Capítulo XXI: Otra vez

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Había regresado.

Allí estaba de nuevo. Parecía que había pasado una eternidad.

Era agradable volver. Sentirse por fin dentro de sí mismo, dueño de cada movimiento de aquel cuerpo viejo que tanto había añorado. De cada imagen que sus ojos cansados podían traer a él y de cada sonido que le llegaba. Los colores brillaban con intensidad en todo lo que le rodeaba y casi podía masticar con los pies aquella cálida sensación de estar pisando de nuevo el mundo real. Se sentía bien. O mejor incluso.

Pero todo eso dura solo unos segundos. Todo eso es reemplazado en un instante por una aguda punzada de dolor que le atraviesa las entrañas y le dobla las rodillas. Se deja caer sin poder ni querer usar las manos para nada que no sea sujetarse el vientre. Se retuerce en el suelo haciéndose un ovillo sin dejar que los gritos escapen de su garganta. Aprieta los dientes con fuerza y espera. Sabe que en algún momento el dolor irá a menos o que su cuerpo empezará a adaptarse a él. No dejará de sentir molestias durante casi una semana, pero al final conseguirá recuperarse.

No era la primera vez.

Conocía bien los efectos de cada droga que había fabricado y la Galicia-X3, o Punch, no era de las que te dejan ir sin más. Tardaría bastante tiempo en librarse de la ansiedad, los escalofríos, los sudores y los retortijones espontáneos. Tendría dolor en las encías y dificultad para tragar durante días. En cualquier momento podría vomitar lo poco que consiga comer, si es que llega a masticar algo sin echarse a llorar. Cada vez que intente orinar, cada gota le costará y será un suplicio. Si intenta algo más que eso, será como cagar un doloroso saco de clavos. Así hasta que su cuerpo se limpie totalmente de aquella sustancia tan perjudicial.

Por eso el Punch se tomaría solo como último recurso. Una droga tan perjudicial y con efectos secundarios tan directos que no había síndrome de abstinencia. Ningún cuerpo estaba preparado para una segunda dosis en al menos un par de años. Por eso el Punch nunca fue distribuido al público. Solo otras cinco personas recibieron dosis y no tenía constancia de ninguna que la hubiese usado antes que él. Ni siquiera se habían hecho pruebas de laboratorio más allá del Galicia-X2, una versión muy suave de su hermano mayor que habían empezado a utilizar en el Refugio Libre como estimulante y antidepresivo. Para crear el X3, refinaron la sustancia hasta hacerla más pura y más potente. Unas diez mil veces más potente.

Y como no tenía claras las dosis, apostó por lo bajo. Como seguía sin estar seguro, decidió hacer trampas y mejoró el cóctel. Se añadieron vitaminas, diuréticos y laxantes para ayudar al cuerpo a recuperarse de la enorme sobredosis y eliminarla lo antes posible. Y puede que aún así fuese demasiado tarde. No tenía claro si al crear el Punch habían ido demasiado lejos.

Pero al final a él le había salvado la vida. De momento.

Se retuerce en el suelo, sin poder incorporarse o nada más que gruñir. Nota como se le aflojan la vejiga y los intestinos y ni siquiera es capaz de moverse, llorando mientras un dolor inenarrable se lo come desde dentro. Aprieta los dientes. Las sienes a punto de estallar mientras lo que sea que ocurre en su cuerpo tiene lugar, sintiendo como se le va la vida a cada segundo y a cada exhalación. Porque se está muriendo. Es cuestión de tiempo, está seguro. Es probable que se le hayan perforado el estómago o las tripas. Puede que se le hayan reventado los riñones. O el hígado. Ha ido demasiado lejos con aquella sustancia y estaba pagando las consecuencias.

Y mientras agoniza no deja de pensar si no habrá matado él a sus cinco compañeros.

Vomita. Lo poco que tenía dentro. Vomita hasta sentir la garganta en carne viva y el estómago del revés. Vomita hasta que incluso la conciencia escapa de él y queda allí tendido, inerte. En mitad de ninguna parte, solo y en mitad de su propia inmundicia. Ninguno de los seis quería morir así.
Pero si alguien lo merecía, eran ellos.
Por lo que habían hecho y lo que habían mandado hacer. Por lo que habían enseñado a los que venían detrás y por cerrar puertas que nunca podrían ser abiertas por nadie. Caminos decididos sin saberlo y que otros tendrían que recorrer quisiesen o no. Generaciones futuras que vivirían conforme a lo que ellos habían planeado y lucharían con cada enemigo que ellos se habían ganado. Y no estaba seguro de que hubiesen elegido bien.

No en vano la supervivencia de todos seguiría dependiendo siempre de que nadie descubra el secreto que esconde la antes doméstica Galicia. Si alguien del exterior localiza el Refugio Libre todo es cuestión de tiempo. Que sea destruido o conquistado es lo de menos. Podría ser invadido por tierra, asediado y después pasado a fuego y sangre. Podría ser por aire, con algún helicóptero o avión, si es que son todavía capaces de volar, o tan sencillo como uno de aquellos misiles Taurus que puede que se guarden bajo la manga.

