Capítulo XX: Iván y el color (I)

portada capitulo XX

Unos enormes ojos de niño, suplicantes y muy convincentes.

- ¿Puedo salir?

- ¿Has hecho tus tareas?

- Sí.

- ¿Todas?

- Sí, padre.

- ¿Las gallinas?

- Ya tienen comida.

- ¿Y?

- Les he abierto la puerta del patio.

- Buen chico. ¿Las camas?

- Hechas.

- ¿Todas?

- Las tres.

- ¿Has ordenado la habitación de tu hermano?

- Lo poco que había que ordenar, sí.

- ¿La loza?

- La lavé, la sequé y la guardé.

- ¿Y el polvo?

- Ya no está.

- ¿Has ayudado a tu madre a asearse y a vestirse?

- Sí, padre.

El padre asiente y demora un instante en contestar.

- Eres un buen chico, Iván. No me hagas caso si alguna vez te digo lo contrario.

- No hará eso.

- Nunca se sabe. De todas formas, quería decirlo. Tienes que saber que un niño normal no tiene tantas responsabilidades como tú. O no debería.

- Todos tenemos que ayudar.

- Todos tenemos que ayudar un poco más desde que tu madre enfermó, sí

El niño asiente.

El padre lo mira a los ojos, un largo rato, y finalmente asiente también.

- Voy a comer algo, Iván. ¿Te apetece?

- No, padre, ya he desayunado bien.

- De acuerdo, entonces.

El padre arrastra los pies con el cansancio que podría acumularse en varias vidas y avanza cruzando el salón hacia la cocina con el lento paso de los muertos en procesión. La mirada puesta en ninguna parte. Perdido en una neblina que se alzaba frente a sus ojos desde hacía tiempo. Mueve apenas la mano para revolver el pelo de Iván, el mayor de sus hijos, que contempla al fantasma de su propio padre moverse por el que fue el fantasma de su propio hogar. Todo en aquella casa, ellos incluidos, habían sido devorados por el gris espectral cuando su madre cayó presa de una peligrosa enfermedad. Sus vidas quedaron suspendidas en una suerte de estado transitorio, de emergencia, del que bien sabían que nunca más saldrían. Habían tomado las medidas para solventar la contingencia momentánea y en poco tiempo se habían acostumbrado a vivir así. En gris.

Pero el fantasma del niño recuerda el color. El olor y el ruido.

- ¿Padre?

Una palabra y el padre detiene su solemne marcha fúnebre. Se gira y busca con la mirada.

- Dime, hijo.

- No me has respondido. ¿Puedo salir hoy de casa?

Parpadea durante un eterno segundo, meditabundo.

- Está bien, te lo has ganado y creo que ya va siendo hora. Eso sí, regresa antes del anochecer o tendré que castigarte.

- Regresaré antes, padre. Lo prometo.

- Ve entonces, pillastre.

- Gracias, padre.

El padre reanuda el extraño camino que a veces siguen los muertos en vida, directo a la cocina. El niño bota alegre y echa a correr hacia la puerta de madera que está al fondo del pasillo.

Y es gris, como no.

Llega, quita el candado y desenreda la cadena que asegura el travesaño.

Saca el travesaño de acero que cruza la puerta de pared a pared y lo deja caer a un lado.

Abre, uno a uno, los cinco cerrojos e intenta contener aquel involuntario temblor que le provoca la emoción.
Gira la llave, muy despacio. Escucha el suavísimo clic-clic-clic de aquella cerradura reciclada moviéndose. Clic-clic-clic. Clic. El último. Traga saliva y gira el pomo de la puerta.

Y de repente lo golpea el color.

Sin preguntar. De manera tan salvaje y violenta que casi hiere aquellos ojos habituados a la rutina y a la penumbra, a partes iguales. Le llegan la luz y los colores. Los olores y algunos sonidos que se atreven incluso a ese lado de la puerta donde todo era gris. Era. Porque ya no. La luminosa gama cromática va devorando cada centímetro devolviéndole el aspecto que una vez tuvo, cuando aquella casa estaba viva. Como si de una contagiosa infección se tratase, la claridad se aventuraba mucho más allá del pasillo y parecía querer entrar en todas partes. Aquella infección era la vida. La felicidad.

