadores. A todos. Al pirómano calvo que tenían por instructor y al joven y despiadado ayudante. A las órdenes que se convirtieron en misión y en fatídica prueba. A la boca que las había pronunciado. Al líder de aquella extraña secta en que se había convertido el Refugio Libre Gallego.

“Quiero fuego y sal. Quiero muerte y arena en todo lo que rodea a nuestros muros. Veinte kilómetros de nada. Confío en ti, Francis.”

Tierra quemada. Aquella estrategia se llamaba así, aunque a lo mejor no lo sabía nadie. Muchos líderes le habían dado cabida en su manual de juego pero ninguno bueno. Ningún estratega es bueno si debe destruir su hogar para ganar.

No fue fácil ni siquiera para aquel pirómano de cráneo tatuado. Ni siquiera para aquel hombre del que todos conocían su adoración por el fuego. Pirómano amateur. Artificiero aficionado. Químico autodidacta y terrorista en potencia.

Trajeron un trozo del Infierno a la tierra y el Instructor decidió que nunca volvería a quemar nada. Veintiún rostros manchados en hollín y cuarenta y dos ojos llorosos por humo patrio fueron testigos de las Lágrimas del Verdugo. Se llamaban así porque siempre llegaban cuando el mal ya estaba hecho.

El Instructor había renunciado al fuego.

El Amo De La Curva había renunciado al deseo de ser Cazador.

El Amo De La Curva había aprendido que proteger puede significar destruir. Proteger puede significar proteger todo menos la conciencia.

Él no quería eso.

Cuando la última llama se extinguió, regresaron.

Fueron vitoreados y bañados con agua perfumada. Cenaron y bebieron hasta que su cuerpo les recordó los límites humanos. Durmieron hasta que su voluntad se lo permitió. Despertaron. En una sala mal iluminada y sin nada más que un camastro y cuatro paredes. Sin ventanas y sin conexión al exterior. Sin comida y sin bebida. Un revólver con seis balas. El Derecho de Fulcro.

Renuncia ahora o lucha hasta que la muerte te llegue.

Salpicaduras de sangre en las paredes, a medio limpiar o mal limpiadas, eran prueba de que no sería el primero en buscar la salida de emergencia. Un revólver viejo y sin más decoración que los arañazos en el mango que alguien había dejado a modo de rúbrica final. Las puertas a veces toman formas extrañas.

El Amo De La Curva no abrió esa puerta. No la cerró. No hizo nada de nada con ella. Dejó el revólver sobre la cama y procuró no mirarlo demasiado. Cerró dos ojos y esperó a que otra puerta se abriese. La de su celda. Tan pronto como pudiese salir de allí se marcharía para no regresar jamás. No importaba a dónde. No importaba cuando. Quería poner tierra de por medio entre él y aquella pesadilla humana.

Lo hizo.

Nadie se lo impidió. Le entregaron sus armas y lo llamaron Cazador, como a los demás. Cargaron una pickup con todo lo que les pidió y le acompañaron hasta la salida. Se despidió de algunos y muchos se despidieron de él. Dejó atrás aquellos muros con la sensación de que podría haber hecho algo mejor que huir. Se marchó con la sensación de que uno deja un hogar roto tras de sí.

Como se había prometido a sí mismo, nunca regresó.

No fue muy lejos, pero sí lo suficiente. Las distancias parecían haberse multiplicado ahora que la civilización había caído. Unos kilómetros suponían varias horas a buena marcha y un centenar representaban varios días de procesión.

Avanzó hasta que se agotó el combustible de la pickup prestada. Vació todo y se instaló allí donde se había detenido. Verde bosque y gris niebla. Nada más. O Courel. Se nombró líder de una minúscula tribu de vacas cachenas y ovejas, que seguramente también habían renunciado a su hogar. Las protegía del lobo y ellas lo alimentaban. Lo acompañan. Le enseñaron los secretos de aquella tierra mística y le sirvieron para darse cuenta de que había mucho más ahí fuera. El mundo no podía contenerse dentro de unos muros, por mucho que a algunos les gustase. Ningún recinto cerrado o amurallado podría jamás rivalizar con la nada libre.

Su primer perro fue Descartes. No descartó adoptar más.

El valiente quisquelo murió joven, defendiendo a su manada. Diminuto y luchando contra varios engendros monstruosos y peludos. Lo mataron como a los héroes, con espuma de rabia en los labios y justicia en el corazón. Aquel día El Lobo se marchó con las manos y la boca vacías. Aquel día El Amo De La Curva se convirtió en Pedro Diablo, El Protector. Jamás nada ni nadie volvería a morir para guardarle las espaldas.

