Capítulo XIX: Así fue, así es.

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Los mató a todos sin querer. Sin pensar. Casi sin darse cuenta.

Así son las cosas. El ejemplo continuo de cómo la vida insiste en tomar cauces lejanos a los que uno había previsto. Como puede dibujarse para nosotros un mapa diferente al que nuestras mentes jamás habían concebido. Las palabras y los actos son en realidad puertas que cruzamos cada día. Unas más grandes y otras más pequeñas. Unas más importantes y otras menos. Son puertas porque una vez cruzadas es imposible no haberlo hecho. Podríamos darnos la vuelta y cruzarlas en la otra dirección pero ya sería tarde: por mucho que podamos volver al punto de origen ya habríamos cruzado, irreversiblemente, el umbral. Del mismo modo, cada palabra y acto son hechos imborrables, irreparables y que de una manera u otra conducen nuestra vida en una dirección muy concreta. Única de algún modo.

Si por pura estadística para cada hecho concreto de nuestra vida existen, existieron o existirán otras situaciones idénticas que experimente un individuo independiente, es poco probable que toda la secuencia vital de una persona pueda encontrarse duplicada en el tiempo. No existen, ni lo harán, dos personas en la historia que hayan pasado exactamente por las mismas experiencias. Siempre se encontrarán diferencias. Las pequeñas diferencias que marcan los complicados esquemas de cada mente humana.

Pero él jamás supo que tendría que tomar aquella decisión. Ni que el resultado de la misma sería después comparado con una implacable justicia salomónica. O su corazón con un páramo helado. O su mente con la de un verdugo.

Para que nos quede bien presente el recuerdo de cuanto daño pueden hacer las palabras.

Así fue como ocurrió. Así tuvo que elegir entre seguir lo que la conciencia le dictaba y cumplir aquellas normas que él mismo había ayudado a promulgar. Ante los atentos ojos de todos los ciudadanos, y de la historia misma, tuvo que tomar una decisión. Sin desfallecer ni mostrar dudas. Sin buscar consuelo en rostros conocidos ni consejo en antiguos libros de derecho. Así sucedió. Ante la multitud, a viva voz y sin atreverse a mirar a nadie en particular. Así el niño se convirtió en hombre y el hombre en Rey.

Colgadlos a todos, dijo. Colgados en lo alto del muro y que así nos sirva de advertencia en el futuro.

Se hizo. Lo hicimos, todos. Todos. Aunque no fuese nuestra la orden. Cada hombre, mujer o niño que ayudó en la ejecución de la sentencia era responsable de la misma, en parte. Tanto como cada uno de los que se limitaba solo a mirar. De querer buscar culpables no tendríamos más que mirarnos las manos. Pero no se buscaban culpables porque ya se habían encontrado. El Rey tan solo le había dado al Pueblo lo que el Pueblo quería. Y el pueblo quería

Sangre.

Aquel mismo día, cuando los primeros rayos del alba despuntaban en el horizonte sobre el todavía adormecido Refugio Libre, nada parecía presagiar que al ocaso doscientas pobres almas bailarían la danza de la soga.

Era tiempo de regocijo, aquella época. Aquel amanecer fue de carácter festivo para casi todo el mundo. Había mucho que celebrar. El muro se había terminado esa misma semana y la gente empezaba por fin a sentirse segura. Empezaban a verse buenas caras. Aunque más tarde el interior de aquel muro pasase a ser denominado Celda Uno, se convirtiese en núcleo del Refugio Libre Gallego y diese origen a una elaborada red de murallas, en aquel entonces aquella rudimentaria pared de piedra, madera, hierro y escombro que formaba la Celda Uno era todo lo que nos separaba del exterior. Aquello era todo el Refugio. Y nos parecía el paraíso.

Más tarde se fueron añadiendo pequeños sectores de diferentes formas, a medida que se conseguía avanzar asegurando el territorio y construyendo murallas. Se reforzaron las que ya existían y se fabricaron más y más. A medida que la gente del Refugio aprendía como capturar territorio, lo hacía cada vez más rápido y mejor. Se convirtió casi en una motivación para muchos. Tal vez pensaban que un día una de aquellas nuevas zonas seguras llegaría a la puerta de su antigua casa. Algunos todavía pensaban en regresar a su vida anterior.

Las personas y el ganado agradecieron enormemente el explosivo aumento del espacio disponible. Pronto la gente empezó a organizarse en aquellos sectores, dependiendo de su función o de lo de sus propósitos. Así fueron naciendo las Celda Dos y Tres como tal, en las que se agruparon la mayoría de comerciantes de toda clase. Dado que entre ambas prácticamente rodeaban al núcleo del refugio se garantizaban un constante flujo de personas diariamente. Con suerte podrían atraer la atención de los atareados viandantes hacia sus artículos y salvar el día con alguna venta. La gente todavía no se acostumbraba a aquellas monedas tan brillantes y parecía que les costase deshacerse de ellas. Al menos desde que se acuñaba en oro y plata, se había conseguido establecer un sistema monetario, un esquema de remuneraciones y un rudimentario comercio. Aquel crisol de capitalismo básico había tranquilizado mucho a la gente al sentirse más libres y con más posibilidades. Cumplió además el objetivo de despertar y buscar ocupación a la mayoría de la población, cosa que había resultado un auténtico quebradero de cabeza hasta entonces. De repente todo el mundo quería trabajar o aprender un oficio. Ya no se quejaban por las tareas que alguien le había impuesto ni gastaban las horas de vida deambulando errante como alma en pena. Ahora el Refugio parecía un bullente hormiguero de afanosos trabajadores a los que ni siquiera importó que el Rey anunciase que no permitiría construir más allá de los límites de la sierra del Candán. Era mucho. No le importó a nadie porque en aquel entonces parecía imposible abarcar tanto territorio por muchas celdas que se creasen.

Se equivocaban.

