Capítulo XVIII: ¡Despierta, coño!

Como si hubiesen utilizado un taladro percutor sobre su cráneo y alguien se le hubiese meado en el agujero. Así se siente en el primer segundo en que regresa en sí. Ni siquiera puede abrir los ojos, abrumado por aquel punzante dolor que le atraviesa en un punto muy concreto de su cerebro. Dolor. Tan intenso que ni siquiera podría asegurar dónde está o si realmente está. Incluso su propia existencia es puesta a prueba en aquel primer segundo de dura vuelta a la realidad, antes incluso de que el resto de su cuerpo decida sí despertarse o no.

Consigue abrir los ojos antes que hilvanar las imágenes fragmentadas que le recuerda su astillada cabeza.

La luz es pálida y tierna. Apetecible y casi crujiente. Cálida, apenas. Excesiva. Rutilantes luces y un baño de colores que son demasiado para aquellos ojos recién despertados. Los cierra antes de que su cerebro colapse, incapaz de procesar nada de lo que ha visto o de asumir simplemente que ha recuperado la vista.

Su cuerpo empieza a temblar ligeramente, convulsionándose al ritmo de una música que solo escuchan los cerebros dañados.

Oh, vamos, ¿qué mierda ocurre?

Su cuerpo deja de temblar y de retorcerse.

Se queda dormido. Sin darse cuenta. Sin darse cuenta de que había despertado.

La escena se repite dos y tres veces. Cuatro o cinco. Todas mientras la herida es reciente. No se ha recuperado. Ni mucho menos. Pero no se da por vencido. Cada día lo intentaba. A veces por la noche también. Cada vez que intentaba despertar de aquel extraño sopor que lo invadía, era vencido por los huesudos dedos de la enfermedad. La Enfermedad.

Porque de lo que estaba enfermo era de Muerte y él no quería aceptarlo.

No quería dejar que su carne se marchitase y su nombre se apagase. No podía permitir que su causa quedase sin defensor, ni sus amigos sin una apropiada despedida. Su carne no se pudriría mientras él no aceptase que así había de ser. Si su cerebro insiste en que está muerto, cada centímetro de su cuerpo le asegura que no puede ser. Porque no podía. Así no. Se negaba la posibilidad de abandonar este mundo dejando tantas cosas por hacer

Y tantas cervezas sin beber

No podía marcharse.

No mientras siguiese existiendo alcohol y algún motivo para beberlo, aunque fuese vano.

Y más aún.

Elegid bien una manera de morir.

Palabras de fuego en cerebros rotos que apenas recuerdan ni qué los ha matado. Palabras que resuenan tan fuertes y tan graves que consiguen hacer eco en el corazón y devolverle la vida o las ganas de volver a ella. Recuerdos de personas y promesas, que no pueden ser dejadas atrás solo por cobardía o porque es más fácil morir que luchar.

Nenaza. Maricona. ¡Despierta, coño!

Abre los ojos. Por fin. Le duele. No mucho. No mucho porque ha abierto los ojos

Al día más doloroso de su vida y todo le parece poco en comparación.

Y aunque nada de lo que encuentra a primera vista le resulta familiar, si encuentra un rostro.

La sombra de un rostro que rehúye la luz diurna.

- Buenos días, princesa. Llevas más o menos una semana a medio morirte. No se te ocurra moverte, imbécil. Te has partido la cabeza. Literalmente. Casi tengo que recoger trozos tuyos.

Frunce el ceño y le estalla la cabeza. No literalmente. Cuando intenta hablar, solo le salen dos y tres parpadeos, también dolorosos. Mueve los labios y la boca, o lo intenta. Los anómalos crujidos de su mandíbula y el estallido de chispas de dolor en su cerebro le invitan a no repetir la jugada. Mensaje recibido.

- Hay que ver. Me alegro de que hayas despertado. No tenía muchas esperanzas después de casi ver como se te desparramaba el cerebro por el suelo. Cuando te arrastré fuera del foso tenías tan mala pinta que pensé que ya te habías muerto.