En la sierra de O Courel ronda un diablo con pistolas.

Un diablo bueno. Todo lo bueno que podía.

Prestad atención, lobo y bandido, en la sierra de O Courel ronda un alma en pena que dispara. Un errante que cuelga a unos y despelleja a otros.

Y así fue por mucho tiempo.

El jinete cabalga y

El Amo de La Curva bosteza ruidosamente mientras diecisiete bocas pequeñas se abren y se cierran. Mastican y tragan a ritmo endiablado. Hacen desaparecer los cuatro conejos muertos que había descolgado del árbol en menos de lo que se tarda en conseguir otros cuatro. En mucho menos.

Era mucho más fácil cazar en O Courel.

Abandonó el lugar sin más motivo que el hastío de la soledad.

Don Pedro Diablo descendía de nuevo al Infierno pero esta vez con su familia. Cuatro vacas y un ternero. Doce perros y tres ovejas. Dos pistolas y muchas balas.

Descendió de la altura y regresó sobre sus pasos hasta el lugar donde se había criado. Más de la mitad de la comarca del Deza había perecido en aquel fuego químico que el Instructor había comenzado. Más de la mitad de aquella hermosa tierra verde era ahora gris y arena. Como si hubiesen arrancado un pedazo de Sáhara para traerlo hasta aquí. Un cinturón de arena y tierra estéril que terminaba de una manera abruptuosa e irreal. El Bosque del Deza. Algunos árboles viejos y millones de árboles nuevos. Una inmensidad verde oscuro y marrón que parecía crecer día a día solo para luchar contra aquella mole de nada y arena.

Y en medio de allí, de ninguna parte, lo que quedaba de Lalín. Lo que quedaba de Pangea-Lalín.

El jinete cabalga y

Pedro Diablo suspira más pesar que aire. Llama a cada uno de los perros por su nombre. Los acaricia un instante. A cada uno. Les sonríe. Tiene hambre y no de comida. Echa de menos el sabor de la familia.

Ella también se marchó.

La Reina de las Ratas.

La rescató de los bandidos de Cipote Ricardo y la convirtió en su consorte. La convirtió en todo su reino. Le entregó su maltrecho corazón de Diablo. Duró poco. Nadie quiere ser Rey de Nada, ni siquiera la Reina de Las Ratas.

Hermosa y dulce. Una niña casi. Superviviente del naufragio humano. De brillante pelo rojo y trémula piel blanca. Una desnutrida hermosura que solo los ojos del Apocalipsis podrían valorar. Unos delicados pechos, turgentes en su frágil figura, y unas anchas caderas que ni el hambre pudo robarle. Era una niña cuando pagó su precio. Nunca pudo explicarle que por ella el Diablo había perdido sus pistolas.

Se marchó cuando lo hicieron muchos. Aquella niña-mujer a la que había protegido y amado se marchó junto con las historias de Pontevedra y de las ratas. El ejército de aquella reina de su corazón, la única compañía que ella había conocido hasta que llegaron los secuaces del desalmado bandido turolense.

Una niña. Conoció a muchos hombres y de la peor manera.

Y las mujeres no eran mejores.

Aquellas catervas de marranos y marranas, de dos patas, rondaban por todas partes y siempre estaban dispuestas a empeorar la imagen que se tenía de ellos. La Banda de Cipote Ricardo era conocida por no llevarse casi nada. Lo destruían todo.

Quizás fue el pelo rojo o quizás la lánguida y etérea belleza de La Reina, pero con ella fue diferente. No la tocaron. Se la llevaron y fue entregada a Ricardo Bernal, El Cipote Jefe. Él la tomó y la hizo suya. La violó y le robó algo. Ella lo apuñaló con uno de aquellos adornos para el pelo que le habían colocado. Los dos se hicieron sangrar pero ninguno murió.

Sabía que la Reina de las Ratas nunca le juró amor. Solo se lo mostraba. Cada día desde que pagó su precio a un dueño al que ya no le interesaba demasiado. Cada amanecer que despertaban juntos, acurrucados bajo las mantas y apretados piel contra piel. El tiempo suficiente para pensar que todo era verdad.