Aquella decisión sería puesta en tela de juicio mil y una veces por el Sindicato de Comerciantes, el Consejo de la Mesta, los terratenientes e incluso por los planificadores urbanísticos. En el futuro. En aquel entonces, en cambio, el particular sistema de empleos públicos, por así llamarlo, empezaba a funcionar y a dar sus frutos. Los cultivos y el ganado estaban atendidos por trabajadores especializados o que cada vez lo estaban más. Pequeñas industrias surgían a medida que se conseguía organizar a la población que tenía conocimientos. Los que no sabían hacer nada o que habían tenido formación poco útil para el Apocalipsis fueron reciclados con el programa de aprendizaje. No se obligó a nadie a nada y se les dieron a escoger varias opciones, además de las que pudiesen aportar.

Hubiese sido mejor disponer de más médicos, ingenieros, traductores, más químicos e incluso más jardineros en lugar de tantos personal trainer y personal shopper, analistas financieros, community manager, relaciones públicas, tele-operadores, adjuntos de algo, vicepresidente de lo otro, rectores de aquello, registradores de la propiedad sin nada que registrar, artistas sin más talento que el comer y notarios que sobretodo notaban que ya no tenían cabida en el nuevo mundo. La acomodada y autosatisfecha sociedad en la se vivía nos dejó una herencia de personas muy capacitadas socialmente. Y nada más. Casi cualquier formación básica en materias como la albañilería, fontanería o electricidad era más útil en este mundo de supervivencia que nos tocaba experimentar. Había mil y un talentos que podían ser útiles pero por cada uno de esos existían cien que ya no servían de nada.

Y eso sin mencionar a los políticos. Varias generaciones de una vasta clase política que ya no tenía seguidores ni podía servir de provecho. Solo servían para comer y quejarse de que ya no tenían a quién mandar. La mayoría de ellos ni siquiera había acumulado los conocimientos mínimos para sobrevivir fuera de ese entorno social al que tanto se habían acostumbrado. Los había que ni siquiera sabían por dónde se cogía una escoba. O que fingían no saberlo.

De ahí la necesidad del Programa de Aprendizaje.

Y el que no servía para aprender, a serrar al monte.

Al final, el sector que ocupaba a más gente, sobretodo aquellos sin otra capacitación, era la tala de arbolado fuera del Refugio y todo lo que tenía que ver luego con aquella madera. Siempre protegidos por Cazadores que rondaban la zona, pero aún así expuestos al peligro del exterior. Era un trabajo poco querido pero servía para construir casas y para calentarlas. No faltaba gente valerosa que se ofrecía para el puesto a sabiendas de la importancia que suponía para el bien común. Fue un efecto dominó. Todo el mundo empezó a desear una casa propia, sin importar en qué sector de la ciudad fuese, tan pronto como los primeros propietarios empezaron a instalarse en sus nuevas viviendas. Aquello sirvió casi como elixir revitalizante para una sociedad que se sabía condenada y olvidada. Aquello sirvió para recordar que la distancia que separa el cómodo vivir del instintivo sobrevivir la marcamos nosotros mismos. Muchos empezaron a vivir aquel día.

Hubo hombres de talento y de buen seso que se ganaron una posición acomodada gracias a aquella inesperada burbuja inmobiliaria. Hombres como el menor de los Calviño, un gran artesano de la madera que había amasado para la familia una pequeña fortuna en muy poco tiempo gracias a todas aquellas casas que debían ser construidas. No es que faltase mano de obra, pero sí escaseaba la cualificada. Hombres como Silva, el Conductor, que no tenía ninguna formación oficial y sin embargo podía desmontar, ensamblar de nuevo y sentarse al volante de cualquier cosa con ruedas e incluso de alguna sin ellas. Valiñas, el matarife y carnicero, muy anciano cuando el Apocalipsis, pero que había llegado a tiempo para instruir a toda una nueva generación en el Refugio Libre. En muchos casos eran gente sencilla pero cuyos conocimientos resultaron vitales para que se pudiese salir adelante.

Aunque el destino también fue benevolente al conceder al refugio de algunas personas auténticamente preparadas. Genios en sus respectivas disciplinas. Mentes privilegiadas que, de hecho, deberían haberse puesto a salvo con la gran evacuación del Plan Europeo pero que fueron dejadas atrás. Y aunque fueron muchos, solo unos pocos llegaron a salvo al Refugio. Gente como la Doctora Arca, que como bioquímica no era doctora en el sentido de curar a nadie a corto plazo y que, sin embargo, había acabado cargado con todo el peso del departamento sanitario además del de investigación. La persona más cualificada que teníamos en todo el refugio, probablemente. No tardaron en elegirla también para el Consejo. Del mismo modo le ofrecieron el puesto a Canabal, el Ingeniero. Imposible, dijo. Ya era jefe de mecánicos y jefe de ingenieros. El único ingeniero de verdad, en realidad. Y además era Cazador. Su lugar estaba en el exterior. Era uno de los seis Cazadores originales. Los únicos cazadores de verdad, si tenemos en cuenta que no son los tiempos que eran ni existen los peligros que existían. De entre los Seis, ninguno había escapado a los cruentos horrores que ofrecía el mundo exterior aquellos días. Caos, muerte, homicidio, suicidio, canibalismo, traición, evasión. En aquel entonces cada día fuera del refugio representaba el peligroso girar de una moneda cuya cara era la supervivencia y cuya cruz la conoce todo ser vivo. Ser Cazador en aquel tiempo, y no cazado, era el auténtico desafío. Por eso los Seis estaban hechos de una materia especial, aún sin serlo. Se hicieron a prueba de muerte, sin saberlo. En el Apocalipsis encontraron un camino y lo siguieron. De sus ojos se borró aquel brillo de humanidad del que todavía espera encontrarla. Sus músculos y sus huesos solo conocían ya el viejo reflejo de lo que con empírica certeza sabían que podían hacer para seguir vivos un día más. Los Seis habían pasado tanto tiempo fuera del Refugio que ya no eran humanos. Así eran los Hombres del Apocalipsis.

