Capítulo XI: Shah mat

- El mundo es nuestro ahora, Francis. Nuestro. Tuyo, mío y de los otros. De mi hermano y de los que vendrán detrás. Mira y dime qué ves. ¿Límites? ¿Dónde? ¿Fronteras? Ya no las hay. Si las queremos yo las dibujaré. Vosotros le daréis forma para mí. Podemos, si le echamos pelotas. ¿Naciones? Ya no. Ya no más. Lo intentarán pero estaremos ahí para impedírselo. No importa cómo tengamos que hacerlo, ya lo sabes. Lo haremos y punto. Lo que sea necesario, como siempre. El mundo es ahora un folio en blanco, dispuesto para que escribamos la mejor historia jamás contada. Y el prólogo será un bonito cuento de venganza desde el más allá. No permitiremos que nadie que lo merezca quede sin castigo. Colgaré a todos los responsables de la evacuación y a sus familias, con mis propias manos, tan pronto tenga oportunidad. Niños o ancianos. Mujeres o inocentes. Bailarán todos en la cuerda para mí. Todos los vivos. A los muertos los desenterraré porque no se merecen la tierra en la que descansan. No se merecen nada. No se merecen descansar en paz, Francis. Vivos y muertos se merecen todo lo peor que podamos imaginar y más aún…

…¿me estoy volviendo loco, tío?

La charla en el Pico del Muerto se desdibuja. En sus ojos y en su memoria. Los rostros reconocibles se difuminan y envejecen de pronto. El cielo abierto muere y el antiguo puesto de vigilancia contra incendios se desvanece. Las imágenes de las impresionantes vistas de todo el refugio desaparecen astilladas, rotas y pintadas del color de la piedra de un lugar diferente. Una habitación cerrada, llena de gente. Un lugar familiar como el anterior. Un lugar triste de su memoria, como el anterior.

- ¿Qué habéis hecho, malnacidos? Espero haber escuchado mal vuestras palabras. No puedo creerme que hayáis sido capaces.

Aquella voz. Nunca supo explicar bien por qué le tenía miedo a aquella mujer. Tal vez porque pensaba que podría arrancarle la cabeza con una de sus famosas bofetadas. Pelo blanco y corto. De su misma estatura y de espalda ancha. De ojos expresivos, a veces tiernos, a veces fríos, pero casi siempre acusadores. Eran ojos de madre. No la suya. Peor. Era La Presidenta.

- Hemos hecho lo que hemos hecho. Ni vamos a repetir nuestras palabras ni a explicarlas. No somos niños. Estamos todos aquí pero solo me castigaréis a mí, si queréis castigar a alguien. Solo yo he sido el responsable.

Francis y los otros cuatro no se miran entre sí. Solo callan.

El dueño de la voz avanza. Aquel amigo da un paso al frente, con la cabeza alta y el pelo negro sucio y enmarañado. Sucio como él mismo. Como todos ellos hoy. Da un paso al frente y golpea el suelo con el mango metálico de Breogán. Nunca una guadaña fue moldeada con forma tan retorcida y extravagante y jamás ninguna recibió un nombre más gallego que aquel. Aquel día resonaron las paredes con el metálico lamento de aquella poca delicada y oblicua cruz de acero refundido.

“¿Es una pasada verdad? Es un poco pesada pero puedo pelear con ella, si es lo que te preocupa. No es cómoda pero cuando la llevo es como si fuese un rey. Soy un Rey, Francis. Y mi corona es una guadaña.”

Rey. Se había cansado de escucharlo. Él y todos. Tantas veces que empezaba a creerlo. Él y todos.

Todas las miradas puestas en ellos. Uno adelantado y cinco detrás, en fila. Más parecido a un paredón que a una asamblea popular.

- ¿Cuántos eran en total? ¿Los contasteis?

El Rey ladea la cabeza y carraspea. Francis conoce el gesto.

- Por supuesto que los contamos. Los pasamos a todos a cuchillo. Eso se hace de uno en uno. De uno en uno. Así hasta cuatrocientos veintitrés. Aunque a uno lo ahorcamos.

La sala se llena de murmullos y miradas a medio camino entre el horror y la sorpresa. Todos en segundo plano menos La Presidenta y El Rey.

- ¿Por qué lo hicisteis?

- Al parecer era el militar de más alto rango que quedaba en Figueirido y fue a quien encargaron de los refugios de Vigo y Pontevedra. Todo lo que pasó allí fue, en parte, culpa suya. Se lo merecía. Se merecía mucho más.

