Capítulo XII: Mi agenda

Quiquiriquí. Abre los ojos.

Quiquiriquí. Carraspea.

Quiquiriquí. Tose.

Aparta las mantas de un manotazo y se yergue muy despacio. Se sienta en el borde de la cama y se pasa las manos por la cabeza. Durante un instante mece entre sus dedos el pelo largo y cano. Antes de frotarse los ojos y bostezar.

Tose.

Estira la mano hasta la mesilla de noche.

Se enciende un cigarrillo

Y se pone en pie.

Es un nuevo día.

Un nuevo amanecer que trae consigo muchas cosas por hacer.

Los primeros pasos por la habitación le recuerdan sus achaques. Las rodillas y las caderas. La espalda y los tobillos. Tiembla, desnuda, cruzando la habitación, mientras aquella extraña conocida la mira desde el espejo con recelo y ojos de traición.

Ya no es una niña.

Como uno nunca deja de perder, ya casi no era ni una mujer.

Como la que empieza a aceptar su destino sin queja, se había convertido en otra funesta y abandonada vieja.

Eran así tantas en aquel bien protegido lugar, que bien sabía cuando y con qué comparar.

Desnuda, frente al espejo, ensimismada en aquel vengativo y arrugado reflejo.

Luz de amanecer que se cuela donde no debe y ofende a quien puede, mostrando más lo que ella no quiere ver y nunca obviando lo que tiene que ser.

Deja salir el humo muy despacio desde la garganta, intentando digerir tanto recuerdo que se atraganta.

Como cada nuevo y dorado día, amanece con melancolía.

La puerta se abre.

En la habitación entra Helena y del rostro de la vieja se borra la pena.

El silencio cruza despacio entre la mirada de la señora y su criada.

- He traído su ropa limpia, Mi Señora.

- Un poco tarde, como puedes ver. No pasa nada, acabo de despertarme ahora.

- Lo siento, Señora.

- No pasa nada. Déjala sobre la cama.

- Sí, Mi Señora.

Cruza la habitación con aquel andar lleno de pasos diminutos y menudos.

La vieja nunca había sido menuda.

Apaga el cigarrillo en uno de los muchos ceniceros que hay por la habitación. La mayoría estériles.

- ¿Cómo tenemos hoy la agenda?

La muchacha se gira. Incluso llegando a los treinta, conservaba aquel esquelético perfil lleno de curvas sensuales que tanto la rejuvenecía, sobretodo a ojos de los hombres. Aquellos ojos azules todavía conservaban la chispa viva e inteligente por la que la había elegido. Era mejor secretaria que doncella y aún así era mejor escuchando que haciendo casi cualquier otra cosa. A veces solo hace falta alguien que escuche para sentirse mejor. Si no podía llamarla amiga, sí podía llamarla ayudante. Porque le ayudaba de verdad. Más ahora que era vieja. Más cada día. Setenta y cuatro y contando, con suerte.

Ojos azules que miran y no dicen nada. Una boca que tampoco dice nada. La otra se arruga un poco más al torcer el gesto y se mueve al hablar.

- ¿No me has escuchado?

- Estaba pensando, Mi Señora. Veamos, a las diez tiene una reunión con el sindicato, por el asunto de la participación anual. Antes de las once ha de pasar por el campo de entrenamiento de Vigilantes para dar el discurso a los nuevos alumnos y a las doce la esperan para presidir la subasta de ganado, como todos los martes. Después para comer puede elegir entre asistir al banquete que ofrecen los hermanos Calviño para celebrar el nacimiento de sus dos nietas

- Eso sí que es ridículo. Los dos hermanos se casaron casi a la vez. Engendraron, cada uno por su cuenta, supongo. Un niño uno y una niña el otro, pero nunca supe cual era de cual. Ahora las dos nietas de los hermanos llegan al mundo en el mismo día ¿No es demasiada casualidad? ¿Estarán sincronizados sus genes? ¿Esa gente viene a pares o algo así?

- Puede que sí, Mi Señora. Si prefiere no ir puede aceptar la invitación de Monseñor Jesús Salvador en

- Por Dios, ¿te importaría no llamarlo así? Suena ridículo. Ya suena mal sin el monseñor. Llámalo payaso.