Y llegó uno que los superó a todos. El hermano de uno. El hermano del líder, que lo preparó para ser más y mejor que él en cada sentido. Al igual que los Seis, había nacido antes del ocaso de la humanidad y sus ojos todavía recordaban el brillo de aquella edad dorada que se había extinguido. Pero era joven cuando todo sucedió. Al igual que otros en su tiempo, tuvo que asumir los cambios a muy temprana edad y asimilar cuanto le enseñaban. Hubo de entender que ahora lo estaban preparando no para ser uno más en la sociedad, sino para convertirse en el Rey de todos ellos. Y por eso se lo hacían pasar tan mal. Se pretendía que comprendiese los tormentos que supone sentirse oprimido por un poder superior. Se pretendía no solo formarle en toda clase de disciplinas que pudiesen ser útiles a él y al Refugio, sino además dotarle de una conciencia fuerte y válida que le ayudase a discernir claramente los límites de la justicia. No eran tiempos de tribunales ni de abogados. Eran tiempos en los que el que dictaba la sentencia a menuda acababa teniendo que ayudar a cumplirla con sus propias manos. Por eso el Rey debía ser una figura de indudable imparcialidad y justicia. Por eso aquel hermano pequeño, de tiernos ojos azules y carnosas mejillas fue tratado con más dureza que ningún otro ser vivo en kilómetros a la redonda. Tenía que ser el Rey Definitivo.

Pero se convirtió en el Cazador Supremo.

El Chaval.

Un buen resultado, sí. El esperado, no. Era tan independiente que partía del Refugio sin dar señas de a dónde se dirigía ni cuanto tiempo tardaría en regresar. No aceptaba compañía humana en sus viajes y casi nunca regresaba con supervivientes. Posiblemente los esquivase, como si fuesen otro peligro más. Una incómoda fuente de retrasos en su camino que era mejor evitar antes de que la conciencia pudiese traicionar a uno. Por eso siempre que alguien se le pegaba en uno de sus viajes regresaba de inmediato. Los dejaba y volvía a marcharse. Cuando se detenía en el Refugio más de dos o tres días, se movía por las celdas como un fantasma, apenas dejándose ver más allá del domicilio familiar, de la cantina o de la perrera. En ocasiones asistía a los bailes que se organizaban pero siempre permanecía como un lejano espectador. Era el fantasma de navidades pasadas y de los peligros desconocidos que continuaba guardando el presente y el futuro para aquellos que no podían protegerse por sí mismos. Ellos le pagaban con miradas recelosas y desconfiadas. Por ser como era y por ser quién era.

Y es que uno tal vez puede elegir cómo ser pero jamás, por mucho que discurran los siglos, podremos elegir dónde nacemos y quién nos educa.

Y si, a veces, los pecados del padre son herencia para el hijo, lo mismo puede ocurrir con un hermano mayor.

Y su hermano mayor había dado motivos para ser recordado. Para bien y para mal.

Doscientos cadáveres colgando de doscientos trozos de soga, meciéndose con el siniestro compás que marca el viento. Doscientas vidas apagadas casi al unísono en mucho menos tiempo del que se tardaría en engendrar una nueva. Doscientos golpes sordos cuando la cuerda se tensa y la sacudida rompe el cuello. Doscientos chasquidos secos y doscientas muertes bastante rápidas. Y no fueron retirados de inmediato. Cada amanecer, el reflejo pálido de la carne macilenta y putrefacta servía de recordatorio de cuanto daño puede hacer una sola persona. Una sola mala idea.

Allí permanecieron hasta que el tiempo se comió su carne y dejó solo hueso gris y amarillo. Fueron enterrados en el cementerio común porque su pecado había sido perdonado. Y su propósito cumplido. Aquellas muertes no serían olvidadas fácilmente. Por nadie.

Todo había empezado como una idea simple e individual. Alguien que se pronunció y dijo lo cansado que estaba de trabajar en un muro que a nadie importaba tanto como sentirse seguro. Era un proyecto que la mayoría de la gente sentía como ajeno. Seguramente apareció más de uno con la misma opinión. Estamos cansados de trabajar en el muro de otros. Así, como una simple idea, surgió la chispa. Vámonos de aquí, se dijeron. Y así empezó todo.

Fueron acumulando suministros durante los meses y semanas que necesitaron para planearlo todo concienzudamente. No escatimaron en medios, llegando incluso a hurtar en las despensas comunes y a sisar de contrabando parte de la mercancía que llegaba desde el exterior. A medida que aquella red de descontentos e insumisos crecía lo hacían también sus necesidades de provisiones pero, al mismo tiempo, podían conseguirlos con más facilidad. No tardaron en reunir equipo como para llenar un camión. Y pronto tuvieron también el camión.

No sentó bien a nadie del Refugio descubrir que Silva, el Conductor, les había facilitado las llaves. Resultó casi como una pequeña traición en sí misma. Era una figura importante en el Refugio. Él mismo conducía el camión que llevó al Rey y a su pequeño séquito a la ciudad de Monterroso para conseguir armas y munición para el refugio. Él mismo conducía cuando todos volvieron al camión con lo que había ido a buscar y llenos de sangre ajena.

Era un hombre muy respetado en el Refugio. Y se salvo de la horca por muy poco.

Precisamente porque él no pretendía marcharse y porque no existía nadie en aquel lugar que pudiese reemplazar sus conocimientos si moría. Por eso fue condenado a trabajos forzosos durante diez años. Enseñando a otros lo que sabía durante dieciséis horas al día, siete días a la semana. Y a él, que aunque nunca había sido consciente de todos los detalles del plan sí sabía los peligros que representaba y el castigo si eran descubiertos, le pareció un justo pago.

Podrían haber sido doscientos uno los que bailaron la danza de la soga aquel día.