- Eso no, Adrián. Pregunto por qué matasteis a tantas personas que no nos habían hecho nada.

- ¿Qué no nos habían hecho nada? ¿Vamos a tener de nuevo esta conversación? ¿Necesitas que busque testigos que cuenten sus historias? Supongo que todos las conocemos así que con dos o tres deberían bastar. ¿Os apetece llorar, no?

- Silencio. Habéis roto más de nueve meses de paz. Habéis sido los primeros en derramar sangre. En nuestro nombre además. Ellos se habían retirado y alejado cuanto podían. No hacían daño a nadie. Estaban encerrados en una isla y

- Aún así nos atacaban cuando y cuanto podían.

- No está probado. Estaban demasiado lejos para ser los responsables de los últimos ataques.

- ¿Y Lalín?

- Lo que ocurrió en Lalín se explica de la misma manera. Sabes que hay cientos de bandidos que van de aquí para allá. Algunos grupos son especialmente peligrosos. Incluso los refugiados lo entendieron, pero se ve que vosotros no.

- Se ve que no.

La Presidenta suspira, quizás más consternada de lo que le gustaría.

-Dime, ¿cuánto tardasteis en llegar a San Simón? ¿Una semana?

- Tres días y tres noches. Casi un día entero nadando. Y mereció la pena. Os aseguro a todos que dejar que se hiciesen fuertes en aquel lugar hubiese sido más peligroso. La gente empezaba a llamarlo Escudo por las defensas que estaban reuniendo. Un islote remoto y una antigua cárcel llena de militares y armas. Inexpugnable. Tonterías. Nosotros rompimos el escudo. ¿Qué deberíamos haber hecho? Los habíamos expulsado de nuestras tierras, ¿por qué no dar un paso más?, ¿por qué no dar el definitivo?

- Por qué hay cosas que ninguna persona debería hacer. ¿Es que no tienes conciencia, hijo mío?

- No, madre. Júzgame como a un desconocido desalmado. Juzga el crimen y no la persona. Júzgame como a un rey que ha hecho lo que ha hecho para proteger a su pueblo.

- Pues así será.

Y así fue.

Todo parecía inmediato y reciente. Demasiado reciente. Solo escuchar aquellas voces le hacía estremecer. Solo recordarlas le hace estremecer.

Se estremece. Pero de verdad.

Abre los ojos y contempla un pequeño trozo de cielo azul despejado y mordido por unas nubes blancas y tiernas, enmarcado por unas alargadas paredes de tierra. La imagen dura menos que el tenebroso calambre de dolor que le recorre de pronto desde los pies hasta la base de la nuca. Cierra los ojos. Un segundo. Los abre. Débilmente. Recortadas en luz, al final de aquellas paredes, unas siluetas que empieza a distinguir más claramente. Dos y tres, cuatro y cinco cuerpos desnudos. Apestosos. Sus culos, concretamente. Inclinados sobre el agujero. Un sexto está dibujando una pequeña parábola dorada que cae hacia abajo y que no ve, pero sí siente, caer. Salpicaduras tibias y desagradables. Intenta moverse pero el dolor lo atraviesa de arriba a abajo como un disparo preciso. No recuerda haber estado nunca en la letrina de unos Apestosos. Esto tiene que ser real. Lo que no entiende es cómo ha llegado hasta aquí.

Respira muy despacio mientras sus sentidos regresan lentamente hasta él, del mismo modo que poco a poco su cuerpo empieza a despertar de aquel misterioso shock. A medias. Nota unos desagradables calambres en la pierna derecha y nada absolutamente en la izquierda. Eso es más sospechoso. Mueve ligeramente los dedos de las manos en aquel lodo negro. Lo intenta con los de los pies. Ni los de uno ni los del otro. Mal asunto. No puede moverse más. No quiere moverse más. Otros tres Apestosos se han acercado al agujero para atender sus necesidades. Puede verlos. Los escucha. A ellos y a otros muchos.

No sabe exactamente dónde está ni cuantos hay fuera. Menudo despertar. Como los de los viejos tiempos.

Espera a que termine la lluvia de desperdicios humanos. Espera a que no lleguen más. Desespera mientras más y más aparecen y mientras el nivel de aquel pozo de lodo sube por momentos. Pronto le cubrirá las orejas. Tantea con las manos, por debajo de la inmundicia. Algunas piedras. Nada más. Y de pronto, una mano tan fría como la suya. Joder, allí hay más gente.

Aparta la mano y cierra los ojos. Espera unos segundos y los abre.

No puede ser.

