Capítulo XVI: Monteagudo (II)

- Parece que alguien nos ha cagado la mañana. Va a ser movida.

- Eso parece, Señor.

Ambos cruzan una mirada breve de pesada resignación y se vuelven hacia la multitud. Tras doblar la última esquina ambos han entrado en la Avenida Principal y se han encontrado inmersos de pronto en una alargada marea de personas que se agolpan a ambos lados de la calzada. Una muchedumbre festiva y ruidosa que se retuerce a la espera del plato principal mientras la música de las bandas militares intenta imponerse al sonido del gentío.

Desfilan los músicos a ritmo de marcha mientras los dos recién llegados intentan atravesar aquella barrera de personas que se interpone en su camino a los palcos.

Codazos y empujones. Pies que se enredan y traspiés imposibles de contar. Movimiento en todas direcciones y en todo momento. Quejas y más empujones. Algunos porque no quieren que le roben los mejores sitios para ver el desfile. Otros, simplemente, porque han notado los uniformes que llevan Gabriel y su ayudante. Si la travesía a través de carne viva no iba a ser fácil de todos modos, aquella gente estaba dispuesta a complicársela un poco más.

Pero llegan, después de todo. Aunque a duras penas. Treinta minutos para cruzar apenas cien metros.

Los reciben cordialmente, a punta de metralleta y con sonrisa de perro rabioso.

Entregan sus credenciales. Registran su mochila y la de su ayudante. Los cachean a los dos. Les obligan a quitarse las botas y los calcetines. Vuelven a cachearlos. Obligan al Teniente a quitarse la chaquetilla militar y la camiseta blanca de algodón. Dejan que se vista de nuevo. Le piden a Gabriel que se baje los pantalones. Se niega. Vuelven a pedírselo. Se niega de nuevo. Los cachean a los dos.

Los dejan pasar.

El Teniente parece molesto con el humillante escrutinio al que han sido sometidos. Gabriel no. Entiende que allí se tomen la seguridad en serio. Entiende que todo aquello tiene lugar por un motivo y que el proceso pasado, en este caso, nada tiene que ver con quienes son ellos y sí mucho con quién van a estar. Aunque puede que el ayudante tuviese razón para quejarse. Puede que todo sucediese por que sí o por quienes son. Hay cosas que nunca podría saber con certeza.

Como por ejemplo, por qué tanta gente había aparecido de la nada para celebrar aquel excepcional día festivo esperando el desfile de unos militares a los que, en teoría, odiaban.

Boludos.

Tenía que ser por lo de Madrid. Las primeras transmisiones se habían registrado apenas una semana antes y, a estas alturas, todo el mundo lo sabía. Era casi un hecho. Un secreto a voces que, sin embargo, todavía no había sido confirmado por ningún comunicado oficial. Ni desde el ejército ni desde ninguna otra fuente.

Pero no había casa o calle en la que no se hablase de lo mismo.

Habían recuperado la capital. Madrid volvía a ser española. Española, humana y civilizada.

En parte, al menos. La escasa información que se había filtrado incluía todo tipo de conjeturas. Todo dependía de quién escuchaba uno la historia.

La única verdad, la única certeza que se tenía hasta el momento era que los primeros grupos habían sido enviados a la gran ciudad central hace ahora unos nueve años. Mucho tiempo. En ese tiempo habían tenido algunos serios problemas, a parte de las esporádicas y poco amenazantes visitas de los infectados. Los primeros grupos habían durado cuatro meses antes de que toda comunicación cesase. Los siguientes grupos llegaron a durar medio año. Un año y medio los siguientes.

Más de seis mil soldados habían desaparecido. Fueron enviados a recuperar Madrid y nadie pudo recuperar sus cuerpos.

Lo hizo todo el Decimotercer Batallón.