Iván ya era una víctima. Su corazón latía aceleradamente mientras daba los primeros pasos fuera de casa en exactamente trescientos doce días. Mientras dejaba atrás aquel sencillo de marco de madera, que escondía la puerta a un mundo de sombras, aguzaba la nariz incapaz de captar simultáneamente todos aquellos olores nuevos y tan conocidos a la vez. Del mismo que sus ojos no eran capaces de abarcar todo cuanto tenía que ver, mirar, observar y revisar.

Avanzaba despertando de un largo letargo mientras se internaba de nuevo en mundo vivo.

Iván volvía a ser un niño a color.

Su pelo volvía a ser del mismo tono que la cáscara de los árboles. Podía verse las manos y eran del mismo color rosado suave que algunos de los lechones que corrían por allí, jugando y descubriendo el mundo de una manera no muy diferente a la que estaba experimentando Iván.

Y aunque eran muy pocos los que le prestaban atención, aquel niño estaba maravillado tan solo con verlos moviéndose y atendiendo cada uno a lo suyo. Era gente diferente. Quería de verdad a su familia pero ver a otra gente era una de las cosas que más deseaba.

La otra era encontrar perros.

Siempre le gustaron.

Su padre lo sabía. Cuando supo que tendrían que pasar mucho tiempo encerrados le había traído un cachorro. Entre aquellas paredes que ahora parecen tan lejanas, las mejores semanas que puede recordar.

Y de repente dejaron de serlo.

Su mejor amigo, su único amigo, comía cada vez menos. Languidecía. El cachorro de perro convirtiéndose en una sombra de perro a medida que pasaba más tiempo en aquella casa muerta. Ni siquiera ladraba o aullaba. Sollozar, gemir o llorar eran verbos más apropiados para lo que hacía. Se ahogaba en la pena de quien no ve el exterior. Como casi todos allí.

Murió, después de dos meses en la casa fantasma. Y fue un alivio para todos, pero sobretodo para el pobre animal. Su padre se encargó de llevarlo fuera y de darle sepultura. Fue un buen perro al que le tocó una familia desafortunada.

Iván se prometió que cuando pudiese vivir por su cuenta tendría perros. Una docena de ellos, por lo menos. No los encerraría ni los ataría nunca.

Hoy se conformaba con encontrar uno con el que poder jugar antes de regresar.

Quizás mañana podría salir de nuevo, quizás no. Hoy estaba fuera y debía aprovecharlo.

Aunque sus pasos le llevan de manera inconsciente hacia el centro de la ciudad, no tarda en darse cuenta de que las calles parecen mucho más congestionadas conforme avanza. Las aceras y la calzada misma se llenan de gente de todo tipo que va de un lado a otro, afanada en sus quehaceres diarios. Una muchedumbre viva que ocupa cada centímetro de asfalto, apartándose solo ante la ocasional pasada de algún coche o furgoneta. Había muy pocos vehículos de motor, en general. La mayoría de los que quedaban en servicio, cumplían funciones públicas y atendían las necesidades colectivas.

Solo el ejército había conservado su flota de máquinas antiguas pensando en el futuro, en cuando pudiesen necesitarse. Nadie sabía a ciencia cierta dónde ni cuántos, pero sí se rumoreaba el qué. Tanques y transportes blindados. Potentes todoterrenos y motos de alta cilindrada pensadas para mover a las tropas rápidamente por terrenos complicados. Aviones. Helicópteros. Incluso algunos barcos fueron llevados a dique seco y sacados del agua, preparados para el almacenamiento. Pero no solo eso. Armas. Municiones. Suministros de todo tipo que pudiesen necesitarse y que ni en varias vidas se podría gastar. Aquel lugar, era La Zona. La desaparición del suministro de combustibles les había dejado en la incómoda situación de decidir qué hacer con todo aquel carísimo equipamiento. Se almacenó todo y se añadió la reserva de suministros, por si el futuro traía necesidades mayores. Era la única apuesta que el Gobierno podía permitirse, pensando en las próximas generaciones. Aquella mezcla de tesoro pirata y área cincuenta y uno era el mayor secreto de la nación, dado que solo unos cuantos elegidos conocían su auténtica localización.

Era el tema central de la mayoría de rumores conspiratorios y de leyendas de toda clase. Era el lugar misterioso y desconocido que representa todo lo que uno mismo no sabe o no posee. Era chispa que daba vida al fuego de la imaginación. De niños y adultos.

