Capítulo XV: Monteagudo (I)

- ¿Está todo en orden? ¿Todo listo para pasar revista?

- Todo listo, Señor.

- Vamos allá entonces.

Se coloca el chaleco con deliberada lentitud, acariciando cada botón con dedos delicados y temblorosos. Está nervioso.

Es el primer festivo nacional que se celebra en mucho tiempo.

Todos los civiles aprovechan el día libre y los militares llevan semanas preparándose para el gran desfile de las Fuerzas Armadas. En la calle flotaba aquel ambiente festivo, mezcla de aromas, colores y sensaciones. Buena comida que llegaba hoy a casi todas las mesas. Los que tienen poco o menos, se reunen en las grandes hogueras colectivas que organizan las barriadas y comparten lo que pueden permitirse. Para los más pudientes aquella fecha iba a significar el reencuentro con familia y amigos y las celebraciones en la comodidad del hogar.

Según las encuestas y las estadísticas, eran pocos los que prestaban atención al despliegue de las fuerzas que le quedaban a aquel mermado ejército y, menos aún, los que se desplazarían hasta el lugar elegido para el desfile. De hecho, si les diesen a elegir, aquellos soldados que iban a zanquear por la Avenida Principal, hubiesen preferido disfrutar de un día de descanso como el resto de los españoles.

Gabriel Monteagudo entendía el desdén de la población hacia el ejército y también la delicada situación a la que se enfrentaba la plana mayor al ir aumentando el descontento entre los soldados. Entendía que si la situación empeoraba más, en cualquiera de las dos direcciones, la cosa se podía poner muy fea. Por eso lo habían llamado a él. Si había un momento en el que las sectarias y todopoderosas Fuerzas Armadas pudiesen necesitar a un experto en publicidad e imagen de marca iba a ser ahora.

Tenía un gran pasado en el mundo de la publicidad. Había realizado docenas de grandes campañas a nivel internacional cuando el mundo todavía era mundo. Su pequeña empresa había pasado de ser un negocio familiar a crecer hasta convertirse en el referente nacional cuando uno hablaba de marketing, publicidad, grandes marcas y éxito en general. Era una gran empresa. En Argentina. Porque Gabriel Monteagudo era argentino, natural de Bariloche de hecho, por mucho que pudiese pesar a los que todavía se mostraban recelosos con los que proceden de otros países. Mentes simples.

Ni la Gran Plaga había eliminado los prejuicios, que siguen llenando la cabeza de la gente con miedo y desconfianza. Después llegan el rencor y la agresividad, por su cuenta. Por eso no es raro que quien enferma de “miedo al extranjero” ya no pueda ser curado.

Si no había sido testigo de las caras de muchos de los Altos Mandos cuando se tomó la decisión de nombrarle a él como responsable del proyecto, bien se las podía imaginar. No les gustaba que un asunto de seguridad nacional estuviese en manos de un extranjero. Así se lo habían hecho saber. Como si a estas alturas hubiese nacionalidades. Si las hay, importan poco.

Pero para muchos no es así. Para muchos todavía es más sencillo culpar de todo a los de fuera. Buscar culpables en el exterior para asegurarse la posición de víctima. Así empezaba todo.

Hoy Gabriel Monteagudo no sale de su despacho vistiendo con camisa y corbata, como cada día. Hoy no viste uno de sus bien cuidados trajes. Esta mañana cruza el humilde pasillo y baja por las mal iluminadas escaleras llevando una camiseta blanca de algodón y un chaleco verde oliva y de corte militar. Unos pantalones del mismo color, llenos de bolsillos, y unas botas gruesas de cuero negro completan un uniforme casi estándar con el que no podría sentirse más incómodo. Aquello no estaba ni medio bien. No tenía ninguna relación con los militares y si la tenía no era del tipo de las que obligan a vestir uniforme, pero le simplificaba las cosas a la hora de pasar los controles de seguridad. Si tenía que elegir entre vestir como un recluta y pasarse las horas esperando para que le permitiesen entrar en cualquier edificio militar, elegía el menor de dos males.