Asentados durante dos años y tres meses sobre los cuerpos de sus compañeros muertos. No literalmente. No estuvieron mucho tiempo quietos. Habían finalizado la construcción del perímetro de seguridad, que empezó el Quinto Batallón, y también la zona residencial, dada a luz con el nacimiento de toda la operación y con la desaparición del Primer Batallón. Tan pronto pudiesen instalarse allí los primeros colonos, el proceso de conquista se aceleraría exponencialmente. Todo el mundo hablaba de eso. Tal vez muy pronto habrían recuperado toda la capital.

Eso tenía que ser. La razón de aquella inesperada muchedumbre. Una forma de celebrar la noticia y agradecer a los hombres y mujeres que la habían hecho posible. Eso tenía que ser.

Resultó complicada y odiosa, a partes iguales, la subida por la compleja escalerilla metálica que permitía llegar a los palcos. Cada tres peldaños un guardia armado, de mirada lobuna y dedo en el gatillo. La presión psicológica era increíble. Notaba las miradas de los que iban dejando atrás y de los que todavía esperaban más arriba. Casi sentía como los olisqueaban al pasar, en busca de algo. Buscaban asesinato. Allí solo había aquella nudosa sensación que le llegaba desde la boca de su estómago. Era miedo, en parte. El ayudante parecía llevarlo mejor.

Hasta que los hicieron detenerse.

Un guardia, como los demás. Sin más medallas o condecoraciones que ningún otro. Simplemente considero prudente registrarlos antes de dejarlos pasar. Aunque ya lo hubiesen hecho y aunque intentasen explicárselo de cualquier manera. Quería ver el contenido de aquellas mochilas y asegurarse también de que bajo sus ropas no ocultaban armas.

Si por un instante pensaban negarse, incluso el Teniente-Ayudante, dos de los soldados que habían dejado atrás se ofrecieron para proceder al registro personalmente. Fue entonces cuando notaron aquella no tan invisible doble barrera que los encerraba y solo les dejaba una vía de acción.

El registro fue breve y rutinario. Por decirlo de algún modo.

Diez minutos más y estaban en la cima de las escaleras. Dos soldados que los miran fingiendo ser unas estatuas de las que solo se mueven los ojos. No les dicen nada y ellos cruzan la cortina.

El cambio de luminosidad hace que Gabriel y su ayudante parpadeen, mientras sus ojos intentan adaptarse. Cuando lo consiguen, lo primero que captan son miradas de desaprobación y, al menos lo parece, desprecio. Llegan tarde. Bastante. A los militares les gusta mucho la puntualidad y ellos, como dicen por aquí, se la han pasado por el forro. Escuchan los vítores que llegan desde la calle mientras las primeras unidades terminan el recorrido por la Avenida Principal. Sí que llegan un poco tarde. El momento incómodo se alarga unos segundos más y, por fin, los ocupantes de la tribuna de honor vuelven su vista de nuevo hacia la calle.

Nadie presta atención a dónde toman asiento los recién llegados. Ni siquiera aquellos seis guardias que casi parecían las columnas de una extraña sala de tres paredes, llena de cómodas butacas. Ellos ocuparon unas al fondo, en la esquina más alejada al Rey y a sus amigos.

Y respiraron por fin, intentando relajarse. Había sido un momento muy desagradable para él, con todos aquellos ojos mirándoles a los dos. No eran tantos pero eran ojos importantes. Eran ojos enfadados, clavados en rostros peculiares, pegados a pechos llenos de medallas. Todos con trajes de gala. A alguno bien podría costarle mantener el peso del metal que cuelga de su chaqueta. A alguno bien podría costarle mantener su propio peso al caminar.

Todos son hombres pero ninguno puede decirse joven. Todos ellos representan el Poder. El estrato más alto de la capa más alta de la escala de poder. La clase más privilegiada de la dañada sociedad que todavía intenta recuperarse de la bíblica catástrofe que la había dañado. Aquellas eran las personas que tan poco dispuestas estaban a ceder en ninguna de sus atribuciones, políticas o militares, ni tampoco a renunciar a las concesiones que se les habían hecho en una situación de emergencia. Ese era la cuestión y nadie parecía darse cuenta. La situación vigente no era perfecta, es verdad, pero no podía compararse con el caos que reinó durante La Gran Plaga. No podían seguir aplicándose los mismos métodos y criterios. Aquellos rostros, de orejas aparentemente inútiles, se negaban a aceptarlo.

