Capítulo XIII: Swing

“Take me out for the ball game.”

Un riff de guitarra eléctrica que rasga el silencio del ocaso en dos y lo sacude de arriba a abajo. Un estridente sonido que reverbera en la piedra muerta como en la naturaleza viva y corre rápidamente en todas direcciones, adueñándose al instante de los alrededores. Calla la noche y deja paso a música de músicos muertos hace tiempo. No tanto pero ya hace. Desde los pequeños y herrumbrosos soportes metálicos sobre los que se sostienen los enormes altavoces, hasta las últimas piedras del más lejano camino que se aleja de la ciudad vibran con una melodía que no era su favorita pero que bien podía servir.

El Bateador se prepara.

La pierna mala le duele un poco. No es dolor y ni siquiera calambres, pero sí la nota más torpe que antes. Se tropieza más. Digan lo que digan, no se ha curado del todo o no lo ha hecho bien. Pero eso no va a detenerlo.

Separa las piernas y se coloca de perfil a la entrada de aquel puente que se cae a pedazos. El peso de la enorme barra de hierro tensa los músculos de sus muñecas y sus brazos cuando la zarandea ligeramente. Era una pena que hubiesen tenido que romper las hojas de su hacha para utilizarlas. Aquella barra áspera y mellada medía exactamente un metro y sesenta y ocho centímetros, lo mismo que él, y pesaba unos veintimuchos kilos.

Era muchísimo más ligera que antes.

Casi podía manejarla con una mano.

Alguien se va a llevar una ostia como un piano.

Javi tenía razón. Últimamente los vecinos salvajes no se marchaban cuando les atizaba antes de desayunar. Cada vez que les pegaba se limitaban a escapar unos cientos de metros y esconderse tras algunas pilas de escombros, bajo tierra o dónde-se-escondan-los-salvajes. Si se fuesen a la mierda. La cuestión es que antes de que pudiesen pensar en ir a trabajar a los cultivos del exterior, los tenían de nuevo encima. Ya no sabían cómo amedrentarlos más. Bueno, mentira. No querían saberlo. A ninguno le apetecía mucho hacerlo.

Lo echaron a suertes.

Tres veces.

Perdió las tres.

Tenía que ser.

Y va a ser

Porque viene el primero.

Se encienden los focos halógenos desde los muros y casi se sorprende. Se sorprende más cuando cortan su canción, que no era su canción pero bien podía valer, y la vuelven a poner desde el principio, mientras ve correr a aquel primer salvaje. Tendrá que agradecérselo luego al idiota. No se había acordado de encender las luces ni de dejar más canciones en la recámara. Un error de principiante.

El mismo riff mientras ve un segundo, un tercer y un cuarto salvaje entrando dentro de los haces de luz. El primero se sigue acercando, claramente cabreado por que lo hayan despertado a medio sueño. A lo mejor estaba echando un polvo. O a punto de.

Que se joda.

La que le va a caer.

“Swing, batter, batter,
swing, batter, batter,
swing, batter, batter, swing”

Hay que joderse. Qué casualidad. O no tanto, que por eso la había elegido. Ya que no tenía hacha, ahora tenía un buen bate. Por eso era el Bateador.

El primero está a cinco pasos. Corre como un loco, sin postura de ataque ni plan previsible. Sin estrategia. No son soldados, al fin y al cabo. No parece muy magullado ni herido. De momento.

Tres pasos.

Se pone rígido. Empieza a moverse antes de que el salvaje ponga el pie en el suelo. Antes de que este a dos pasos su cuerpo se tensa, se agita y se sacude transmitiendo el impulso a sus brazos.

Un paso y la mordida barra de metal ya está trazando su mortal recorrido en la única dirección posible.

“Swing, batter, batter,
swing, batter, batter,
swing, batter, batter, swing”

Y la saca del estadio.

No literalmente, pero quizás sí algún trozo de hueso.

Cae como un plomo a sus pies. Con su rostro convertido en una pulpa sanguinolenta, fundido en un cráneo roto y astillado.

“Strike one”

El segundo y el tercero no llegan a tiempo para seguir el ritmo de la canción pero no importa. El cuarto tampoco. No hay “strike four” para él. Pero caen, uno, otro y el otro. Ninguno parecía receloso. Los que vienen detrás sí. No corren tanto pero siguen corriendo. Son difíciles de convencer estos cabrones. Habrá que darles más pruebas.

Da un paso y dos, pasando por encima de los cuerpos tendidos en un charco de sangre colectiva que la tierra no es capaz de absorber. Todos tiesos. Ni un solo herido. Todos muertos.

“Jimmy’s out.
Who’s next?”

Los tres siguientes van a llegar casi al tiempo. Uno de ellos estaba más adelantado pero parece que le van a dar alcance antes de llegar. Golpes ligeros y rápidos. Van a tener que serlo.

El Bateador está preparado.

Llegan y

Uno, dos y

Mierda.

El tercero se agacha y pasa por debajo del acero. Sus dos compañeros salvajes tocan suelo mientras el otro cabrón ya casi está encima suya. El impulso del golpe le impide recuperar su arma a tiempo para defenderse, así que la suelta. No la escucha caer porque solo se escucha caer a sí mismo, arrollado por la embestida de aquel puto salvaje. Embiste de cabeza, como un puto animal. Intentó esquivarlo pero le falló la puta pierna mala y ahora estaba en el suelo.