Parpadea. Una vez. Dos veces. Lentamente. Le entiende, aunque no pueda responderle.

Aquel rostro en penumbras emerge hacia la luz y aquella conocida voz se acerca más. Mucho más. El rostro pálido y lleno de ojeras del Boxeador casi le sorprende. Javier nunca había tenido un aspecto tan lamentable. Aquellos labios finos y secos se mueven despacio, casi susurrando. En un tono que hace que Alex se estremezca y, dolorido, se arrepienta al instante de haberlo hecho. Una voz que solo pueden utilizar y disfrutar los muertos en vida.

- La verdad es que la hemos cagado bien, tío. Estamos jodidos de verdad.

Cierra los ojos

Y vuelve a abrirlos.

Pues vaya novedad. Ni que hubiese descubierto la pólvora. Todos estábamos jodidos, algunos incluso desde antes del fin del mundo. Traga un sorbo de saliva y la tajada de dolor que la acompaña mientras espera y mira. Con aquellos ojos todavía desacostumbrados a mirar hundidos en un rostro hinchado por las vendas.

Espera a que Javier hable.

Las palabras tardan en llegar. Casi se atragantan antes de salir de la garganta del Boxeador y después en aquellas maldispuestas vendas que le cubrían las orejas al enfermo Bateador.

- Por si no te has dado cuenta, ya no estamos en La Fortaleza. La hemos perdido, tío. Para siempre, a lo mejor. Hubo que elegir entre seguir defendiéndola o sacarte de allí.

Es suficiente aún así para hacerlo parpadear incrédulo y mirar a su alrededor. Abre mucho los ojos. Tanto que ahora le duelen casi tanto como el resto de la cabeza. Sabe que aquello no puede ser verdad y, al mismo tiempo, todo lo poco que captan sus sentidos le confirma que lo es. La puta y cruda verdad. Los colores verde y marrón del bosque. El dorado de la luz que antes lo cegaba y ahora parece iluminarlo todo. Los ruidos de la naturaleza que les rodea y que ni siquiera había notado hasta hace un instante. Todos eran testigos silenciosos de que allí nadie había mentido. Habían perdido su hogar. Por segunda vez o tercera vez ya, aunque parecían muchas más.

Su cuerpo se tensa mientras más y más ideas cruzan su mente a toda velocidad. Mientras su corazón bombea sangre, agitado, y su respiración se acelera más y más. Siente la enorme presión de aquella horrible realidad que acababa de descubrir como regalo por regresar casi de entre los muertos. La angustia que se enrolla en la boca del estómago y extiende sus tentáculos alrededor de la tráquea, aplastándola muy lentamente. Respira con más y más dificultad presa de aquel ataque de pánico al que ni sabe ni puede hacer frente. El dolor ha dejado de ser solo físico para convertirse en algo horrible que se lo come desde dentro.

Una mano se coloca sobre su hombro. Gentil primero. Firme después. Lo empuja y lo obliga a tumbarse de nuevo. Encuentra la mirada apagada del Boxeador y casi le parece leer preocupación en sus ojos.

- Tranquilo, tío. Ahora mismo no podemos hacer nada. Tú recupérate pronto o nos quedaremos sin opciones.

Intenta relajarse. Respira muy despacio. Lo intenta. Dejando que su mirada recorra las ramas de los árboles bañadas por el dorado del sol, de una en una. Muy despacio. Intenta respira profundamente. Poco a poco, consigue vencer a la bestia negra del miedo y alejarla de aquel nido que había hecho en su garganta. Se recuperará. Se curará como lo ha hecho en otras ocasiones.

Y entonces encontrarían una solución.

Tiene razón.

Cierra los ojos.

Javier lo observa un instante más.

- Recupérate pronto. Tenemos que volver a conquistar San Marcos.

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