Su ayudante ya estaba tomando notas mientras las unidades seguían desfilando. Su trabajo era contar qué y cuantos son de cada cosa. De cada tipo de unidad. Gabriel en cambio debía analizarlas por si alguna de ellas le sugería un enfoque publicitario. Aunque todo aquello era algo más que publicidad. Le había sido otorgada una especie de carta blanca para elaborar un informe completo del estado actual del ejército y establecer un plan para mejorarlo. Para que la opinión pública sobre el ejército pudiese mejorar, antes debían adecuarse a sus tiempos. Pero Gabriel seguía sin tener ni idea de por dónde empezar.

Desfila la Legión, con su característica marcha acelerada y ni siquiera les presta atención. Son duros, puede, pero su apariencia es ridícula. Seguramente ya estaban en extinción antes de la catástrofe. Ahora eran una parte importante de toda la infantería disponible. Tal vez se les podría reeducar, por así decirlo. También habría que estudiarlo.

Observa al Mariscal del Ejército de Tierra comentando algo en voz baja con sus homólogos de Aire y Mar. Un cuchicheo discreto y apenas audible. Menos todavía para los ocupantes de la lejana esquina. El Rey gira la cabeza hacia los tres mariscales. Por fin adivina el mensaje. Puede ver la gruesa sonrisa bajo el tupido mostacho del Mariscal de Tierra cuando el Rey le da la razón: “Casi me pongo nostálgico al ver de nuevo desfilando a la Legión”. Aquello parecía muy importante para la moral de los soldados. Puede que todo el desfile fuese una muy buena idea después de todo.

Dejó que su mirada rodase muy despacio sobre aquellos que ocupaban la esquina opuesta en el palco. Sí, todos eran poderosos. Y no todos eran militares. Los había que eran invitados por la importante posición que ocupaban en la jerarquía de la nueva sociedad y otros como simple gesto de favor hacia otras personas influyentes. Claro que también los había que asistían por pura obligación y por atender a sus deberes, como bien podría ser el caso de los soldados del fondo del palco o incluso de Gabriel y su ayudante. Así era la vida, lo que para unos es placer para otros es trabajo.

Escucha el bolígrafo del Teniente derrapando sobre las hojas de papel a toda velocidad mientras toma notas. Escucha los cuchicheos amortiguados que llegan desde la otra esquina y sin embargo su mente está en otra parte. Por un segundo piensa en lo lejos que está de su vida, de todo lo que había imaginado que podría ser su vida y, sobretodo, de su familia. Solo por un segundo y después desaparece. Como un gesto reflejo o la punzada de una herida ya cerrada y curada. El dolor fantasma de una herida que no ha podido vencer a la persona pero que le acompañará para siempre. Del mismo modo que le acompañarían preguntas que jamás obtendrían respuesta. Jamás. ¿Qué habría sido de él de no haber aceptado la invitación para la IV Convención de Agencias de Publicidad? ¿Habría muerto en Argentina? ¿Habría podido salvarse y salvar a su familia? ¿Seguirán ellos vivos?

Escucha un ligerísimo rechinar de dientes. Resulta obvia su procedencia, aunque el Teniente está de espaldas a Gabriel. Intenta seguir su mirada y al momento adivina el motivo de todo.

Mr. Günther Niemand.

No caía nada bien a los civiles. A los militares un poco peor, sí cabe. No era de extrañar.