- Sí, Mi Señora. La invitación de Monseñor Payaso para comer en el centro social de la sección doce. Tres Celdas desde aquí hacia el nor

- Se donde está la sección doce. Recuerda quién soy.

- Claro, Mi Señora. ¿Dónde prefiere comer hoy?

- Preferiría no comer jamás a aceptar cualquiera de las dos invitaciones, la verdad. Los Calviño quieren que firme el proyecto para construir su mansión en la sección treinta y seis. Es bastante lejos y allí no molestarían a nadie, creo. No sé, a lo mejor debería ceder y dejarlos que se acomoden. Hacen su trabajo y es un trabajo que nadie quiere. Debería aceptarles el capricho. Y por el otro lado, el Payaso va a intentar que aumente la obra social y blablablá. Quiere que le abra el grifo y lo que no tengo claro es para qué. Aquí nadie pasa hambre y si la pasa alguien la pasamos todos. Así es la ley. Todos somos iguales. Y se han dispuesto recursos para que cualquiera pueda reclamar su desigualdad. ¿No es verdad?

- Sí, Mi Señora.

- Si hablo de igualdad y me llamas señora, la ironía puede acuchillarnos a las dos.

- Siempre la he llamado así, Señora.

- No te preocupes. Me llaman cosas peores a la cara. No quiero imaginarme a la espalda.

- No es verdad. La gente la aprecia mucho, Señora. Es usted bastante amable y acepta reunirse con cualquiera. Sabe lo que hay que hacer y cuando hacerlo. Sabe cuando no hay que hacerlo. La gente admira eso. Por eso prefieren que nos siga mandando usted a cualquier otro. Por eso no me importa llamarla señora, si a usted no le molesta.

- Eres muy zalamera cuando quieres, Helena. A decir verdad, eres el tipo de mujer del que nunca me habría fiado y del que jamás habría querido para mis hijos. Como cambian los tiempos.

Aquellos vivos ojos azules parpadean. Más coquetos que incrédulos.

- ¿Por qué dice eso, Mi Señora?

- A pesar de lo flaca que estás, tienes un cuerpo y unas curvas que aún parecen dibujadas por el mismísimo infierno. Esos ojos del color del cielo abierto están hechos para robar miradas y suspiros. Tu voz dulce y amable embriaga e invita a asentir a lo que sea. Esa manipuladora inteligencia que tienes puede servirte para lo que te propongas. Seguro que todavía puedes seducir al hombre que quieras. O convencer a quién sea de lo que sea. Seguro que rompes corazones sin darte cuenta siquiera.

- No creo que eso sea verdad, Señora. Dígame, ¿Con quién prefiere comer hoy? Debo confirmar la asistencia.

- Con nadie. Atenderé mis otras citas y aprovecharé la hora de comer para visitar a mis hermanas. Ya sabes por qué.

- Sí, pero puede aprovechar para recordarle a una que todavía la esperamos para realizar la auditoría sobre el sindicato y a la otra que tenemos media docena de granjas pendientes de que las visite y compruebe si cumplen los requisitos para entrar en funcionamiento. La gente pierde la paciencia, Mi Señora.

- La gente puede esperar. Lo mínimo es respetar que quieran cuidar a sus heridos.

- Es verdad, Mi Señora. Escribiré una nota para disculparla a usted de ambos compromisos y daré largas a las peticiones para sus hermanas. Ganaremos un par de semanas.

- Eso está bien. Necesito pensar las cosas con más tiempo. Parece que todo tiene que complicarse siempre. Este lugar es un caos. O empieza a serlo.

- No es verdad, Mi Señora. El caos está fuera. En Galicia se vive bien.

- Bueno, eso intentamos. Pero cada día es más difícil. Y yo necesito unas vacaciones.

- Sí, Mi Señora. Últimamente la noto cansada.

- Es que me hago vieja, Helena. Más aún. Y no puedo evitar que se me note cada día más.