Nadie les habría recriminado querer marcharse. Nadie les habría reprochado que hubiesen acumulado víveres y material para su futuro viaje. Muchos habrían comprendido el motivo de sus quejas y, tal vez, compartido sus ideas de un lugar mejor al alcance de sus manos. No era ese el problema. Les habrían dejado marcharse libremente de haberlo pedido. Lejos quedaban ya aquellos días en los que toda la estabilidad del Refugio se basaba en la fe que la gente depositase en él. Buscar la paz y la felicidad, aún significando eso abandonar el Refugio sin informar convenientemente o solicitar permiso, seguiría aún así sin ser delito suficiente como para acabar en la horca. El único crimen con tal pena era el de poner en peligro la seguridad del colectivo.

Y ellos lo habían hecho, incluso sin saberlo. Incluso a sabiendas.

Más allá de dejar lejos el muro no tenían un plan claramente definido. Había sido fácil arrancarles los detalles una vez que empezaron a acusarse unos a otros. De manera vergonzosa, más y más nombres se iban añadiendo a la lista a medida que las confesiones se alargaban y prodigaban en detalles. A medida que las voluntades se ablandan sin más acicate que el de un firme interrogatorio. Sin ningún amago de compañerismo o espíritu de grupo, se delataron unos a otros y otros a unos hasta conformar la lista de doscientos infelices que más tarde serían ejecutados. Hombres y mujeres. Familias enteras. Nadie mayor de dieciséis años se libró de la responsabilidad de los actos y planes colectivos. Se inculparon unos a otros sin importarles el bien común o que alguien pudiese todavía llevar a cabo el plan.

Lo contaron todo.

Los que se salvaron, unos cuarenta, eran muy jóvenes. La mayoría. Fueron perdonados e integrados en aquel triste colectivo que eran los Niños del Pueblo. Niños y niñas huérfanos de padre, de madre y muchas veces de familia que habían llegado con necesidades y sin nadie que las atendiese. El Refugio se encargaba de alimentarlos, darles protección y formación. Dado que el futuro estaba lleno de incertezas, debía garantizarse una nueva generación de protectores. Los Niños del Pueblo estaban llamados a convertirse en los Cazadores del mañana. Los guardianes del qué-será.

El verdadero responsable de la muerte de todos ellos fue el que ideó la última parte de su plan de fuga. A falta de una posibilidad mejor y sin la certeza de poder asentarse y sobrevivir en el exterior sin peligros, uno de los doscientos discurrió que una vez fuera y a salvo, lo mejor sería ponerse en contacto con los militares. Porque se sabía con seguridad que una pequeña unidad de infantería permanecía acantonada en el cuartel de Silleda, sin avisos de partir en ciernes. Con ellos querían negociar. Y qué iban a ofrecerles a cambio de que los pusiesen a salvo, sino información. Información sobre el Refugio Libre.

Con el Ejército de España, dijo aquel iluminado en el interrogatorio, casi orgulloso. No le pegaron porque iba contra lo que la Justicia debía hacer. Si se disfruta, no es justicia, decía uno y tenía razón. La justicia es imparcial y no satisface a nadie más que al que espere lo que debe ser. Aquel engreído sí merecía el final que obtuvo. Cuando la cuerda la viró la sonrisa en mueca eterna, sí se hizo justicia. Con los demás, se dio ejemplo y nada más.

Se dio ejemplo de cuanto daño pueden hacer las palabras y los malos compañeros. Los planes demasiado sencillos y los que implican ir sacrificando parte de tu equipo en el juego. Se dio ejemplo de a cuanta gente puede abocar al desastre una sola persona. Se dio ejemplo de que el bien colectivo prevalece siempre y a cualquier precio. Y, de manera muy sutil, se instauró en la mente colectiva la idea de que buscar la seguridad en el exterior conduciría al final más calamitoso.

Colgarlos a todos no fue la primera opción que se intentó. Muchos de ellos eran muy queridos y apreciados en la comunidad, además de que en aquel tiempo cualquier persona sana y apta para trabajar o aprender debía ser tenida en cuenta. Matarlos no entraba dentro de los planes de nadie. Por eso se intentó una condena temporal en prisión como amonestación, latigazos y los trabajos forzosos como compensación al daño hecho, pero había personas heridas profundamente por aquel plan de evasión. Unos seguramente por no ser tenidos en cuenta y otros porque realmente sentían peligrar su seguridad a través de aquellos doscientos posibles delatores. Sería el fin si alguien les daba la posición del Refugio Libre a los militares, se pensaba. Porque todavía perduraba a fuego el recuerdo de lo que el Ejército de nuestra nación podía hacer a su propio pueblo.

De cómo habían obligado a todos a abandonar sus hogares y desplazarse a los Puntos Seguros, los siete refugios gallegos controlados por los militares. Uno por cada gran ciudad. No tardaron en estar tan llenos de gente que la situación se volvió inestable y complicada, como poco. Y de allí sí que no podían marcharse. Encerrados casi como ratas, encadenados a unas condiciones míseras ya de partida y que empeoraban conforme pasaba el tiempo. Más y más personas eran arrastradas lejos de cuanto se puede concebir moralmente, obligadas por el hambre y los instintos más primarios. Aparecían algunos casos de infectados, pocos en realidad, y eran aplastados por los militares, pero no se levantaba la cuarentena. Se mantenían de espectadores. Viendo a los ciudadanos que debían proteger muriéndose por las necesidades más básicas. No quedaba una sola mascota viva en ninguna de las ciudades e incluso las ratas y las palomas habían desaparecido conscientes del peligro. Ni un hierbajo con el que hacer sopa. Se habían comido los cinturones y zapatos de cuero que encontraron, cocinándolos hasta que se convertían en una pasta gelatinosa poco apta para el consumo y nutricionalmente apenas útil. Era el último paso antes de comerse la tierra misma o cruzar la cada vez menos impensable barrera del canibalismo. Primero se empezó con aquellos que ya habían fallecido y que, por motivos obvios, no podían oponerse. Las familias no se quejaban porque a menudo eran los responsables del banquete. Así empezó, como un concepto macabro y extremo de reciclaje. Era algo que estaba muy de moda antes del Apocalipsis y ya se sabe que las modas van y vienen.