Aquel grueso y sonrojado alemán tenía el pelo rubio y los ojos de un glauco azul muy llamativo pero poseía el mismo porte y casi el mismo perfil que un botijo. La abultadísima barriga y el pecho de buey que sube y baja aceleradamente por el simple esfuerzo de seguir respirando. El deshojado y alargado mostacho de vello rubio que no deja de toquetearse mientras observa el espectáculo y mientras escucha hablar a los demás. Ojos de rata, pequeños y hábiles, curiosos y traicioneros. Van de aquí para allá, de las tropas que desfilan a sus compañeros del palco y viceversa.

Y él era el más llamativo de todos.

Si nunca había sido un hombre delgado, la vida asentada que le permitía su cargo había causado aún más estragos en su figura. Parecía un tonel con extremidades, también cortas y rechonchas. No eran pocos los comentarios jocosos que se escuchaban sobre aquel casi esférico Consejero.

De acuerdo a los informes que había leído Gabriel, Mr. Niemand había sido oficlal de comunicaciones en el ejército alemán y había llegado a España después de probar suerte en Italia, Suiza y Francia. No fueron pocos los que, como él, intentaron moverse más rápido que la Gran Plaga, pero sí fueron pocos los que sobrevivieron así. Al menos aquí no se habían dado demasiados casos. Si bien no había resultado útil hasta bien solventado el conflicto inicial en la Península poniendo en práctica el llamado Plan Europeo y huyendo a Canarias. Fue cuando se estableció de nuevo el orden, tanto como fue posible, en el momento en que alguien encontró a aquel superviviente que se las había ingeniado para llegar hasta allí con información muy detallada de lo que habían hecho otros países y de cómo había resultado. Fue información que no cayó en saco roto. Y a cambio él consiguió todo lo que necesitaba. Rechazó el rango militar que le ofrecían, espejo del que una vez había tenido en su ejército patrio y, en lugar de eso, aceptó el nada codiciado puesto de Consejero Real. Por aquel entonces eran más de un centenar las personas que ofrecían consejo al Rey y a los Altos Mandos sobre diferentes materias. Con el paso del tiempo, por uno u otro motivo, esas personas fueron recolocadas en posiciones que las mantenían lo suficientemente cerca para seguir pudiendo pedirles consejo y lo suficientemente lejos como para que no se entrometiesen demasiado. No estaba claro cuanto tiempo pasó entre una situación y la otra, pero muy pronto Mr. Niemand se convirtió en el único Consejero de La Corona Española. Y a nadie pareció importarle. Sobretodo porque aquel hombre se había convertido en uno de los pocos amigos del Rey Don Felipe el Bueno.

Pero no estaba allí solo por saber hacer amigos. Era un hombre de ideas. No siempre ideas agradables o fáciles de poner en práctica pero siempre eficientes e ingeniosas. Era esa clase de personas que no hablan salvo que estén seguros de que van a decir algo útil. Uno de esos hombres que trabaja mejor detrás de un mapa o frente a unas estadísticas que en el campo de batalla. Había sido el ideólogo del sistema empleado hasta el momento para la Gran Reconquista y el mérito de cada centímetro de tierra peninsular ganado había sido para él. Él había reorganizado una parte importante del ejército y convencido a los Altos Mandos para aceptar aquel nuevo sistema de unidades autónomas. Los Batallones de Investigación y Conquista Independientes, o BICIs, como los llamaba todo el mundo, no cuajaron muy bien al principio. Pero funcionaron perfectamente una vez lejos del hogar. Éxito tras éxito pronto todos estaban de acuerdo con aquella de repente ingeniosa idea que sin embargo a nadie se le había ocurrido. Por primera vez cada Batallón desplegado era completamente funcional e independiente, con expertos de todo tipo para solventar sobre el terreno las necesidades que les pudiesen surgir. Por primera vez los BICIs funcionaban como debían. Así fue como consiguieron gran parte de Andalucía. Todo el proceso de traslado e instalación de militares y colonos, los proyectos de adecuación del entorno y los protocolos de instalación de medidas defensivas se realizaban siguiendo las órdenes de aquel rubicundo Consejero alemán. Todo lo que tenía que ver con la recuperación de territorio pasaba por sus manos. Ninguna decisión era tomada sin que él diese su visto bueno o al menos fuese informado de manera conveniente y con suficiente antelación. O así era desde que Gabriel Monteagudo había sido apartado del proyecto BICIs con una palmadita en la espalda y una carta de disculpas firmada por un militar que no conocía.