Se marchó cuando lo hicieron muchos. Cuando las amenazas militares empezaron a tomar forma y las peticiones se convirtieron en robos. Escudo tenía muchas bocas que alimentar y no sabían donde buscar. Varios cientos de militares atrincherados en la isla San Simón, restos perdidos de las unidades desplegadas por toda la comunidad autónoma. Necesitaban comida, cada día, como todos. Encontraron Pangea-Lalín y lo reclamaron. Escudo, la base militar improvisada en aquel peñasco de la ría de Vigo, no aceptó negativas. Llegaron y nadie les hizo frente porque el Diablo había vendido sus pistolas por amor.

Se llevaron más de lo que necesitaban. Se llevaron todos los animales de granja y las pocas reservas de cosechas pasadas. No mataron a nadie, al menos de manera directa. Nadie los detuvo. Una desordenada hilera de mendicantes observando como aquella procesión de cascos y uniformes se llevaba todo lo que ellos habían reunido con esfuerzo. No se llevaron a nadie. Ni siquiera a los que lo pedían.

Se marcharon y los dejaron con dos manos pero sin nada que taparse. Aquellos cuerpecillos de hueso y piel, niños y ancianos, enfermos y renegados, siempre habían estado más inflados de esperanza que de realidad. Cuando las cosas empezaban a mejorar, llegaron para vaciarlos por dentro y por fuera. Llegaron y se marcharon.

La Reina de las Ratas fue la primera en acusarle. Por su cobardía. Por haber dejado que les arrancasen la vida en vida, delante de sus ojos. Por haber intentado negociar con ellos del mismo modo que lo había hecho con Cipote Ricardo. Del mismo modo que aquí lo único que hubiese podido ofrecerles era lo que se habían llevado, le había entregado al bandido lo único que podía usar para defenderse. Lo que debería haber usado para abrirle dos o tres agujeros nuevos. Ella lo acusaba. Le gritaba que lo odiaba, por su estupidez y su necedad. Lo miraba con unos ojos nuevos que él nunca había visto. Él también estrenó otros para empezar a mirarla como nunca lo había hecho.

Dejaron de dormir juntos.

Al Diablo se le pasó el amor. Pensaba.

Al siguiente amanecer

Ella se marchó, con todos los demás. Corrieron a través del desierto para refugiarse tras aquellos muros a los que él había jurado no volver. Se llevaron lo poco que les quedaba, incluso los gatos. Nunca estuvo seguro de si pretendían comérselos o evitar que se los comiese él. Lo dejaron en un refugio vacío, una calle bien protegida en medio de un poblado fantasma.

Intentaron llevarse a los perros, pero muchos regresaron ese mismo día.

Marx fue el primero.

Cuando llegaron tres y cuatro más, pensó que debía salir para asegurarse de que ninguno era atacado a medio camino o moría en el desierto. Abandonó Pangea-Lalín y puso camino al cinturón de arena. Vio como la silueta de la villa fantasma se desdibujaba entre la espesura.

Vio la explosión antes de escucharla. Sintió como todo vibraba a su alrededor y su cuerpo fue lanzado al suelo por la increíble onda expansiva. El cielo se lleno de humo negro y fuego. De polvo y ceniza. De fragmentos de piedra y de sueños rotos.

Nunca supo quién lo había hecho.

Unos militares que preferían no dejar hambrientos vengadores o tal vez un regalo de despedida de la Reina de las Ratas.

Aquella bomba, o quizás bombas, había sido colocada para acabar con Pangea-Lalín para siempre y, de paso, con Pedro Diablo. Lo consiguieron. El Diablo había vendido sus pistolas y al final le habían enterrado en su propia casa.

Encontró a catorce perros y otros le encontraron a él. Regresó por donde había venido, sabiendo que nada iba a encontrar. Se equivocaba. Aquel día nació El Amo De La Curva porque

Encontró La Curva.

La Curva y la casa sin techo que lleva queriendo reparar desde entonces.

El Jinete cabalga y

Él se decide. Hoy es el día. Echa una mirada desdeñosa al montón de troncos que había convertido en tablas y que desde entonces solo criaban moho y verdín. Tendría que limpiarlas antes de usarlas. Si la madera estaba podrida tendría que descartarla. Mejor otro día.

Reúne sus escasas pertenencias en la manta que usa para dormir. La cierra, ata y cuelga a su espalda. Echa a andar por la espesura del bosque dezano mientras diecisiete filósofos y amigos le siguen muy cerca. Diecisiete pequeños y fieles recordatorios de que todavía hay quien necesita a Pedro Diablo. Es una pena que haya muerto. El Amo De La Curva hace lo que puede.