Aquí la gente se veía acosada por necesidades cada vez mayores, habida cuenta del gran número de personas que los militares se habían encargado de amontonar en un espacio muy limitado y sin recursos para una supervivencia básica. El cataclismo era solo cuestión de tiempo. Así se dio un paso más. Ahora también los heridos de gravedad o enfermos crónicos eran considerados aptos para el consumo. Se les aliviaba el dolor que causaban y la carga que suponían a sus familias. Se alimentaba a la comunidad un día más. Pronto los heridos y moribundos no fueron suficiente. No lo fueron nunca en realidad. Cada vez se daban más casos de reyertas que acababan con uno de los dos herido y con el otro puesto a la cazuela. Los tiempos difíciles aligeraban la conciencia humana y quitaban importancia a cualquier acto siempre que mediase el hambre. Así aparecieron los escuadrones de aprovisionamiento. Y el que no estaba en alguna cuadrilla podía estar en el menú de esa misma noche. A esos extremos llegamos.

Y el Ejército seguía de espectador, tras aquellas paredes de hormigón y acero con que habían rodeado cada ciudad-refugio. Frente a crímenes abominables que manchaban a quien los cometía y a quien los contemplaba. Daba fe del espanto supuesto para unos y para otros la trágica pandemia de suicidios que se extendió entre militares que, después de ver incluso cosas como una madre hambrienta que guisaba y devoraba a su hijo recién nacido, decidían besar el cañón de su arma y rendirse para siempre. En aquella vertiginosa espiral de violencia desatada por la carestía no se podía mediar, salvo poniendo en libertad aquellas personas. Y aquello no iba a suceder. No llegaron ese tipo de órdenes.

Pero sí otras. La situación era irrecuperable, dijeron los Altos Mandos. La misma orden se había aplicado en cada comunidad autónoma y en todas se había llegado a situaciones muy similares, aunque con tremendas diferencias en el porcentaje de población que había acudido a los refugios oficiales. Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco, Aragón, Navarra, Cataluña, Murcia y Extremadura no habían pasado del setenta por ciento. Menos incluso en algunos casos. Había gente muy terca en España que se negó a marcharse de su casa incluso las cosas pintaban realmente mal. Al final demostraron haber tomado la decisión acertada al arriesgarse a sobrevivir por su cuenta en lugar de someterse a una condena segura. Pero ellos no sabían. Cuando llegó la orden final, los militares tomaron más precauciones y quisieron asegurarse más que nunca de que nadie abandonase la zona de cuarentena. No querían testigos. Pero llegaron tarde.

Las personas gracias a las que se conocían las historias de lo sucedido en casi todos los puntos seguros gallegos, ya habían dejado atrás el cerco de vigilancia y algunos llegaron al Refugio Libre a tiempo para sobrevivir.

En mitad de la noche empezaron a escucharse disparos en la lejanía. Rompiendo el silencio que se había adueñado del mundo. Era el sonido de armas de fuego que resonaba desde las grandes ciudades gallegas. Aprovechando que la población estaba concentrada. Seguro que se llamó proceso de higienización o operativo de limpieza pero fue una masacre. Lo fue porque es imposible que todos ellos estuviesen infectados. Es verdad que se comportaban como salvajes, pero solo arrastrados por las míseras condiciones que les habían sido impuestas. Es posible que todos se hubiesen contagiado, sí. Lo mismo que el resto de seres humanos que seguían vivos. Algunos sistemas inmunes simplemente habían vencido a la pandemia y otros ni siquiera se habían tenido que enfrentar a ella por este o aquel motivo. De hacer un análisis a cada ser humano de la tierra, quizás a cada ser vivo, es probable que descubriésemos que la plaga está dentro de todos nosotros. En la siguiente generación ya se habría asimilado como parte de nuestro ADN. Seguramente habría desaparecido aquella errática variable que nos conducía a la inflamación cerebral, a la agresiva locura y que había arrastrado a la civilización al colapso.

Pero, en aquel momento, los militares estaban ejecutando libremente a la población a la que debían proteger. El futuro y la historia habían cambiado. Con la primera bala y con todas las que las siguieron. Durante casi veinticuatro horas, el cielo estuvo lleno de aquel incesante y lejano pom-pom-ta-tá-pom-pom-pom. Y más. Así hasta bien entrada la noche.

Con todas las orejas del Refugio Libre atentas a lo que sucedía, de pronto, el ruido cesó. Se acabaron los disparos y los ecos de gritos que no deberían escucharse a tanta distancia pero que el viento o el al azar insistían en arrastrar hasta allí. Nada. Se había hecho la calma.

Duró dos horas.

Y después amaneció a las cuatro de la mañana. Con la luz y el temblar de tierra de mil bombas. Un número incontable de explosiones que resonaban de manera pavorosa incluso cuando algunas llegaban desde las ciudades más lejanas. Explosiones en cadena que derrumbaban cada casa y cada edificio. Deflagraciones que devoraban las vastas calles y a quienes atrapaban en ellas. Todas fueron cargas de tierra, cientos o miles de ellas, seguramente colocadas a escondidas o mucho antes de trasladar allí a la gente. Así era el Ejército de España, siempre pensando en garantizarse una retirada segura.

Siguió el golpear de cada nueva explosión, a veces con ritmos constantes y a veces al azar. Muchos en el Refugio Libre decidieron buscar cobijo en sus casas o dónde podían para huir de los horrores que, incluso desde la lejanía, podían oírse y olerse en el aire aquel amanecer.