Arriba los Apestosos le conceden una tregua a sus necesidades y a él. Aprovecha para remover hasta encontrar de nuevo aquella mano. Allí está. Viscosa e inerte. Tira de ella. Sin respuesta. Alza su brazo y su mano sin soltar la otra, hasta que ambas abandonan el barro con un chapoteo y un sordo sonido de succión. Tchup. La mira. Negra. No sabe si por la inmundicia o no, pero allí está. La suelta. Tchap. Aquello no tiene ningún sentido.

¿Dónde coño está?

Cierra los ojos y se deja llevar. El desconcertante zumbar de su cabeza lo empuja a una duermevela lenta y eterna. No tan eterna. Sueña y no. Con los ojos entreabiertos, mientras el nivel de inmundicia sube hasta cubrir sus orejas del todo. Mientras ve pasar más y más Apestosos a contraluz y mientras más y más imágenes perdidas en la memoria se deslizan a hurtadillas frente a sus ojos. Más y más de aquellas voces trágicas llenan sus oídos con diálogos ya escuchados de escenas ya vividas.

- Bueno, La Presidenta tiene razón en algo. Si hubieses sido tú te habrías mandado colgar. Sin pestañear. Visto así no es tan grave. Puedes ir a donde quieras.

- No tiene gracia, Manuel. Está cargando con nuestra culpa y eso no está bien. Tendrían que expulsarnos a todos.

- Vaya, hombre. ¿Y quién sale ganando con eso?

- La justicia, creo.

- Eres un iluso, Javi. No pidas justicia a estas alturas.

- Mejor tarde que nunca.

Dos de seis que hablan. Tres de seis que solo miran y escuchan. Uno que se pasea de aquí reuniendo toda una suerte de equipaje variopinto en un minúsculo carro de dos ejes. Francis observa y calla. El resto de los ciudadanos parecen haberse esfumado. No quieren ver nada de esto. No van ni a despedirse.

Intenta escapar a otro recuerdo mejor. No lo consigue. Solo adelanta lo inevitable. Francis nota la mirada de los sencillos ojos castaños del Rey. Ha terminado con el carro. Camina hasta detenerse frente a ellos. Frente a él.

- Tranquilo, tío. Tranquilos todos. Ya nos veremos por ahí fuera, seguro. Como alguno se ponga a llorar me marcho riendo y sin despedirme. Creo que sería mejor porque la verdad es que no sé qué decir…

Estaba más tranquilo que ellos. De hecho parecía que tenía más prisa que ellos, como siempre.

…Intentad quedaros todo el tiempo que podáis. Ahora que ya no somos necesarios creo que es cuestión de tiempo que os acaben echando a vosotros también. Por cualquier motivo. Haced lo posible para que ese momento no llegue o lo haga cuanto más tarde mejor. Encargaos de que todo el mundo siga con el programa de aprendizaje, por favor…

Ha desaparecido mucha gente y con ella muchos oficios. Mucha sabiduría que nunca podrían recuperar. Todos lo sabían ya entonces, no era necesario repetírselo.

…No podemos perder más conocimientos. Por otra parte, supongo que lo de los Cazadores acabará cayendo en declive antes o después. Intentad convencerlos para mantener siempre un número aceptable de defensas. Y ya me entendéis con aceptable. Nada de cuatro gordos haciendo guardia. Mantened las cosas en orden, por favor.

- No somos críos, joder. Vete de una puta vez.

Malhablado cabrón. Incluso con aquella ancha sonrisa de medio irlandés, sus palabras eran hirientes hasta para terceros. Aunque existe gente que viste chalecos a prueba de idiotas.

El Rey sonríe y sacude la cabeza.

- Es verdad, es verdad. Me estoy alargando demasiado. Supongo que me preocupa marcharme y que esto explote a mis espaldas o algo así. Tenéis razón. Puedo confiar en vosotros. Estaremos bien, todos. Todo se arreglará, algún día. Y mientras tanto somos libres. Mejor así. Mantened siempre la cabeza alta. Hasta la muerte, si es necesario. Cuando lleguen las horas bajas, que llegarán, sacad fuerzas pensando en todo lo que hemos hecho. Nosotros no podemos morir de cualquier manera. Elegid bien antes de dejaros matar. Bueno…

Traga saliva y baja la cabeza. Esquiva las miradas ahorrándole a ellos tener que rehuir la suya.

…la cosa es que quiero que os cuidéis mucho. Los unos a los otros, si podéis. Y quiero que cuidéis a mi hermano, mientras se deje. Chicos…

…nos vemos en los caminos.