Mr. Niemand gira la cabeza hacia aquella alejada esquina del palco, casi como si hubiese notado la inquisitiva y rencorosa mirada que le dirigían a su rechoncha nuca. Reconoce al Señor Monteagudo y le dedica una especie de saludo, moviendo las cejas. Nota la sacudida de cabeza de Gabriel y como aparta la mirada hacia la calle sin haberle devuelto el saludo. Tuerce aquellos labios finos y aquel estéril mostacho en una desagradable y poco discreta sonrisa.

Gabriel no era la clase de persona que se ofende cuando pierde un trabajo si sabe que la persona que le sucede tiene más talento o puede hacerlo mejor. Él es la clase de tipo que antes de hacer las cosas mejor se pregunta si es decente o humano hacer las cosas. En cambio Mr. Niemand no. Por eso todos los proyectos en los que el alemán tomaba parte acababan dando buenos resultados. Por eso muchos civiles le tenían miedo. Por eso lo odiaban los militares, en general. Sí, se había conseguido mucho, pero con un coste en vidas humanas y un desgaste para el ejército totalmente inaceptable. En parte toda aquella situación de desconfianza hacia el ejército y de desgana dentro de sus propias filas, era debida a aquella política de reconquista a cualquier precio. A nadie le gusta sentirse obligado a vivir, trabajar y respirar para el Estado ni mucho menos saberse carne de cañón.

Y allí estaba ahora el señor Günther Reclutaniños Vendevidas, luchando por inclinarse en su butaca para murmurar al oído del Rey. Indiferente a las airadas miradas que le llegan de soslayo desde diferentes ángulos. Es probable que ninguno de los presentes le tuviese aprecio. Ninguno salvo Su Majestad. Cualquiera de los demás de buena gana lo mataría, o haría matar, y echaría de comer a los perros.
Cerdo alemán traidor. Y eso que a Gabriel no le gustaban los tópicos.

- No lo soporto. Es como saber que tienes una serpiente en la cama y aún así dar gracias por poder irte a dormir.

Escucha hablar al Teniente y se sorprende por su ataque de sinceridad e imprudencia. Su comentario no ha sido lo suficientemente alto para que lo escuche ninguno de los otros, o al menos para que ninguno gire la cabeza hacia ellos. Gabriel le dedica una severa mirada el suficiente tiempo para que su ayudante la note. Se ruboriza y baja la cabeza hacia la libreta, empezando de nuevo a tomar notas.

- Tranquilízate. Hacemos nuestro trabajo y nos vamos. Con la boca cerrada. Cómodo y sencillo.

Gabriel decide escucha sus palabras y decide aplicárselas a sí mismo. Ignora la presencia de aquella sibilina bestia alemana y de los demás Altos Mandos. Ignora a las personas que tantos quebraderos de cabeza le han dado en los últimos tiempos, aún a sabiendas de que muy pronto tendrá que enfrentarse a todos ellos. Vuelve su atención a la calle y dedica su atención a las unidades de caballería que trotan animadamente sobre el asfalto a ritmo de caja. Si las unidades de caballería habían dado paso a las de artillería y a los tanques, con la escasez de combustible se había vuelto al origen. Los caballos eran de los pocos medios de transporte que seguía resultando funcionales a día de hoy porque uno podía parar a repostar en cualquier pradera.

Del mismo modo, el Ejército del Aire había quedado prácticamente inutilizado por su poca utilidad salvo para lo referente a las misiones de reconocimiento o de transporte de tropas. De hecho, quedaban más oficiales dentro de aquella rama muerta del ejército que en ninguna otra. Había más personas con rango que aeronaves que pudiesen utilizarse. Eran otro de aquellos vestigios de una época diferente que seguían colgando inútilmente del cuerpo del Ejército.