Cuando el ritmo de las explosiones amenazaba con decaer, sobre el ruido general, llegaron las salvas. Silbando a través del aire y con su ligera estela de humo blanco. Cada una con su correspondiente y monstruosa explosión. Fuego, escombros y humo. Era todo lo que vería quien mirase entonces a las ciudades gallegas. A cualquier ciudad española que tuviese la mala suerte de ser elegida como Punto Seguro. Cada salva fue devastando lo que ya había sido dañado. Todas milimétricamente precisas. Cientos de ellas. Todas llegaban silbando desde quién sabe cuanta distancia. Aunque sí se sabe la distancia.

Venían del mar. Por suerte para el Refugio Libre.

De haber utilizado la aviación para el bombardeo, resultaba bastante posible que alguien notase las obras de cierto muro que estaba todavía naciendo como tal. De haber sobrevolado el terreno del Refugio Libre, hubiesen notado que eran obras recientes o incluso hubiesen visto gente trabajando en la construcción. Tal vez tras informar a sus superiores, alguno de los aviones recibiese órdenes de darnos el mismo trato que a las ciudades.

En lugar de eso utilizaron el mar porque la Marina siempre ha sido el cuerpo más nutrido de nuestro ejército y los barcos, habitualmente, el objeto punta de nuestra tecnología militar. Posiblemente. Sin importar el motivo, fue una suerte para el Refugio Libre.

Aquel tipo de proyectil se utilizó contra las ciudades más cercanas a la costa. Para las que no lo estaban tanto lanzaron los misiles aire-tierra de largo alcance de los que ya disponían y que, en teoría, servirían para atacar en otras naciones en caso de guerra. Aquí los usaron en su propio territorio. Y teniendo en cuenta la cantidad de ellos que emplearon, es probable que se utilizara armamento prestado. Sí. Del país que los fabricaba, que era además el único que los usaba aparte del nuestro. Alemania.

Así fue como A Coruña, Vigo y Ferrol fueron borradas del mapa con aquellos proyectiles llegados directamente desde la flota naval; Ourense, Lugo y Santiago con el enorme impacto de los misiles Taurus KEPD350 lanzados desde quién sabe dónde. De Pontevedra se olvidaron. Casi. Se libró con lo que hicieron las cargas de tierra y así fue la única de la que quedaron escombros y no agujeros humeantes. Así fue como las siete grandes ciudades desaparecieron del mapa y tomaron forma de siete cruces blancas en la bandera del Refugio Libre. La bandera de la Nueva Galicia.

Aquella fue la apoteosis final de aquel demencial concierto de muerte, fuego, destrucción y sinsentido. Las últimas notas de la Sinfonía del Caos.

Y no era una melodía que nadie quisiese volver a escuchar.

Por eso nadie en el refugio se había mostrado compasivo cuando se descubrió que aquel plan de fuga incluía ponerse en contacto con el ejército y, muy probablemente, acabar revelando la posición del único lugar seguro en Galicia. Nadie era capaz de dejarse llevar tanto por la empatía como para ignorar lo cerca que habían estado del fin sin saberlo. Y no podían perdonarles. Por eso se rechazaron los latigazos y los trabajos forzados como condena, sin importar la severidad con que fuesen aplicados. Por eso se dejaron muy pocas opciones a quien debía tomar la decisión.

Pero antes de todo aquello tuvieron lugar los intensos días de investigación, interrogatorios, detenciones, más interrogatorios, redadas y severos golpes al plan de fuga que se había organizado. Dos días en los que fue arrestado cualquier implicado directo o indirecto. Incluso los que habían estado al corriente y no habían informado fueron considerados cómplices del acto. Fue casi un proceso inquisitorial el que tuvo lugar para localizar a todos los culpables. Y funcionó. Cantaron como dulces aves.

Pero no fue plato de buen gusto escuchar lo que tenían que decir.

Muchos ni siquiera estaban al corriente del plan de fuga en el que se habían visto envueltos. Muchos simplemente tenían una interminable lista de quejas y reclamaciones que hacer a quien gestionaba el funcionamiento del refugio. Y como no eran satisfechas de inmediato querían marcharse. Así era para muchos. Tenía que ver con el ambiente hostil y enrarecido que podía respirarse desde que habían caído las siete ciudades. Con las duras cargas de trabajo con las que apremiaban a cada persona útil. Debía acelerarse la construcción del muro y debían atenderse otras cuestiones acuciantes como la vigilante y la seguridad. No había nadie ocioso en esos días. Y menos aún los cazadores. De no existir oficialmente, de ser un cargo ejercido por aquellos seis desconocidos guardianes y nadie más, pasó a institucionalizarse el cargo y se reunió un vasto grupo de aspirantes que muy pronto estaría listo para salir al exterior. La primera hornada de guerreros todavía no estaba lista cuando llegó El Gran Ataque pero se saltaron algunos pasos. Los graduaron. Les entregaron armas y munición y se echaron al mundo junto con los Seis, en una misión diferente de las que se habían emprendido antes. Dejaban atrás sus hogares y sus familias pero no para rechazar los ataques de los Apestosos. Salían al exterior para cazar militares. Ahora aquello ya no tenía que ver con supervivencia sino con justicia.

Y vaya si lo hicieron bien.

En las dos primeras semanas murieron seis de los siete cazadores recién graduados, Javier el Corredor recibió tres balazos y el Temerario estuvo a punto de perder un pie por congelación. Se capturaron vivos ochenta y nueve militares de diferentes rangos. Se confirmaron ciento treinta y cinco bajas enemigas. Y quién sabe cuantos heridos o bajas tardías. Todo sin utilizar armas de fuego. Habían cambiado los tiempos y las estrategias. El objetivo era no ser visto y no ser escuchado. No dejar más huellas que los cadáveres de las bajas enemigas. Porque las del Refugio Libre jamás serían contabilizadas por los militares. Se quemaron los cuerpos. Algunos de ellos. Otros fueron enterrados lejos de donde nadie pudiese atar cabos. No quedarían más huellas que sus muertos y sus desaparecidos. Nada más que el miedo grabado en sus retinas. El material de pesadillas que disfrutarían al regresar a casa.