Y se giró. Les dio la espalda a cinco hombres adultos que tenían los ojos secos pero las gargantas anudadas. Era un momento complicado para todos. Camina con Breogán en la mano y se sube al banco del carro. Se anuda la bandana sobre la boca y se coloca aquel absurdo sombrero de cowboy que tanto le gustaba. Desde que lo había conseguido no lo había soltado y esa era la última imagen con la que iban a recordarle. Botas de goma verde, sombrero de cuero viejo, bandana y guadaña. No mira atrás. Sacude las riendas y aquel penco negro, ancho y robusto, empieza a avanzar. Se alejaba. Se marchaba para no volver. Sin que ninguno de los cinco supiese qué decir. El Rey cruzó las puertas y quedaron mucho tiempo abiertas. El Rey desapareció en el polvo del desierto y ellos todavía no encontraban las palabras.

Francis cerró las puertas.

Cada uno de los cinco se marchó del lugar y ninguno dijo nada. En varios días.

¿Qué decir cuando el propietario se marcha y regala la casa?

¿Qué sentir?

No hay palabras.

Ni respuesta.

Ni siquiera a día de hoy, tanto tiempo después.

Unos veinte años, según el chaval. Qué barbaridad. Pensar en estas cosas lo envejece por momentos. Es un mal vicio. Peor que los otros. El chaval tenía razón. “Vives en el pasado, viejo”. No puede seguir así. No puede ser. Por correr mirando solo hacia atrás había acabado dentro de una letrina para Apestosos. De ahora en adelante solo prestaría atención al camino frente a sus pies. No sería fácil. Había algo en los recuerdos, incluso en los peores, que hacía agradable el recuperarlos una y otra vez. Puede que la sensación de conservar aquello que lo hacía ser él mismo. Puede que la simple compañía de muchos de estos recuerdos. Puede que nada. Puede que todo. Puede que sea un defecto de todos los que se hacen viejos.

Recuerdos.

- ¿Y si te digo que cada día agradezco que vivamos el Apocalipsis?

- Entonces sí te diría que estás un poco loco.

- ¿Por qué? ¿No te sentías tu un poco inútil antes de todo esto? ¿No sentías que todo en tu vida vagaba un poco sin rumbo y hacia ninguna parte? Trabajo y rutina. Algo de ocio. Algo de relaciones sociales. Todo un poco monótono. Como si nuestra vida no tuviese más valor que el que quisiésemos darle. Somos la generación a la que se nos dio todo y con todo conseguimos nada. Somos la última generación que guarda buenos recuerdos de la infancia. A los que vengan ahora les tocará luchar desde muy jóvenes. Nosotros crecimos con la mayor prosperidad, sí. Al precio de que nos lo recordasen a cada paso. Cualquier mínimo éxito era aplacado por los del pasado, tiempos en los que el todo y el nada valían más. Cualquier mala experiencia era comparable, y desdeñable, con esas que escuchábamos de bocas conocidas o veíamos en las películas o leíamos aquí o allá. Como si eso arreglase algo. Era algo del tipo ¿te encuentras mal? Tranquilo, alguien lo pasó mucho peor antes que tú. A mi no me aliviaba. No más allá del saber que todo, y digo todo, es humanamente soportable. No me aliviaba. Nunca jamás. De hecho, me hacía sentir un poco culpable. Y eso no está bien. Cada cual tiene sus sensaciones. ¿Y nuestras experiencias? ¿Las hacía eso menos malas unas, o menos buenas las otras? Yo creo que no. Cada cual debería vivir su vida sin más. Sin compararla con la de nadie, pasado, presente o futuro. Cada cual debería intentar vivir su vida sin joder a nadie. Como mucho intentando que no lo jodan, ya sabes.

- Se que la próxima vez que te deje fumar te traeré una libreta y un lápiz. A veces hablas muy rápido, tío.

- Es que los reyes siempre tienen mucho que decir.

Intenta ponerle rostro a la sonrisa que recuerda e intenta sonreír él. Es más fácil lo primero. El Rey sonreía a menudo desde el Apocalipsis.

Él lo conocía casi como a un hermano o mejor. Mejor que a sus hermanas de sangre, al menos. Era un poco raro, incluso para los amigos. Hacía planes, listas y millones de post-its con tareas pendientes. No siempre era información pública, pero bastaba con visitar la habitación de su casa y echar un vistazo a cualquier pared. Las tenía casi empapeladas con kilos de notitas multicolores de diferentes tamaños. Un estratega puro. O un trastornado. Y eso era antes del Apocalipsis. Menudo tío. Al final casi nunca nada iba del todo según sus planes pero disimulaba bien. Modificaba estrategias y al final conseguía lo que quería. Casi siempre. Cada vez era más tenaz y se sentía más confiado en sí mismo, del mismo modo que su causa era cada vez menos humana. Cada vez el Rey era un poco más rey y menos amigo. Por eso aquellos recuerdos de noches que los dos robaban a sus obligaciones eran tan valiosos. Eran recuerdos de la persona y no de la figura que representaba en el ajedrez de la vida.