Camina dejando atrás La Curva sin mirar. Si alguien decide quitársela también, él no quiere verlo. Camina, pensando en las trampas que ha colocado y en si tendrá más suerte hoy que ayer o menos que mañana. Marx avanza con sus característicos saltos de tullido habilidoso. Avanza y retrocede. Avanza y vuelve junto al Amo. Lo acaricia un instante y sonríe. Casi juraría que le devuelve la sonrisa.

El jinete cabalga y

El Amo De La Curva lo escucha.

Parpadea asombrado y mira a su alrededor. Diecisiete pequeños filósofos en tensión de pronto. Cascos de caballo. Más lejos, más cerca. No sabe. Pero lo escucha. Y ellos también.

Corre a través de la espesura hasta que todos llegan a campo abierto.

El jinete cabalga y

Ahora también puede verlo. Una silueta a caballo que avanza desde el horizonte. Más rápido cuanto más se acerca. Un sombrero y un caballo de color castaño parduzco. Cada vez más cerca. Un animal grande y un jinete a medio inclinar sobre él. Una silueta borrosa que se transforma en una imagen real más rápido que rápido.

El jinete.

El Amo De La Curva se aparta del imaginario camino que intuye, colocándose allí donde el Bosque Dezano muerde a la vez a la campiña y al desierto provocado. Tiembla y espera, mientras sus perros bailan inquietos de aquí para allá. Ladran y gruñen por instinto. Por el temor que huelen en su Amo.

Desentierra al Diablo, chico.

Desentiérralo y deja que sean sus manos las que sujeten el garrote. Deja que sean sus ojos los que miren este mundo una vez más y su alma sucia la que se manche un poco más por ti. Permite que salga otra vez para proteger a los que lo necesitan.

No esta vez.

El jinete cabalga y pasa a su lado sin detenerse, haciendo vibrar el suelo y las gargantas de sus perros. Un cruce de miradas fugaz en el atronador sonar de cascos.

Lo reconoce al momento. Mientras lo ve alejarse. Es un Cazador.

El jinete cabalga y

Tira de las riendas. El caballo relincha y se detiene bruscamente. Unos veinte metros entrado en la Zona Muerta. Sin que sus perros dejen de ladrar, se detiene en el borde mismo a observar aquella figura. Se bajan rápidamente. Él y una niña que ha aparecido de la nada, de entre un montón de mantas que llevaba a su espalda mientras galopaba.

Al caballo le fallan las piernas y se desploma. En el suelo y con espuma en la boca. Moribundo. Aquella carrera lo había reventado, literalmente. Furioso de pronto, el Amo De La Curva avanza a pasos acelerados. Por primera vez en mucho tiempo se adentra de nuevo en el desierto, con el firme propósito de castigar aquella salvajada que acaba de ver. Diecisiete filósofos que le siguen muy cerca, recelosos de la arena muerta bajo sus pies y de aquella extraña visión a la que se acercan.

El Amo De La Curva se detiene. A dos pasos.

Lo reconoce. Es ése Cazador. Arco y flechas. Pelo del color del oro viejo. Ojos azules. Sonrisa peligrosa cuando sonríe, mucho más peligroso cuando no.

Retrocede un paso. Retrocede dos pasos.

La cuerda tensa y una flecha que le mira a los ojos, del mismo modo que lo hacen el Cazador y aquella esquelética niña.

Retrocede tres pasos.

Dos ojos azules que siguen igual que siempre. Sigue mirando de la misma manera. Incluso después de haber visto el Infierno como lo había visto El Amo De La Curva.

El arco baja, sin previo aviso. El gesto del Cazador se relaja. No se lo esperaba.

- ¿Tú no eres Pedro?

No retrocede más. Asiente lentamente, dudando.

- ¿Pedro López, el panadero-filósofo de Lalín?

Hace mucho tiempo, pero sí. Asiente de nuevo.

- Hay que joderse. ¿De dónde coño sales, tío? Pensamos que habías muerto hace años.

Zonadictoz

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2 thoughts on “Capítulo X: Filósofos perdidos

  1. Breixo Lopez Garcia dice:

    Se nota que eres de esas tierras, igual que el panadero…. que le dio igual todo, “a mi plin, que soy de Lalín”. Lo siento tenía que hacer el chiste, por lo demás, que decir que un capitulo muy entretenido. Me encantan los perros-filósofos.

  2. Montse dice:

    Ya era hora que saliera el jinete con la niña… aunque al principio me pensava que la cosa tiraria haciaun estilo de “el pasaje” de justin cronin o “soy leyenda” (el libro. Nola peli…) los rodeos que leestas dando son geniales porque no veo por dondearas ir la historia, tengo ganas deleer ya el progimo capitulo a ver..

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