El saber de que la brumosa tierra de Galicia recuerda y no perdona.

Los capturados vivos resultaron de enorme interés aunque la mayoría de ellos no llegaron a ver el refugio. Ni a alejarse mucho de donde se los había capturado. Fueron interrogados con la navaja al cuello, sobre cuestiones muy concretas y con el tiempo justo para responder antes de que la hoja tajase su carne. Algunos murieron sin revelar nada más que pequeños detalles. Otros fueron tratados con más esmero y delicadeza y acabaron revelando tanto como quería saberse. Así se conoció en el Refugio Libre la versión de los militares sobre cuanto había sucedido durante La Plaga y el por qué de la caída de las siete ciudades. Así fueron arrancados los detalles sobre planes futuros sobre limpieza y sobre el trato que se daría a quien fuese encontrado vivo en terreno hostil, Apestoso o no. No hubo clemencia. Los que no murieron durante los interrogatorios o a causa de algún otro inconveniente fueron ahorcados y dejados a merced de los animales y la tierra. Si sus compañeros los encontraban se espantarían al no saber quién había podido hacerlo. Así se orquestó aquella operación.

Y vaya si funcionaba.

Aquellos soldados esperaban esporádicas visitas de infectados y poco más. Incluso habían modificado su equipamiento básico y ahora incluían silenciador en todas las armas. Habían reducido el abanico disponible para ellos, dando preferencia a la compatibilidad de calibres para que siempre pudiesen prestarse munición y surtirse de cualquier fuente encontrada. El resultado era que aquellas unidades no estaban todo lo bien dotadas que cabría esperarse o, al menos, no lo estaban para enfrentarse a seres inteligentes.

Como si desconociesen la mayoría de reglas de supervivencia básica o de estrategia de combate, aquellos soldados caían en las tretas y emboscadas más simples. Faltó probar la trampa del lazo con una chocolatina pero incluso a esos extremos se llegaron. No esperaban nada salvo Apestosos y ni siquiera muchos. Se habían encargado de eso al eliminar las ciudades y a la población. Aquello era terreno seguro.

Y vaya si se equivocaron.

Del mismo modo que se equivocaron quienes intentaron poner como excusa el cansancio o el estrés cuando se les descubrió implicados en el plan de fuga. Aquel era el pan de todo en aquellos momentos y nadie se quejaba. Nadie se cruzaba de brazos y rezongaba porque no servía de nada. El tiempo de comportarse así había pasado. Se debía madurar y pensar en el futuro que se quería para uno mismo y para los que vendrían detrás. Si había que levantarse antes de que saliese el sol para arrastrar piedras al muro y descansar solo al volver la oscuridad era un precio que debía pagarse. Mejor sudar ahora que sangrar después. Mejor después adaptarte ahora que no hacerlo nunca. Porque siempre podría ser peor.

Pero ellos no lo vieron así.

A alguno de ellos se le ocurrió la idea, como un breve chispazo que ilumina una bombilla de muy pocos vatios. Tenía las sensaciones, la idea y poco más: voy a irme de aquí. Así debió empezar todo.

Y acabó con doscientos ahorcados pudriéndose en el muro. Meciéndose libremente de sol a luna, de luna a sol y vuelta a empezar. Acabó con el claro ejemplo de cuanto daño pueden hacer las palabras.

Mejor les habría sido haberse callado. Los nombres de algunos compinches o los detalles del plan. Algunos se habrían salvo y podrían haberse fugado por su cuenta. Otros no habrían sido condenados a penas tan severas. Tuvieron que hablar demasiado. Todos ellos. Dieron demasiados detalles.

Para que nos quede recuerdo de cuanto daño pueden hacer las palabras.

El Ermitaño parpadea. Se. Carraspea y traga saliva. Carraspea. Continúa su camino.

- ¿Qué hacemos con él?

- ¿Tú has escuchado lo que decía?, ¿con quién hablaba?… ¿Quién es?

- No lo sé. ¿Un viejo calvo que habla solo?

Lo habían seguido durante horas, después de escuchar una voz al acercarse. Desde entonces habían hecho el mismo camino a una distancia prudencial que les permitiese escuchar cuanto se decía. Porque al principio no tenían claro si es que acaso no estaba solo. Se habían visto algunos mayores que hablaban solos y a otros que lo hacían con cuernos de voz, aparatos que servían para llevar las palabras allí donde uno quisiese. Aquel viejo no llevaba casi ropa y nadie le acompañaba pero hablaba y hablaba. Discutía, incluso. Consigo mismo. Contaba una historia. Una historia interesante y enigmática que tenía que ser escuchada por alguien. Por eso lo seguían. Huellas de pies desnudos y los agujeros que dejaba el bastón de madera y hierro que usaba el anciano. No se había detenido un instante desde que se lo cruzaron.

Leo y Tobin se habían adentrado en la espesura buscando alguna presa pequeña, fácil de cazar, que pudiese servir de ayuda a la familia. Leo era el hermano mayor, con el pelo negro largo y rizado. Ojos verdes y dientes mellados. Nariz prominente y mentón afilado, mejillas hundidas y cuerpo menudo. Pronto llegaría a los doce veranos. Pronto sería un adulto. Su hermano menor se acercaba a cumplir los seis veranos. Tenía el pelo muy rubio y liso. Los ojos azules y muy luminosos, todavía tiernos. Unas mejillas casi carnosas y tímidamente sonrojadas. Unos labios infantiles, finos y a menudo abiertos para formular preguntas. Todavía era un niño. Pero se adentraba en la espesura siguiendo a su hermano mayor para saciar su curiosidad y para aprender todo lo que debía saber del mundo. De este modo empezaba su aprendizaje, satisfaciendo siempre su inquisitiva curiosidad aún a pesar de los peligros. De este modo debían crecer los Niños del Bosque. Por eso estos niños eran diferentes.