Ajedrez. Le encantaba. A Francis no mucho. A casi ninguno de los otros cuatro, tampoco. Lo veían jugar a veces con El Ingeniero pero siempre frente a una botella de algo bueno. Incluso así, para los demás era un juego demasiado lento.

Al Rey le encantaba.

Contaban en el refugio que pasaba las horas muertas en las que debería dormir encerrado en su dormitorio frente al tablero, jugando contra sí mismo y sus posibilidades. Pasaba las horas frente a un tablero en el que sólo había piezas negras.

Y él era el Rey.

- No te entiendo.

- Digo que no tienes razón. No todos somos como piezas de ajedrez. Sería demasiado sencillo clasificar a la gente así.

- Es que tienes que simplificar. Buscar cualidades o defectos, simplificarlos hasta lo básico y compararlos con los de cualquier figura.

- Lo dices como si fuese sencillo. A ver, dime, ¿qué pieza soy yo entonces?

- Una torre, Francis. La Torre Derecha. Jugamos negras, por supuesto.

- Así porque sí, ¿no? ¿Puedo saber por qué?

- Mejor no, es probable que no te gustase la explicación.

- Qué casualidad. Bueno, supongo que es mejor que ser un peón.

Termina de llenar la pipa y es el primero en encenderla. Tose mientras se la pasa a aquel rey que todavía está manchado de tierra y huele a estiércol. Como casi todo el mundo en el refugio aquel día. Época de siembra.

“Nadie debería hacerse llamar gobernante, líder, rey, presidente, o lo que sea, si no trabaja la tierra, alimenta a los animales, come, suda, sufre y padece lo mismo que el más pequeño de sus súbditos. Yo no quiero ser esa clase de persona.”

Lo escucha toser.

- Los peones son las piezas más importantes del ajedrez.

- Pero son pequeñitos. Las torres son altas y se mueven más. Valen más puntos.

- Un peón puede convertirse en una reina o en lo que quiera solo con avanzar lo suficiente. Diez peones podrían convertirse en diez reinas, aunque sea complicado. Una reina vale más que casi todo y que todos. Es la figura más versátil del ajedrez. Pero yo nunca la utilizo. Por eso las torres también son importantes, sí. Siempre las uso para terminar la partida. Soy un poco predecible, supongo.

- Creo que ya está bien de ajedrez por hoy. ¿Y si hablamos de otra cosa?

- Tienes razón, no más ajedrez. ¿Sabes que mi madre se presenta a la presidencia del Consejo?

- Todo el mundo lo sabe. Va a ganar seguro. Los otros dan risa y ella un poco de miedo.

- A ti siempre te ha dado miedo, tío. A mí empieza a dármelo ahora.

Nota como el lodo negro le araña las mejillas y la comisura de la boca.

Tiene que hacer algo.

Se empuja sobre sus brazos y se eleva sobre el fango, mínimamente. Sin abrir los ojos se permite un segundo de oración a un dios en el que nunca creyó para que la extraña mezcla de picores, hormigueos y dolor punzante que le llega desde sus piernas signifique que pronto serán suyas de nuevo. Muy despacio, y rezando nuevamente para que nadie lo advierta, se desplaza hacia atrás sobre flotando en aquella pasta negruzca. Está más allá del asco ahora mismo.

Se desplaza utilizando solo sus brazos hasta que toca con la espalda en una de las paredes. Se permite alzarse un poco más. Abre los ojos muy despacio. Ningún Apestoso cagón ni meón a la vista. Escucha mucho ajetreo arriba pero al menos nadie se ha dado cuenta de su minúscula escaramuza.

Ahoga un quejido al encoger las piernas. ¡Aleluya! Ahí están sus piernas, suyas de nuevo. Duele, pero es mejor eso a no sentirlas. Eso significa que tiene algunas posibilidades. Eso significa que tiene que empezar a pensar.

Necesita salir de allí como sea, antes de que lo vean y antes de ahogarse en asco.