Iván también conoce las historias. Las ha escuchado de su padre y de otros niños. También ha soñado con descubrir qué, dónde y cuánto. Con conseguir todo lo que él o su familia puedan necesitar. Lo que cualquier persona que conozca pueda necesitar. Medicinas para curar a su madre y a su hermano. Algo que convirtiese a su padre de nuevo en la persona alegre que un día fue. Para él mismo se conformaría con unos patines y una pistola. Los patines para jugar y la pistola para usar, si hacía falta.

- ¿A dónde vas, niño?

Alguien lo detiene, sujetándolo por el hombro y haciéndole girar hasta quedar cara a cara. Un hombre de espalda ancha y piernas cortas, con los ojos y la boca hundidos en un rostro de piel amarillenta y floja. Con cada movimiento de aquel hombre uniformado de azul pálido y negro, incontables pliegues de piel tiemblan y se zarandean de manera desagradable.

Iván lo observa detenidamente, fijándose en cada detalle.

- Yo de paseo. ¿Y tú a dónde vas?

- ¿Qué?

- Digo que voy de paseo.

- Te he escuchado perfectamente la primera vez, listillo. Por aquí no puedes pasar.

- ¿Por dónde?

El hombre bufa y mueve las manos, señalando el comienzo de aquella calle por la que pensaba atajar su recorrido.

- ¿Y por qué no se puede pasar?

- Se ha cometido un delito y estamos intentando resolverlo.

- Tú no. Tú estás aquí.

El hombre bufa. Los pellejos de su rostro bailan alegres mientras gesticula.

- Yo estoy aquí para evitar que entre gente que pueda interrumpir o interferir con la investigación.

- Pues hay gente entrando y saliendo todo el rato.

Iván se limita a señalar una pareja que gira en la esquina y vienen hacia ellos. Pasan al lado de ambos sin mirarlos y siguen. Vuelve a mirar al hombre uniformado, que se encoge de hombros.

- Es gente que vive aquí.

- ¿Viven todos ahí o qué? Se ve a mucha gente por la calle.

Vuelve a bufar y esta vez la saliva salpica a Iván.

- Sí, niño. Viven todos ahí.

- Pues yo también. Quiero pasar.

En lugar de un bufido, en esta ocasión, se escucha lo que parece una risilla ahogada y corrupta.

- No, niño. Tú no vives ahí.

- ¿Y cómo lo sabes?

- Porque pareces un mendigo y aquí vive buena gente.

Iván parpadea, boquiabierto.

- ¡No soy un mendigo!

- Si no lo eres, lo pareces.

- ¿Y por qué lo parezco?

- Por como vistes y por como hablas. Por como hueles incluso. Hay un montón de niños como tú por ahí y la mayoría son raterillos. Este no es tu lugar, chaval.

Iván frunce el ceño y ladea la cabeza, rumiando aquella respuesta.

No le gusta ni un poco.

- ¿Y si te digo que no vivo aquí pero que solo quiero pasar por esta calle para ahorrarme el rodeo?

- Te diría que mejor te prepares a caminar un poco más.

Otro intento.

- ¿Y si te digo que sí que me marcho y luego paso corriendo?

- Pues te dispararía.

Iván abre mucho los ojos, alarmado. Ni siquiera busca un arma con la mirada. Sabe que no verla no quiere decir que no existe.

Titubea y se traga lo que iba a decir.

- Venga, márchate ya o te pegaré un tiro en el culo para que me recuerdes.

Iván asiente y se da la vuelta. Empieza a andar.

A los tres pasos se gira.

- Te recordaré de todos modos. Nunca había visto a nadie que se pareciese tanto a una calabaza pocha. Y nunca hubiese pensando que ahora las calles tenían dueño. Y aún así, mal vamos si matamos a la gente solo por pasar por donde no debe. Recuerda tú lo que te digo.

El guardia no dice nada, solo lo mira severamente y se lleva la mano a la cadera.

Iván ya corre alejándose de allí. Quedan muchas cosas que ver y es mejor no meterse en problemas.

Deja de correr cuando cree que ya se ha alejado suficiente.

