Capítulo XVII: Oasis

- ¿La niña es hija tuya?

- No.

- ¿De la familia?

- No.

- ¿De la familia de algún amigo?

- No.

- ¿De la familia de algún conocido?

- No.

Un silencio. Breve. Pero no lo parece tanto.

- ¿Es del refugio? ¿Se había escapado y la has rescatado?

- No.

- ¿La has encontrado abandonada?

- No.

- ¿La has secuestrado?

- No.

Un silencio. Un poco más largo. Aunque le llevaba casi cinco metros de ventaja, paso a paso aquel viejo y reencontrado compañero estaba resultando un verdadero incordio. Apenas podía percibir sus propios pasos sobre la arena, acosado por las infinitas preguntas del filósofo.

Al principio ni le respondía, pero le repetía la misma una y otra vez. Como si pensase que no le había escuchado. Una y otra vez. Cuando escuchó unos cientos de veces la misma pregunta decidió respondérsela de la forma más breve posible. Con la siguiente lo mismo. Así hasta que se le acabasen las preguntas. Eso pensó,

Pero no se acababan.

Pedro estaba incómodo. Cada nuevo paso en la arena significaba vigilar a sus perros y encargarse de que ninguno decidiese darse la vuelta y regresar a un lugar más hospitalario. A ninguno de los diecisiete filósofos caninos le gustaba la atmósfera muerta de aquellos kilómetros de polvo y arena. Todos ellos estaban deseando regresar a la espesura. Pedro también. Notaba la incisiva mirada de aquella extraña niña que caminaba a su lado observándole a ratos. Cuando las miradas se encontraban, ella apartaba el rostro. Vestía una especie de manta enrollada a su cuerpo. O un saco viejo al que le habían hecho agujeros. No lo sabía a ciencia cierta, pero todo aquel poco infantil entramado de tela se mantenía en su sitio gracias a varias cuerdas que la rodeaban aquí y allá. Casi parecía un fardo con brazos y piernas. Un paquete que se enviaba por sí mismo.

Aquel casi desconocido Cazador era otro tema. Si de joven nunca había sido muy hablador, ahora estaba resultando imposible obtener información de él. No estaba seguro de que hubiese articulado más de dos palabras seguidas desde que habían enterrado al caballo. Y eso con suerte. Un hombre extraño, como casi todos los de este tiempo. Con el arco cruzado a la espalda junto al carcaj y la mochila; un sombrero de cuero, de ala ancha, agujereado y maltrecho. Con las pesadas botas de cuero y todo lo demás. Un aspecto fiero. Parecía un bandolero. Un hombre peligroso sin duda. De esa clase de personas a las que Pedro Diablo podría haberle hecho frente, de ser preciso. Pero no sería preciso. Y además él ya no era Pedro Diablo. El viejo diablo había vendido sus pistolas por amor y ahora ya no existía.

- ¿Falta mucho para llegar al Refugio?

- Sí.

Ahora parecía además que intentaba llevarle la contraria. No podía faltar tanto. Incluso desde aquí se veía el marcado comienzo de una pequeña y verde cadena montañosa. Como un oasis en medio de aquel desierto. Es verdad que no atinaba a distinguir el color gris de los muros todavía pero no podían estar tan lejos. El desierto no podía ser tan complicado de cruzar. Era solo un anillo de unos cuantos kilómetros de radio, alrededor de aquellas montañas. Aunque había un truco, o eso pensaba Pedro.

- ¿Este desierto es difícil de cruzar para todos, verdad?

- Sí.

- ¿Por qué?

No hay respuesta, aunque no le pilla por sorpresa. Solo la incisiva mirada de la niña, que se aparta de inmediato en cuanto él la nota.

- ¿Es porque es muy grande?

- Sí.

- ¿En serio?

- No.

Imbécil.

- ¿Es porque es difícil de seguir una línea recta?

- Sí.

- ¿Y no funciona si miras todo el tiempo la montaña?

- No.

Tendría que darle la razón en este asunto, al menos hasta que tuviese más experiencia en este lugar. Llevaba mirando aquel islote verde casi desde el momento en que sus ojos se lo habían hecho notar y siempre habían avanzado en línea recta hacia él. Lo parecía al menos. Qué complicado.