Se pasa las manos desde el abdomen hasta el cuello, deteniéndose en el pecho, a la altura del corazón. Prefiere no abrir el bolsillo. Sabe que el único hueso que no puede curar es el de la pipa hecha a mano por su padre. Prefiere no mirar ahora mismo. En lugar de eso, sus manos suben hasta el cuello y buscan el ligero cordón de nylon. Tira y la pequeña bola de pimpón que colgaba bajo su ropa, ahora más mugrienta que nunca, sale con un pequeño alarido blanquecino en medio del negro y marrón. Debería estar cubierta por un trozo de trapo. Da igual. Está entera, por suerte. Busca el punto donde la bola fue perforada y sellada con cera. Arranca el tapón con las uñas y echa un vistazo al interior. Las diminutas astillas de vítreo azul celeste se agitan ahora que tienen sitio.

Se lleva la bola a la boca y se traga su ración de emergencias de metanfetamina casera.

Y algún trozo de cera, pero que más da.

Que sea lo que dios quiera, si es que hay dios y si es que quiere algo.

Cierra los ojos y espera. No va a tardar mucho en notar el efecto. Si tiene alguna posibilidad de salir del agujero va a ser entonces y solo entonces. Si es necesario contará los Apestosos que hay fuera uno a uno. Uno a uno, como decía el Rey. Cierra los ojos y espera.

- Me preocupa lo de “El Rey”, tío. Empieza a creérselo de verdad. No sé si lo que hacemos está bien. ¿Por qué no nos explica nada? Esto empieza a parecer una dictadura.

- Te entiendo. A mi también me preocupa, Javi, pero… ¿tú sabes cómo decírselo?

- Pues no, Fran.

- Entonces cállate y vuelve al trabajo. Ya veremos qué ocurre.

Y los dos siguieron apilando bloques de hormigón sobre la espesa capa de cemento fresco. Dos trabajadores entre cientos, todos con la misma tarea.

Qué joven era el muro entonces. Más aún que todos ellos.

Esto empieza ahora.

Cosquilleos agradables que le recorren de dentro a fuera. De arriba a abajo y alrededor. El dolor se evapora muy despacio opacado en una nube de estimulantes químicos.

Pero todavía está empezando.

Empieza a sentirse bien. Es una novedad, teniendo en cuenta su situación. Sonreiría, pero no quiere arriesgarse a que le entre algo en la boca. Era lo que le faltaba. Como diría el malhablado Alex: “tragar mierda literalmente”.

Qué buen material.

El mejor, como siempre.

Como nunca.

Si hubiese sabido o podido fabricar algo así antes del Apocalipsis, se lo habrían quitado de las manos. Jamás habría tenido problemas de dinero.

El maestro de química descubrió sus talentos un poco tarde y justo a tiempo.

¿Cómo se llamaba el tío calvo que se dedicaba a fabricar metanfetamina en la serie aquella? No consigue recordar ni el nombre del programa ni el del personaje, pero siempre le gustó. El Profesor nosequé. Le gustaba. Incluso el sombrero y las gafas. Hubo una época en la que quería parecerse. Ahora se parece un poco aunque no le importe nada. Pero no eran iguales. Francis no era calvo. Si no le crecía pelo era por el tatuaje. Que quede claro.

Arrancando motores.

Abre los ojos a un cielo mucho más azul que antes y no distingue siluetas. Descubre asombrado formas familiares en unas nubes cada vez más esponjosas. Siente la calidez de la fuerza recorriendo su cuerpo y no le importa ni un poco que sea inducida por drogas. No es tiempo de prejuicios. No es tiempo de límites, ni siquiera para los cuerpos humanos. Si los enemigos eran más y mejores, ellos tenían que mejorar. Como fuese.

Se pone en pie y un cosquilleo le recorre de arriba abajo. Tendría que ser dolor y en lugar de eso casi le hace sonreír. Qué buen material.

Recuerda mirar arriba y escuchar por si lo han descubierto. Un poco tarde. Pero ha tenido suerte.

Se da cuenta de que un silencio inquietante se ha formado alrededor del agujero. Ya no pasos descalzos sobre el barro y ni un solo gruñido o murmullo. Ni un solo visitante más a la letrina.

¿Se han ido?

¿Ha tenido tanta suerte?

No espera más para averiguarlo. No puede. No ahora.

Escala como un joven por la pared de tierra húmeda, hundiendo las manos y los pies disfrutando el cambio de texturas. Mucho mejor que de donde viene. No más lodo negro y viscoso. Desgrana la tierra entre los dedos mientras asciende, recreándose. No le importa si allí donde termina la pared y empieza el cielo azul le espera un ejército preparado para matarlo o si encontrará los restos de su partida. No ahora. Se siente bien. Hacía mucho tiempo que no tomaba anfetas y nunca probó ningunas que no hubiese sintetizado él. Nunca le interesaron hasta que las necesitó. No puede ser malo echarlas de menos.