Por eso con doce años ya eran casi tan adultos como cualquiera.

- ¿Lo matamos?

- ¿Por qué quieres matarle, Tobin?

El niño medita un instante.

- No sé. Puede ser peligroso. ¿No?

En su mano zarandea ligeramente la caña con la que dispara dardos y agujas a sus presas, desde la protección de la distancia y el silencio. Era el arma predilecta de los más pequeños por no requerir apenas entrenamiento. Su principal contrapartida era que no servía de nada contra animales más grandes que una ardilla o un ave pequeña. Aunque hubiese mayores que utilizasen cañas para lanzar dardos, eran el doble de largas y mucho más gruesas. Tenían más potencia y más alcance. Y aún así cuando se utilizaban contra presas grandes era siempre para herir o envenenar. Salvo casualidades, aquella no era un arma de asesinato. Ellos dos tenían consigo veneno de seta como para matar a doce viejos calvos como aquel y ni aún así sería seguro dispararle. No era una toxina rápida y podría encontrarlos antes de caer inconsciente. Podían acabar muy mal si empezaba a pedirles un antídoto que ellos no tenían.

Leo se pasa la mano por el pelo, deshaciendo aquellos rizos negros mientras piensa. Tampoco tiene armas que puedan usar para liquidar al anciano o con las que defenderlos si son descubiertos. Una lanza de madera de metro y medio, nada más. Le hubiese gustado tener uno de aquellos cuchillos largos de hierro que había visto a los mayores en el campamento. Se sentiría más seguro.

- Bueno, ¿le matamos o qué?

- ¿Pero por qué quieres matarle?

El pequeño se sonroja.

- No sé, me aburro.

Suelta un bufido

Es un niño, se recuerda Leo. Es un niño que está aprendiendo y al que debe dar ejemplo. No puede consultarle cada cosa y esperar una respuesta si se supone que debe mostrarle como tomar las decisiones correctas.

- Pues no, Tobin, no podemos matarle. No sabemos si es peligroso. Puede que sea un loco pero en el tiempo que le hemos seguido no ha hecho nada más que hablar solo.
- Se paró a beber agua una vez.

- Nosotros también paramos a beber cuando él siguió avanzando, ¿cuál es problema?

- Ninguno pero has dicho que no hizo nada más que hablar solo y sí hizo, se paró a beber.

Parpadea un par de veces y dedica al pequeño una mirada furibunda. Le sostiene la mirada pero aquellas mejillas tiernas se vuelven más rosadas que nunca.

- Insisto, ¿cuál es el problema?

- Ninguno. Es que

- Es que nada. Los viejos beben como bebe todo el mundo, Tobin, esa no es la cuestión.

- ¿Entonces cual es?

- Que no podemos matarle porque sí. No sabemos nada de él salvo lo que hemos escuchado. Y ya sabes que si se avistan desconocidos se debe dar la alerta en primer lugar y observar después. Tenemos que avisar de que hay un extraño en nuestro territorio. Debemos regresar al campamento.

El niño bosteza.

- Bueno, entonces vámonos ya. Tengo sueño. Y hambre. Seguro que han cenado sin nosotros. Vámonos, anda.

- No puede ser así. Tenemos que avisar pero sí perdemos al viejo tal vez no lo encontremos de nuevo. Necesitamos saber a dónde va y qué más tiene que contar. Quiero saberlo. Tienes que volver tú solo, Tobin.

- Es que no quiero volver solo.

- Tienes que hacerlo.

- No quiero.

Suspira. Se agacha y se pone frente a frente con su hermano pequeño, con los ojos exactamente a la misma altura.

- Se que es duro pero tienes que hacerlo. Tienes que volver al campamento y hablarles de cómo lo encontramos. Contarles todo lo que hemos escuchado y por dónde lo hemos seguido. Diles que tienen que venir a ayudarme, que es importante.

- ¿Y vas a seguirle tú solo? ¿No es peligroso?

- Todo es peligroso, Tobin, pero nosotros no vivimos con miedo. Será lo que tenga que ser. Tú debes ir y contar todo lo que te he dicho.

Frunce el ceño y arruga la eterna sonrisa en un gesto cercano al puchero. Baja la cabeza y se mira la punta de los pies.

- Es que no me voy a acordar de todo.

- Pues les cuentas lo que recuerdes y les dices que yo se el resto de la historia. Lo importante es que debe venir algún mayor. Yo no puedo decidir qué hacer con el viejo.

- Pero

- Pero nada. Nada de nada. Ve. Corre. Por los caminos que conoces y con cuidado de no encontrarte con nada ni nadie. Da un rodeo si encuentras algo sospechoso. Lo importante es que llegues y cuentes todo lo que te he dicho.

- Pero… ¿a quién se lo digo?

Leo traga saliva.

- Habla con la Reina del Otoño. Ella sabrá qué hacer.

- ¿Y me hará caso?

- Claro que sí. Ella fue mi hermana mayor.

- ¿De verdad?

- De verdad. Ve, Tobin. Corre al campamento.

El niño asiente y se lanza a abrazar a su hermano mayor. Antes de que pueda responderle el gesto, ya está corriendo a toda velocidad entre la verde y marrón espesura del bosque. Como un animal salvaje. Como un Niño del Bosque.

Y el valiente Leo está de nuevo siguiendo muy de cerca al viejo calvo, atento a cuanto tenga que decir. Con su lanza de madera de metro y medio en una mano. Y la vida en la otra. Como un Niño del Bosque.

Avanzando ambos a través del bosque salvaje que habitaba en lo que una vez fue tierra conquistada por la civilización. Ignorando las ruinas que se ocultaban bajo el follaje de aquel voluptuoso vergel. Atravesando ambos territorios desconocidos sin saberlo.

Cruzando la que una vez fue la frontera entre Galicia y Asturias.

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