Se detiene y observa a su alrededor pero no hay ni un perro a la vista. En lugar de eso, descubre que ahora son muchas las calles en las que uno o varios guardias vigilan y restringen la entrada. Como si de algo totalmente natural se tratase, aquella muchedumbre respetaba las prohibiciones y se desbordaba como el agua por las calles que todavía eran de acceso público. Vías de Acceso Preferente, las llamaban. Calles para ricos, le parecían a Iván.
Los hombres uniformados pertenecían al cuerpo de la Guardia Residencial, al parecer. Una especie de policía civil que se encargaba de custodiar aquellas calles para gente poderosa. Una especie de matones, le parecían a Iván.

No necesitaba mucho tiempo en la calle para descubrir la información que necesitaba. Sabía tener los ojos y las orejas bien abiertas sin llamar la atención. Su incontrolable curiosidad era satisfecha a menudo a través de aquellas inocentes preguntas de niño de las que también sabía aprovecharse. En otras ocasiones le bastaba con escuchar las conversaciones despreocupadas de la gente.

Era un gran aficionado al espectáculo de la calle. Daba igual qué calle. Siempre había uno.

- Mientes, bellaco hideputa. Lo juro por Dios y por todos los santos. Hace menos de quince días, lo juro por mi vida, mira. Tuve que traer la bicicleta que utilizo para los repartos para cambiarle las ruedas. ¿Qué no sabes nada de ninguna bicicleta? ¡JA! ¡Mis cojones! Para cambiar las ruedas, ¡grandísimo hijo de puta! ¡Cabrón! ¡Así se te infecten los cojones y te los extirpen por la boca! ¡mascachapas! Trae ya mi puta bicicleta o te juro por Dios que te quemo el taller y te quemo a ti, ladrón. ¡Robaperras! ¡Quiero mi bicicleta ya, follaovejas!

- Ya le hemos dicho que es mejor que se marche de aquí. No sabemos nada de su bicicleta porque nunca la ha traído aquí. No podemos devolverle lo que no tenemos. ¿Se confunde de taller? ¿Está tomando alguna medicación que se haya olvidado hoy, quizás? Si quiere dedicarse al espectáculo me parece bien, pero lejos de aquí. Si sigue con los insultos y las acusaciones acabará haciendo que me enfade y usted no quiere eso.

- ¡Enfádate! ¡Enfádate y estarás a medio camino de cómo estoy ahora mismo! ¡Miserable! ¡Tendrá cojones! No hay justicia en este puto mundo. ¡Oh, Señor! ¿No habrá rayo que parta a este desgraciado o enfermedad que se lo coma?

- Ya vale con los insultos.

- ¿Que ya vale? ¡Así se te quemen los pelos del culo de uno en uno, engendro!

Se les escuchaba lo suficiente como para que todo un coro de curiosos se hubiese reunido en aquel punto concreto de la calle. Miraban desde lejos y algunos disimulaban pero era evidente hacia dónde miraban. ¿Por qué si no se habrían detenido allí, sin más?

Iván no entendía por qué había que parecer incómodo cuando a uno le picaba la curiosidad, del mismo modo que no acababa de comprender por qué muchos adultos escondían siempre unas preguntas dentro de otras. La gente parecía empeñada en que sus conversaciones tuviesen mil o más significados. Muchos niveles para cada conversación, para que nadie pudiese enterarse de nada. Iván era más directo.

Por eso se detuvo a contemplar el espectáculo desde primera fila. Casi podía ver palpitar la vena en el cuello de aquel furioso cliente de larga melena negra y piel pálida, al igual que los ojos serenos y peligrosos del jefe del taller. Eran ojos discretos, incluso siendo azules. Eran ojos amenazantes, incluso cuando las palabras sonaban más educadas que las del cliente.

El capataz no estaba solo.

Cuatro mecánicos vestidos con fundas de color azul cielo esperaban a la entrada de aquel pequeño taller. Paseaban de un lado a otro. Miraban fijamente y de manera hostil al ruidoso cliente o al inesperado público, aleatoriamente. Intentaban hacerse notar, pese a lo evidente de su presencia. Porque eran tan obvio que estaban allí como aquellas pesadas herramientas que cada uno había elegido para llevar en la mano en aquel preciso instante. Una llave inglesa aquí, una pata de cabra allá. Todo muy casual.

Iván sabía lo que ocurría. Casi puede suponer lo que hubiese ocurrido de no aparecer mirones.