- Necesito que aprendas a hacer drogas y medicamentos. Todo lo que puedas y en cantidad. Tenemos médicos pero pocos que puedan servir para esto. Pídeles consejo, de todos modos. Aprende y fabrica de todo, en serio. Si tenemos los productos químicos, úsalos. Si no los tenemos, te los conseguiremos. Dinos que plantas o herramientas necesitas, lo que sea. Tenemos principios activos y cosas de esas, pero necesitamos medicinas, Fran. Y la gente necesita droga. Se están volviendo insoportables.

- Supongo que por la cárcel no hay que preocuparse a estas alturas. Está bien. Líbrame un tiempo de los mocosos y me pondré a ello.

- No, Fran. Aprende y que aprendan ellos también, los que puedan. Que no te frenen. A los que no les veas mañas envíalos con El Ingeniero y El Conductor, me parece que tienen pocos alumnos y a los pequeños también les vendrá bien saber mecánica. A ver si alguno descubre su vocación.

- ¿Y tu hermano? Hace dos días que no lo veo. ¿Ya no está a mi cargo?

- Tiene otros asuntos que atender. Le he regalado el cachorro de lobo que encontraron moribundo junto al muro el otro día y ocho perros de caza que van a querer odiar al pequeño desde ya. Quiero que aprenda a mantenerlos en orden y a proteger al débil. Quiero que sepa cuidarlos a todos de las diferentes maneras que necesitan cada uno de ellos.

- Menudos encargos más raros. Un día tu hermano te va a mandar a la mierda.

- Es probable.

Pero el chaval no lo hizo nunca. El destino lo hizo por él.

Clava los codos al final de la pared. Allí donde deja de ser pared de agujero y empieza a ser suelo. Tira y tira, se arrastra centímetro a centímetro. Gime y patalea. Sus manos resbalan. No le fallan las fuerzas pero nota como se desliza poco a poco hacia debajo de nuevo. No, no y no. No, por favor.

Al final consigue izar su propio cuerpo y cae de rodillas sobre aquella resbaladiza y repisada tierra que quería devolverlo al lodo negro.

EISENHAIM. Profesor Heisenberg, o algo así. Vislumbra el nombre por un segundo, mientras respira agitadamente y parpadea mirando aquel suelo lleno de huellas descalzas. Le gustaría pararse a descansar pero ni puede ni quiere ahora mismo. Las energías prestadas le invitan a moverse rápido y desaparecer en dirección contraria a la manada que se le estaba cagando encima, sea cual sea.

De momento no va a seguir respirando aquel vapor tóxico que emana de cada centímetro de su piel y ropa. Se desnuda. Del todo. Empieza a limpiar la suciedad que se le ha quedado encima utilizando pequeños puñados de hierba y verde que arranca aquí y allá. Busca un buen árbol y empieza a golpear cada prenda con saña contra la madera indefensa, a fin de dejar atrás la mayor cantidad de mugre posible. Termina con la ropa y vuelve a arrancar puñados de matojos para limpiarse las salpicaduras marrones y negruzcas que han aparecido por todo su cuerpo.

Si esto le hubiese pasado antes del Apocalipsis aun estaría vomitando veinte años después, seguro.

Anuda las prendas una a la otra y a otra y a otra y luego se las enrolla a la cintura. No tanto por tapar sus vergüenzas como por no dejar atrás la única ropa que tal vez pueda encontrar. Al fin y al cabo no hay nada que tapar si no hay nadie para mirar.

Y entonces se da cuenta de que si hay alguien.

Repara en aquella figura joven y menuda que lo observa desde una prudente distancia. La cabeza ladeada y una expresión confusa y desconcertada en un rostro huesudo e infantil. Alargado y frágil. Mediría un metro y veinte o algo más pero si se pusiese de perfil sería difícil verlo. Seguramente no pesaría más de treinta kilos. Tenía el pelo de color castaño, largo y anudado en una especie de lazo. Un niño Apestoso. Un Apestosillo. Un Apestoniño.

Con un baño, unas tijeras de podar y unas clases intensivas de dicción casi podría pasar por un niño normal. Casi.

No era un niño normal, sin duda. Era muy joven. Mucho. Entre cinco y doce años, así a ojo y sin mojarse. Tenía que ser un Nacido Libre. Un Nacido Salvaje. Estas eran las nuevas generaciones que poblarían la Tierra. Como decía Manuel, “no está tan mal si te gusta el nudismo”.