- ¿Has comprado a la niña?

En lugar de responderle esta vez, nota como el Cazador gira la cabeza para mirarle un segundo. Y después le responde.

- No, imbécil.

- No te enfades. Esto sería más sencillo si me contases directamente lo que quiero saber. ¿Es que no vas a contestarme ninguna pregunta que te haga?

- Te he contestado muchas.

- Digo alguna en condiciones.

Se toma su tiempo en contestar. Hasta el punto que Pedro se imagina que no va a decir nada. Al fin y al cabo no le ha preguntado nada directamente.

El Cazador se detiene y se gira para mirar a los otros dos mientras se acercan, seguidos por la procesión de perros famélicos.

Espera a que lleguen. Llegan.

- Escoge una pregunta que quieras que te responda en condiciones, como tú dices, y después estaremos callados el resto del viaje.

Y tal vez debería haberlo pensado más antes de disparar. Disparar palabras. Porque como las balas, no tienen vuelta atrás.

El rápido giro del Cazador había dejado a la vista algo que asomaba colgando de la cintura de su pantalón en uno de los costados y antes siempre oculta por la ropa. No reconocía la funda negra, pero sí la culata de madera y el brillo metálico de aquel cañón que asomaba al final. Era increíble. Y por eso tuvo que preguntar.

- ¿De dónde has sacado ese revólver? Es que me suena mucho. ¿No había dos?

El Cazador casi parece sorprendido. Se saca el sombrero y lo deja caer al suelo. Se pasa una mano por el pelo y luego la baja hasta la cintura. Saca el arma con un gesto natural y rápido. Peligroso. La funda todavía no sabe que está vacía cuando el arma ya avanza por el aire, realizando un rápido giro que la deja con la culata ofrecida hacia Pedro.

Pedro tiene que parpadear dos veces. Una por el susto del veloz y natural gesto de desenfundado y otra por que reconoce el arma sin mirarla más de dos veces.

- Unos bandidos bastante desagradables. Los que quedaron vivos huyeron y no he vuelto a verlos. Supongo que con su líder muerto y su campamento destruido no tenían nada que los atase aquí. De lo poco que pudo rescatarse fue este revólver y una pequeña caja de munición.

Contiene la respiración. Esto tiene buena pinta. Hace un gesto con la mano instando al Cazador a que prosiga el relato. Nota la mirada molesta de aquellos ojos azules, pero consigue lo que quiere.

- Había otro revólver, sí. Explotó en la mano que lo empuñaba y parte del arma acabó incrustada entre las cejas del dueño. Así es como murió el líder de los bandidos. Y puedo garantizarte que es verdad porque me estaba apuntando a mí.

- ¿Era Cipote Ricardo?

El Cazador enarca una ceja.

- Ni le pregunté su nombre ni le bajé los pantalones para comprobar si sus partes lo tenían.

- No te rías. Se la tenía jurada a ese bandido. Esas armas eran mías. Yo era su dueño

- Pues toma, quédate ésta si quieres. No me gustan y no la necesito. Lleva seis balas dentro, las demás las entregaré en el refugio. En cuanto a la otra pistola, alégrate pensando que se tomó la venganza por ti.

Esta vez es Pedro el que guarda silencio, mirando fijamente la culata de aquella arma que le ofrecen. No puede hacer otra cosa.

Extiende su brazo, preparándose.

Vamos, viejo. Aún puedes llamar a la puerta del diablo. Deja que salga y te ayude.

Está todo lo preparado que se puede estar

Y, aún así, cuando siente el contacto de la madera y el metal en su mano, todo su brazo vibra. Cuando su brazo sostiene ya todo el peso, su cuerpo tiembla de arriba a abajo. Es su revólver, de nuevo.

Pedro Diablo ha recuperado una de sus pistolas. Solo una.

Pero uno es mejor que cero.

Cuidado todos. Pedro Diablo ha regresado. Cruzando el desierto avanzan

Un diablo viejo y su pistola. Un Cazador y su niña. Un silencio que los rodea a todos.

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