A sus ya cumplidos sesenta y un años, todavía se siente joven.

Y estos días más que nunca.

Adora los desafíos y los retos imposibles. Si otra gente perdía la paciencia, la salud y el sueño ante las complicaciones, Gabriel era la clase de persona que se tornaba gigante e invencible. El insomnio y los desvelos, simples herramientas. Mejorar la imagen del ejército ante los civiles, y dentro de sus propias filas, no iba a resultar sencillo. Eso le motivaba mucho.

Camina por la calle, con aquella desgastada mochila colgando de su hombro y dedicando breves miradas al ayudante que le habían asignado. Había sido elegido para resolver cualquier posible duda que pudiese surgirle a Gabriel en su primer contacto formal con el ejército, así como para ponerlo al día de la situación real de España. A lo mejor. Tal vez no fuese a darle toda la verdad, pero al menos había quedado claro que no querían al publicista apareciendo cada dos por tres para hacer preguntas.

En las dos primeras semanas aquel joven teniente de intendencia, significase lo que significase aquello, le había pasado kilos y kilos de manuales militares y códigos disciplinarios. Historia bélica y política. Tratados sobre filosofía del guerrero e información sobre estrategias para el combate. Sistemas para el despliegue de tropas o para su manutención en territorio enemigo. Desgloses de complejos planos para la fabricación de pesadas armas que ya no tenían sentido. Era demasiada información y tuvo que absorberla casi toda a marchas forzadas. Por suerte era un experto convirtiéndose en experto en temas de los que antes no sabía nada. Lo había heredado de una profesión en la que casi había que convertirse en el cliente para adivinar lo que quería y lo que necesitaba. Porque no siempre es lo mismo.

La única pega era que parecía imposible satisfacer a tantos altos cargos al mismo tiempo.

El ayudante señala la entrada a un bar. El de siempre, de todas las mañanas de un tiempo acá. El del suelo pegajoso de la noche anterior, las mesas llenas de vasos vacíos y café hirviendo. A la hora que acostumbraban a salir de casa, el mejor que uno podía encontrar en ninguna parte. Hoy es bastante más tarde.

- ¿Vamos a parar a desayunar aquí antes del desfile, Señor?

Lo piensa. Un instante nada más.

- Es mejor que no. Seguramente todo esté preparado para comenzar y vamos justos de tiempo. Acabemos cuanto antes y nadie se enojará con nosotros.

- Sí, Señor.

El Teniente empuja sus gafas, subiéndolas sobre la nariz. Son gruesas y de pasta, de las que cuelga un cordón amarillo que pasa por detrás de su cuello. Nunca le había visto quitándoselas ni dejándolas colgando del cordón. Tampoco le había visto vestido con nada que no fuese el uniforme, ni con otro peinado que aquel cráneo afeitado de recluta. Parecía el soldado modelo. Quizás no muy duro pero sí disciplinado. Ése era el valor más importante para el ejército. Para el Ejército, como institución. Era el eje de cualquier fuerza armada.

Y sin embargo, pese a ser el soldado ideal y pese al rango de teniente, le habían asignado la desagradable tarea de resolver las dudas de un civil curioso y de ejercer casi de secretario. Si no era un castigo era un premio extraño.

Para los soldados la disciplina no era tan importante. Al menos no para motivarlos, por supuesto. Gabriel tiene claro que ofrecerles recompensas tampoco serviría de nada, después de cientos de promesas incumplidas o aplazadas indefinidamente. Cuando a uno le prometen mucho y no le dan nada, al final lo único que se regala es desconfianza. Falta de fe. De objetivos personales. De ganas de ser soldado y de defender a la gente que vive detrás de la bandera nacional. E hinchazón de bolas.