La Vieja mira de reojo hasta captar de nuevo el robusto y arrugado reflejo de su cuerpo. Cierra los ojos unos segundos y deja escapar un suspiro añejo. Camina hasta su ropa y empieza a vestirse con lentitud, sentándose en el borde de la cama. No tarda mucho. Cuando termina y se pone en pie, el espejo le devuelve una imagen diferente. Es una persona menos débil y menos decrépita la que la observa desde el otro lado del cristal.

Se ata el pelo en una coleta blanca por detrás de la cabeza, con una fina tira de tela. Se coloca el largo pañuelo negro cubriendo su cabeza desde la frente hasta los hombros. Toquilla de viudas y de madres que ya no tienen hijos.

Completamente vestida del color del luto, como siempre desde hacía mucho tiempo.

Aunque ella sí tenía hijos. O eso creía. Uno por lo menos.

- ¿Tenemos alguna noticia de los grupos que tenemos en el exterior?

- No por el momento, Mi Señora. Llevan varias semanas de retraso. Algunos mucho más.

- Eso ya lo se. Ha tenido que pasar algo. ¿Alguna novedad en el desierto?

- Nada, Mi Señora. Los grupos de trabajo siguen funcionando con normalidad y no han surgido percances ni tenemos avisos de los Vigilantes. Recuerde que esta semana los hermanos Calviño tienen vacaciones, así que los grupos se han disuelto temporalmente. Tan pronto los capataces vuelvan a estar disponibles, volveremos a llamarlos y proseguirán los trabajos de riego y reforestación en el exterior.

- A ver si empezamos a ver resultados pronto. Necesitamos ese terreno urgentemente.

- Sí, Mi Señora. Los expertos aseguran que el PH de la tierra empieza a mejorar y que pronto será apto para todo tipo de cultivos. La gente empieza a tener la certeza de que no falta mucho para recuperar lo que hoy solo es arena, polvo y desesperanza en el horizonte. Que el diablo se lleve a quien le hizo eso a un lugar tan hermoso, dicen algunos.

- El diablo ya se ha llevado a quien lo hizo y a quién lo ordenó. La gente debería distinguir cuando ya se ha hecho justicia.

- Sí, Mi Señora.

Suspira, mirando de reojo a la ayudante mientras le hace la cama y recoge un poco su habitación. Cuando se termina se dirige hacia la puerta y la abre. El pasillo oscuro y sombrío, bañado únicamente por dorada la luz que entra desde ambos extremos.

- Muy bien, Helena. Vamos allá. Un nuevo día. A ver si por la tarde puedo descansar un poco.

- Mi Señora, recuerde que por la tarde se celebra la primera reunión del consejo de cuentas y que debe asistir. Es a las cuatro.

La Vieja traga saliva y casi pone los ojos en blanco. Suspira. Se siente fatigada por anticipado.

- Bueno, supongo que podré descansar cuando me muera. Seguro que no tardaré mucho.

- Eso no es cierto, Mi Señora. Seguro que a usted le quedan todavía muchos años por delante.

- Puede que sea verdad. A menudo conseguimos solo lo que nunca deseamos. Como cuando empecé a leer poesía para matar el insomnio y acabé pensando en rima.

La Ayudante sonríe.

Como cada día, la Vieja rechaza aquel brazo que le ofrecen para caminar. Camina mejor sin la ayuda de la Ayudante. Pasos enfundados en zapatillas de felpa que abandonan la habitación y se sumergen en aquel lóbrego pasillo mal lavado en luz dorada.

Tan pronto cruza el umbral, todo rastro de la Vieja desaparece.

Solo queda La Presidenta.

Seguida de cerca por su ayudante.

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One thought on “Capítulo XII: Mi agenda

  1. breixo López García dice:

    La tenía muy olvidada la historia y la echaba en falta que todo sea dicho.
    Pero este capítulo aunque es de los de menos acción y clip hanger que te e visto, tengo que decir que me sumerge en cierta duda el personaje de la secretaría (por donde lo evolucionaras pillin….), el de la alcaldesa también, pero es cierto que ese no saber a que se se dedica ciertamente la secretaría me dejo loco.
    Animo para los siguientes, aunque gracias al diablo a mi me quedan recua de ellos antes de llegar al actual ;) .

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