A este cabrón le iba a sacar los ojos.

Recibe el primer puñetazo en medio del rostro y saborea su propia sangre. Se enfada más aún. Consigo mismo, sobre todo.

Mueve sus brazos y los cuela por debajo de los del otro mientras lo golpean por segunda vez. Lo sujeta por el cuello y aprieta con fuerza. Aprieta con sus pulgares sobre aquella prominente nuez en aquel cuello tan flaco y nota como se hunde poco a poco en carne. Recibe el tercer golpe pero es débil. Mucho. Contempla el rostro de intenso rojo del salvaje que tiene sobre él y casi puede ver la vida marchándose de sus ojos cuando llega el momento. Lo empuja a un lado. La nariz rota y la boca llena de sangre. Juraría que le falta también un diente. O dos.

Bueno, ya está.

Empieza a levantarse.

Coño, otro más. Y está encima.

Se hace daño en la mano cuando le pega un puñetazo. Quizás se haya roto un dedo, pero el otro ha caído. Con la nariz rota, también. Nariz por nariz, cabrones. Y más que va a ser.

Corre la breve distancia que le separa de su amiga de acero.

La recoge del suelo al tiempo que dos más se le echan encima.

Apenas puede evitar que lo tumben en el impacto.

Le falla la pierna mala y cae con la rodilla en el suelo.

Duele pero no tiene tiempo para eso. Aprovecha y lanza un golpe con la punta de la barra hacia el abdomen desprotegido de uno de los cabrones. Se sorprende cuando el acero atraviesa la endurecida piel del salvaje y se hunde en sus entrañas. Casi más que él. El Bateador tira de su arma y la sangre empieza a manar casi como un surtidor. El otro se lleva las manos a la barriga y parece horrorizado. Echa a correr sin importarle el compañero que deja atrás. No llegará muy lejos.

Incluso el compañero que lo mira asombrado puede intuir que no le queda mucho tiempo.

Y a él tampoco.

Cuando vuelve a girar la cabeza hacia el Bateador, el color plata ya zumba rasgando el aire. El golpe lo alcanza en la sien y llena de nuevo el aire de sangre y fluidos cerebrales.

Otro que cae.

“Tom’s out.
Who’s next?”

Respira y escupe sangre. Propia. Nota de pronto el intenso dolor que le llega casi de todas partes. Tiene la cara hecha un cristo y el cuerpo lleno de magulladuras. Lo peor la puta pierna.

Alza la mirada y no ve más salvajes cerca. Mira un poco más y si los ve. En medio del puente de piedra. Javier se mueve rápido y de manera muy mecánica, casi como fuese una máquina. Una máquina de noquear salvajes de mierda. Desde aquí apenas podía ver más que siluetas pero sí se adivinaban las estelas rojas de unos guantes desgastados golpeando carne. Más de una docena tumbados en el suelo, sobre las piedras. Los otros que llegan ni siquiera los apartan. Los pisan o los empujan al poco profundo foso. Algunos vuelven a subir. Otros no. Más llegan y Javi los deja K.O. en uno o dos golpes.

Joder, se nota que lleva haciendo esto bastante tiempo.

Escupe sangre propia otra vez.

Aproximadamente medio centenar se habrán agrupado al comienzo de aquel puente de piedra que siempre habían querido reforzar. Javi no retrocede y mantiene la posición. Posiblemente le ha salvado al aparecer para mantener entretenidos a tantos y proteger la entrada a la Fortaleza de San Marcos.

El Bateador echa a correr.

“Goin’ goin’ goin’ gone”

No hacia el puente ni hacia aquella masa salvaje que intenta cruzarlo demasiado rápido y sin pedir permiso.

Echa a correr directamente hacia el foso.

Varios de aquellos cabrones están intentando llegar al puente por detrás de la posición de Javier.

Peor aún.

Mientras corre puede ver a varios que intentan escalar desde el foso directamente hacia las puertas de la Fortaleza.

Ni hablar.

“Swing, batter, batter,
swing, batter, batter,
swing, batter, batter, swing”

Corre hacia el agujero con la barra de acero en la mano. Corre sintiendo agujas desde la pierna mala y calculando dónde comienza aquella pared vertical que lleva al foso. Una caída de dos metros y medio. Una buena prueba para su recuperación.

Mientras corre hace planes y decide que será mejor detenerse y bajar bien al agujero para evitar posibles lesiones. No quiere joderse más.

Le falla la pierna mala y la carrera se frena.

Empieza a desplomarse

Demasiado cerca del agujero.

Cae en el suelo casi al borde, sobre las manos que han soltado su arma e intentando frenar.

El impulso es demasiado y lo hace deslizarse sobre la tierra.

Nota como el suelo desaparece bajo sus manos desesperadas.

Puede ver el fondo del foso mientras se acerca más y más.

Dos metros y medio casi de cabeza.

Así termina ese día termina para él.

Sin música.

Tampoco hay “Strike” para ti, Alex.

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One thought on “Capítulo XIII: Swing

  1. breixo López García dice:

    Es un final abrupto para un capitulo que me recordó mucho al del boxeador, luego se entiende el porque… Pero ciertamente a mi de momento, me estoy preguntando el porque del cap. Luego la verdad, es que lo bueno que tiene respecto a ese mismo cap. del que es hermano es que es mucho mas acelerado y se hace mas llevadero.

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