Cada día más y más de aquellas vocaciones que habían nacido con la Gran Plaga, morían en el transcurso de una noche o iban agonizando día a día. Aumentaban las deserciones, a pesar del férreo control y de los grandes castigos para quienes se intentan marchar sin haber cumplido su contrato. Unos contratos que se habían alargado indefinidamente debido a la permanente situación de crisis nacional.

Aumentaban las noticias y rumores de desbandadas entre los militares. Pelotones completos que habían desaparecido dejando desierto el lugar que debían proteger y que habían sido tomado por muertos en combate. Solo algún soldado que fue capturado tiempo después sirvió como prueba de aquellas épicas deserciones en masa. Cada historia de esa clase daba aliento a quien ya se estaba planteando iniciar un movimiento parecido. Como un río de pólvora, la situación parecía encaminada en una única dirección y a marchas aceleradas.

Para frenar ese peligroso efecto dominó, Gabriel Monteagudo y su ayudante se dirigen a la Avenida Principal dispuestos a pasar revista a las tropas desde el palco de honor acompañados de las personas más poderosas de la nación. Esperaba que nadie reparase demasiado en su presencia y le permitiesen hacer su trabajo tranquilo y en silencio. Quería examinar las diferentes unidades que iban a desfilar y valorar cual sería mejor para una campaña de publicidad, en caso de haberla. Todavía no tiene muy claro cómo empezar.

Con cada paso es un poco más consciente de que dentro de un rato estaría sentado al lado del rey y de sus allegados. De los militares más pesados dentro del ejército nacional y de las personalidades más relevantes del momento. Si no le apetecía charlar con ninguno de ellos ni someterse a su escrutinio, menos aún quería hacerlo con Don Felipe el Bueno.

Con cada paso se siente un poco más inquieto.

“¿Nervioso? No, tiemblo por el tremendo éxito que me espera” diría si alguien le preguntase.

No era un hombre parco en palabras. Era un hombre que sabía elegirlas.

Escucha a su ayudante intercambiar unas palabras con otro soldado que vigila apoyado desde la esquina del edificio. Una buena bronca. El soldado se pone rígido y mantiene el saludo marcial para luego ponerse de un color gris piedra poco a poco, cuando el Teniente le pregunta sus datos y toma nota de ellos.

Para cuando ambos continúan la marcha, el soldado se mantiene firme en mitad de la acera, mirando atentamente a todos lados y analizando concienzudamente a la mayoría dela gente que pasaba por la calle. Eso parecía al menos.

Disciplina. En este caso funciona, o al menos lo hace hasta que ambos se alejen lo suficiente para que el soldado respire tranquilo de nuevo. Tal vez cuando regresen vuelvan a encontrarlo apoyado en la misma pared, fumando tranquilamente como si fuese un joven ocioso.

A Gabriel le parece bien que metan en cintura a los soldados siempre que sea preciso ya que, al fin y al cabo, llevan armas y son las personas responsables de la seguridad. Si no se podía confiar en ellos la gente empezaría a protegerse por su cuenta, como pasaba en algunos lugares ya antes de la Gran Plaga. Si la policía y los militares son los malos del cuento, ¿a quién le pide uno ayuda?, ¿quién sabe lo que es un delito?

Para evitar esas cosas estaba la disciplina y la mano dura. Gabriel lo sabía y le parecía bien.

Aunque también le parece que con la espalda apoyada en la pared aquel soldado podría vigilar la calle del mismo modo que manteniéndose de pie.

Si algo necesitaba el ejército hoy en día era perder un poco de aquella rigidez y echar luz sobre toda la maraña de secretos que lo envolvían. Si algo precisaban allí era una política de puertas abiertas, bolsillos vacíos y manos limpias.

No iba a ser nada fácil.

Muchos lo mirarían mal. A la más mínima insinuación del más ligero cambio. Muchos y muy poderosos se le opondrían.

Al carajo.

Seguro que a los dinosaurios también les costó darse cuenta de que se habían extinguido.

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