- De verdad, me está empezando a hinchar los cojones con tanto insulto, señor. No le hemos hecho nada. Es mejor que se marche ahora que puede.

- ¡Y me amenaza! ¡Hay que joderse! Si es que tendrían que sodomizarte mil mulas y después mil más, o dos mil. Que venga de nuevo el Apocalipsis y empiece por tu casa esta vez, cachomierda. Que se te follen los cuatro jinetes y sus caballos también. Que te la metan hasta que se te caigan los ojos o te salgan pelos del culo por las orejas. ¡Será posible! El tío me estafa y tan tranquilo me dice que no sabe nada. ¡Si es que le arranco la cabeza y salgo perdiendo! ¿Qué, te digo, qué te puedo hacer que me compense el mal rato de hoy? ¿Te echo de comer a los infectados? ¿Te meto por el culo un trozo de queso y una rata detrás? ¡Si es que no sé cómo cojones matarte, aborto de pez! ¡Dame ideas o algo!

- Deja de insultarme, yonki de mierda. Drógate e inventa lo que quieras, pero no aquí. Me he cansado de escucharte y de olerte. Lárgate de aquí si no quieres que te abra la cabeza yo mismo.

- ¡Y me amenaza otra vez! ¡Es que no me lo creo! Ni siquiera sé cómo cojones se llama el tío mierda que me está robando pero es que encima dice que me va a pegar. Que valiente con todos tus mecánicos detrás, señor fortachón. ¿Que me vas a matar, con la calva? Si es que no te denuncio porque no tengo tus datos, sinvergüenza.

- Me llamo Luis Ignacio Blasco Peña y yo no he robado a nadie. Denuncia lo que quieras y que investiguen lo que sea, no tengo miedo de lo que pueda decir un drogadicto melenudo. Lo más probable es que ni te hagan caso. Si estás loco vete a pedir tratamiento pero a mí no me jodas más porque como sigas así no vas ver como se pone el sol.
ojalá te follen el culo muy, pero que muy, despacio.

Iván mira de uno al otro sin decir nada, como el resto del público. Muchos, como él, disfrutan con la poética creatividad del cliente que reclama su bicicleta robada. De manera casi inconsciente se identifican con él. Se transforman en el respaldo del débil frente a la amenazante figura del capataz y sus sombríos mecánicos, que permanecen en un segundo plano que apenas atenúa su hostilidad. Simios dentro de monos azulados, que parecen decir con la mirada que se bastan para arrasar este mundo y la mitad de otro.

El jefe del taller ronda los cincuenta años. Quizás un poco más. Alto y delgado. Calvo por completo salvo unas pequeñas franjas de pelo gris sobre las orejas. Nariz ancha y mentón pronunciado. Solo sus ojos parecían más peligrosos que aquella llave de cruceta que movía con tanta soltura y que parecía una extensión de su cuerpo.

El cliente era casi tan alto como el jefe de mecánicos, pero mucho más ancho de espaldas y, aparentemente al menos, más musculoso. Aros en las orejas, grandes y plateados. El pelo largo y negro se movía enérgicamente con cada furiosa sacudida de su propietario, revoloteando contra una vestimenta que no llamaba la atención ni en un sentido ni en el otro. Vaqueros y camiseta. Podría ser la vestimenta con la que se recordaría al humano moderno. Para Iván, al menos, era el uniforme más visto en todas partes. Seguido muy de cerca por el de los militares.

- ¿Todavía no te cansas? ¿No es mejor que te marches ya, melenudo?

- No, Ignacio, no. Antes de marcharme de aquí prefiero armar jaleo y hacer que te lleven a palacio, Ignacio. ¿Cómo era que te apellidabas? ¿Cómo era? Ignacio Blasco Peña, ¿no? Pues señor Peña le deseo que venga una morena tarifeña siempre sonrisueña, con nuez de Adán como berenjena, de conciencia pequeña, que le engatuse con palabras zalameras y después le viole con su mango, con saña y sin pena. No te muestres reacio, Ignacio. A lo mejor te gustaría, no lo niegues, ser sodomizado con una tubería. Estoy hablando de que te partan el culo y sin dudar, no disimulo. Porque te mereces eso y más, escupitajo de Satanás. Y aunque no tengo nada ni contra tu madre ni contra tu trasero, bien podrían follárselos a uno después y al otro primero. O a uno abajo y al otro encima mientras el vecindario opina. Porque pueden opinar sobre ella o sobre el hijo de puta que seguramente nació gracias a la botella. Es de agradecer el saber que aunque todos los días se puede ver a los ladrones crecer, algún día tendrán que caer. En algún momento acudirá la justicia y se hará cargo de la inmundicia, contigo incluido y sin tener en cuenta que pareces disminuido. Ojalá

Ojalá nada. Se acabó la poesía gratis. Se acabaron las rimas. La frase queda a medias para siempre.