Se miran, el uno al otro y el otro al uno. Ninguno dice nada porque ninguno sabe qué decir y porque además uno no sabría cómo decirlo. El otro prefiere callar y ver qué ocurre. El niño salvaje observa sin comprender del todo lo que ha visto. No alcanza a razonar si aquel viejo desnudo y sucio es uno más que se ha quedado atrás o si ese extraño comportamiento que acaba de ver significa algo. No entiende mucho a los Apestosos, pero eso tiene que ser.

No va a esperar a ver si se decide a abrazarlo o a gritar para llamar a la manada.

Le tira lo primero que encuentra.

Una piedra

Demasiado grande, quizás. O demasiado pequeña.

Pero la observa de reojo mientras vuela, del mismo modo que contempla en segundo plano aquellos dos ojillos abriéndose mucho y un cuerpo que intenta ponerse en movimiento demasiado tarde. Se gira lo suficiente para que la piedra de medio kilo impacte en el centro de su espalda. Lo observa todo en segundo plano porque mientras corre solo presta atención a no caer de nuevo en el agujero.

Llega chapoteando cuando el Apestosillo empezaba a retorcerse y a chillar dolorido desde el suelo. Apoya la rodilla en su espalda y le tapa la boca. Lo aplasta contra el barro.

¿Y ahora qué hace?

¿Y si lo adopta?

El chaval se había llevado a una niña salvaje y parecía dócil. No les iba mal.

Él también podía intentarlo.

Y entonces le muerden la palma de la mano hasta hacerle sangre y arrancarle un trozo.

Ni lo piensa. Gruñe y se pone en pie. Lo escucha chillar y llorar, asustado o enfadado. No más enfadado que él, en todo caso. Aquel viejo de cráneo tatuado arruga el entrecejo y la nariz en profundo gesto de asco. Se inclina, agarra una pierna y un hombro. Lo alza en peso. Por encima de sus propios hombros. Echa a andar. Lo nota sacudirse y gritar mientras él camina. No puede hacer nada. Él se lo ha buscado.

Nunca muerdas la mano de quien puede salvarte o condenarte a morir.

Y menos si está puesto de metanfetaminas.

Se detiene.

Sin mirar abajo ni detenerse a pensarlo, mueve sus brazos y lanza al niño salvaje con toda su fuerza hacia el fondo del agujero. Para cuando escucha el chapoteo sordo y el crujido, ya camina alejándose de allí.

Ni quejidos ni lloros.

Así deberíamos morir todos.

Camina sin elegir dirección porque todo está lleno de huellas descalzas como las suyas.

A los tres pasos se siente mejor.

A los cinco pasos ni siquiera recuerda al niño-salvaje-muerto.

A los diez pasos empieza a recordar su misión.

A los cuarenta encuentra un pequeño trozo de tela que reconoce enseguida. Le falta un pedazo pero incluso así. La sacude y escurre entre sus dedos. La limpia, como puede. La Bandera. Sonríe. Casi puede escuchar el himno. No busca un lugar mejor para colocarla. Sobre el cráneo tatuado, atándola con un nudo en su nuca y dejando aquella franja oblicua de celeste cruzando su cabeza en diagonal. Siete cruces blancas por siete grandes ciudades gallegos. Siete cruces blancas por siete refugios caídos.

A los noventa y un pasos encuentra su rifle. Su rifle y nada más. Ni mochila ni cecina ni nada más que huellas sobre el barro. El trozo que le faltaba a la bandera sigue atado al gatillo.

Lo sujeta por el cañón y empieza a caminar utilizándolo como bastón.

A los ciento veintitrés pasos las huellas sobre el barro desaparecen.

Se siente mejor a caso paso mientras el efecto de la fuerte dosis sigue embotando sus sentidos. Cuanto más dure, mejor. A ver si llega a alguna parte antes de volver en sí del todo.

Doscientos veinte pasos más sobre el barro y el camino termina abruptamente en una espesa e irreal pared de bosque, verde, marrón y nada más.

Francis deja el camino.

Y sigue avanzando.

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One thought on “Capítulo XI: Shah mat

  1. Breixo Lopez Garcia dice:

    Vaia liada, bueno mejor dicho que narración mas bien conseguida, un poco liosa a veces, pero muy bien hilada. Lo cual también es su defecto, porque eso hace que al principios no sepas donde acaben los recuerdos y empieza lo actual.
    Joer y eso solo por caer en una tumba, pobre viejo…

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