Concluye el desfile y empiezan los pequeños gestos que auguran la despedida. Empieza a sonar la música a mayor volumen mientras desfilan los últimos veteranos y hombres heridos en combate. Los aburridos ciudadanos todavía permanecen de pie esperando la confirmación de que aquello se ha acabado o está a punto de hacerlo. En el palco, en cambio, empieza una lenta procesión de personalidades que se retiran a su refugio y a sus quehaceres diarios. Los mariscales son los primeros en marcharse, a la vez y acompañados por un pequeño grupo de soldados que entran para ofrecerles escolta. El siguiente es Mr. Niemand, ayudado por la jovencísima esposa que ha entrado a buscarle y que al instante ha captado la atención de todos los presentes, sino por su belleza si por la poca edad que aparenta.

Gabriel observa como se retiran unos y otros, intentando identificar a las bien vestidas personalidades que no ha podido reconocer antes por estar de espaldas. Ninguno de ellos le interesan demasiado por ser casi lo mismo los unos y los otros. Todos formaban parte de aquella comandita que insistía en repartirse el poder a puertas cerradas y todos sabían jugar bien sus cartas. El ya retirado publicista tenía pensado evitarlos siempre y cuando le fuese posible.

Hasta que uno de ellos se detuvo de pie justo enfrente a él.

Y no uno cualquiera. El Rey Don Felipe el Bueno.

Gabriel alza la mirada sobre aquella alargada y distinguida figura que bloquea casi todo lo que puede ver. Recorre con sus ojos el uniforme militar de su Alteza y casi desgrana cada medalla que cuelga de su pecho. Sigue la línea curva que forma la banda violeta sobre el pecho del monarca y finalmente, casi como si no hubiese podido evitarlo el tiempo suficiente, al final sube hasta su rostro.

Eran ojos serenos y respetables, que miraban todo con sabiduría, ambición y un toque de melancolía. Eran ojos de Rey. Resultaba ligeramente inquietante y turbador estar bajo su mirada ahora que estaba trabajando de manera casi directa para él.

- Buenos días, Monteagudo.

- Buenos días, Majestad.

Deja el bolígrafo muerto sobre el cuaderno mientras intenta no revelar su nerviosismo. No sabría ni qué decir ahora mismo así que en lugar de decir nada, espera a ver qué escucha.

- Tenemos que hablar un día de estos. Pronto a ser posible. Esta tarde si puedes. Quiero hacerte algunas preguntas y aprovechamos para que me pongas al día de lo que has hecho hasta el momento.

- Claro, Majestad. Yo había pensado en posponer esa reunión hasta tener una estrategia o un plan de acción claro, pero podemos reunirnos cuando guste.

- Esta misma tarde entonces, Monteagudo. Me he enterado de algunas cosas y quiero que me las confirmes o las desmientas. En mi despacho a las ocho de la tarde.

Traga saliva e intenta formar una frase con la que responder al monarca. Tarda demasiado. El Rey se gira sin añadir nada más y se retira del palco, saliendo acompañado por los seis guardias que habían permanecido al fondo y que ahora forman un círculo a su alrededor.

Gabriel Monteagudo se permite por fin un largo y lento escalofrío que lo recorre de abajo a arriba mientras en su cerebro se disparan todas las señales de alarma existentes. Aunque el tono de Don Felipe no fue amenazante ni inquisitivo, bien sabía en qué podía acabar una de aquellas sesiones en las que pedían, o más bien exigían, los resultados de cualquier proyecto. Por varios minutos no pudo evitar darle vueltas a aquella peligrosa y quizás acertada idea de que alguien no estaba nada conforme con el proyecto de Gabriel y que preferían librarse de él cuanto antes.

Por varios minutos no pudo evitar ponerle un rostro a tal clase de maquiavélico plan.

Mr. Günther Niemand.

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