La sorpresa es tan grande para Iván como para todos los demás.

Aunque quizás un poco más para el propietario de aquella boca que no volverá a abrirse.

Un grito que se le escapa de la garganta a él y al público mientras contemplan el acerado destello que nace en la mano del airado capataz. Una mecha de horror que prende en el interior de cada uno cuando aquella herramienta de trabajo hace estallar la cabeza del cliente y se convierte en un arma homicida. El crudo impacto en la sien llena el aire de minúsculas gotas de sangre por un segundo. El silencio dura más que eso.

Algunos echan a correr rápidamente, alejándose de allí incluso antes de que el cuerpo empiece a caer. Algunos echan a correr cuando el cliente ya reposa en el suelo, desmadejado como muñeco de trapo. Algunos echan a correr cuando la sangre que mana de la fea herida empieza a formar un charco oscuro en el suelo. El jefe de los mecánicos no echa a correr. Jadea, quizás asustado quizás excitado, mientras contempla aquel cuerpo caído a sus pies. Alguna pequeña risa que escapa desde los cuatro mecánicos que permanecen a la puerta del local. Apenas queda presente ninguno de los muchos que se había detenido como espectadores gratuitos. Algunos echan a correr todavía ahora, viendo que nadie acude ante aquel delito ni a socorrer al caído. Entre ellos está Iván. No quiere problemas, aunque sabe que está mal marcharse sin más. Está mal dejar que el dueño del taller se libre sin más y peor aún dejar que el desconocido cliente pierda las pocas oportunidades que pueda tener de sobrevivir.

Está mal pero se marcha.

Resuena bang bang bang bang bang. Una y otra vez y más veces aún. Parece llegar de todas partes e Iván se gira a tiempo de ver como el homicida y sus compinches se sacuden en un siniestro y asíncrono baile antes de caer. Llenos de agujeros y manchas rojizas en aquellos monos azulados. Los pocos que seguían husmeando pierden el culo corriendo por si alguna bala lleva su nombre.

Iván no. De hecho se ha detenido en su ya prevista retirada. Aquella grotesca danza fúnebre de los culpables y el espectral silencio que se hace dueño del lugar de inmediato. El color rojo oscuro de toda la sangre derramada. El olor de la muerte y de la justicia.

Y entonces escucha la voz.

- Mira que me jode que los civiles se vuelvan así de salvajes. Mano dura es lo que se necesita en las calles. Más palizas a los alborotadores y menos guardias privados, coño ya. ¿Tú ves lo que te decía? Apenas se puede ir al bar sin encontrarse a la gente matándose por quién sabe qué. No puede ser, joder. Mano dura, coño.

- Bueno, estos ya no van a dar problemas, ¿no?

- Estos no, pero es que así está todo el mundo. Se huele que va a pasar algo malo.

- Siempre dices eso.

Iván observa a los extraños personajes que aparecen en escena. Dos pistoleros, jueces y verdugos al tiempo. Puede que lo engañen sus ojos pero juraría que llevan uniformes del ejército. Solo dos soldados, quizás. El niño que lleva dentro se fija primero en las pistolas que todavía llevan en la mano. Tarda varios minutos de minuciosa observación en reparar en que a uno de aquellos dos soldados le falta un brazo.

Cuando el hombre sin brazo se gira y la luz le da en la cara, el cuerpo de Iván empieza a temblar. Un rostro desfigurado casi por completo y un penetrante ojo azul. Un horrible ojo azul que todo lo ve y que casi de inmediato se clava en el ahora mismo indefenso Iván.

Nota aquella mirada durante varias eternidades.

Y de pronto

el hombre más feo del mundo echa a andar.

Viene a por él.

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