Podría ser incluso colonizado pacíficamente a través de algún tratado que les devolvería la ciudadanía de una nación que una vez los abandonó. Entonces alguien se opondría y otros se le unirían. Ya sea que sus voces fuesen pocas o alguien hallase el modo de silenciarlas, es probable que el proceso de paz siguiese adelante. Los procesos de paz gustan a todo el mundo. Porque sirven para cerrar heridas, aunque sea en falso. A la gente le gusta pensar que puede adueñarse de una virtud que solo tiene, y ni siquiera siempre, el tiempo. El proceso de paz y unión saldría adelante, sí. Los humanos queremos unirnos, ya sea formando grupos pequeños o entrando a otros más grandes y más fuertes. Sin importar en donde se hallen más satisfechas las necesidades individuales casi siempre se da preferencia a la sensación de seguridad que implica la pertenencia a una tribu mayor. Sobre todo si uno acaba de salir de una edad oscura de la humanidad. Sí, muchos estarían deseando volver. Otros no. Siempre quedaría el germen de la rebelión frustrada, dispuesto a estallar cuando las cartas viniesen más torcidas o cuando las condiciones acordadas empezasen a incumplirse.

Daba igual. Todo aquello terminaría con seres humanos luchando y muriendo, de una u otra manera. Como siempre.

Si todo eso sucedía antes de que los seis se volviesen a reunir, significaría que el juego había avanzado más rápido de lo previsto y se había adelantado a lo planeado. Significaría que cada paso trazado hacia el futuro había sido inútil, del mismo modo que los eternos años de espera que cada uno de ellos había padecido en completa soledad. Significaría que la palabra de su Rey no se había cumplido.

Y no estaba preparado para aceptar algo así.

Hunde los dedos en la tierra, arrastrándola mientras cierra los puños muy despacio. Empieza a moverse de nuevo. La situación ha mejorado: ahora solo se siente sucio, febril y tremendamente exhausto. Cuando consigue abrir los ojos y alzar la cara comprueba dolorido que se ha arañado la mejilla y la frente al desplomarse. No se queja, no. Porque tiene la boca llena de una arena fina que parece haber formado una costra y que le impide incluso mover la lengua. Utiliza aquellos dedos sucios para rascarse la lengua y los dientes, escupiendo toda la porquería que puede. Ni se acerca a como debería sentirse una boca, por vieja que sea. Intenta juntar saliva pero su maltrecho cuerpo parece incapaz de reunir suficiente para luchar contra la arena que todavía tiene dentro. Un poco de agua le vendría muy bien. Para beber y para lavarse. A medida que recobra la conciencia va notando cada vez más el olor. Recordaba vagamente haberse caído en un mar de orines y excrementos ajenos y ahora había pasado un tormento que lo había envilecido con sus propios efluvios. No, no era un olor que desease compartir.

Y ni siquiera necesita mirar para saber el aspecto que debe tener ahora mismo. De hecho lo más probable es que parezca uno de esos salvajes, desnudos y embadurnados

Agradece no poder verse a sí mismo desde fuera y agradece aún más que no haya nadie allí para juzgarlo o compadecerlo.

Pero sí hay alguien.

No lo había notado hasta ponerse de rodillas en el suelo.

La punta de una lanza de madera, oscura y afilada, apenas a un palmo de su pecho. Detrás de ella, unos brazos flacos que unen el arma a un joven de aspecto hostil. No muy alto y bastante delgado. Tiene el pelo largo y rizado, negro y lleno de hojas que parecen haberse enredado e instalado allí. El rostro juvenil pero fiero, con la nariz y el mentón muy pronunciados sobre una cara estilizada y huesuda. Los ojos, grandes y todavía un poco tiernos, pese a la seriedad con la que lo fulminan ahora mismo. Unos quince años, como mucho. O ni eso. Casi un niño.

La pregunta a formularse es si este niño es un salvaje. Estaba limpio para serlo, de hecho más que él mismo. Portaba una lanza bien tallada, sabía como sujetarla y probablemente también usarla. Parecía haber sido endurecida al fuego, a juzgar por el color oscuro de la madera. Tenía que saber moverse bien por el bosque si había podido acercarse a dos metros sin ser visto ni escuchado. No hablaba. Era contradictorio. Había señales de que no podía ser un salvaje y otras que decían que tal vez lo fuese.

Decide arriesgarse y alza las manos en señal de rendición. Espera un instante sin obtener del joven enigma nada más que un par de parpadeos. Aquella ceñuda mirada no había variado un ápice.

Empieza a incorporarse, poco a poco. Las rodillas le tiemblan mientras intenta convencerlas de que le ayuden a ponerse en pie. Siempre con las manos en alto. Con los ojos puestos en los de aquel niño que no separa la lanza, sin temblar ni titubear. Casi se ha erguido por completo.

- Es mejor que no te muevas, viejo. Los míos ya casi han llegado.

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